20
Nov

Conocimiento del Medio

Conocimiento del medio

¿Quién 
decide 
nuestra 
suerte 
con
 tanto
 descuido
 y 
capricho? 
Le 
pregunté.


Bautízalo 
Júpiter 
o 
diosa
 fortuna, 
que 
en 
tiempos
 como
 los
 que 
corren 
llamarlo 
por
 su 
nombre
 sería
 una
 gran
 temeridad.


Dime 
si 
lo 
sabes,
 qué 
ley 
rige 
al 
mundo 
creado 
y 
a
 las 
criaturas
 que 
lo 
habitamos.


Fácil 
“el 
goce
 carnal 
y 
el 
dinero”,
 dijo 
¡lo 
demás
 son 
gilipolleces
 forjadas 
para
 crear 
sentimientos
 de
 culpa 
en 
el 
alma 
y 
afianzar 
el 
dominio
 de
 quienes 
se
 otorgan
 el 
poder 
de 
pastorear 
al
 rebaño!


Abandonada 
a 
mi 
erranza, 
fui
 mujer 
y 
varón,
 noble 
y 
mendigo, 
cartonero 
y 
librero. 
Imaginaba
 que
 era 
Dios
 en 
los 
albores
 de 
la 
creación,
 en 
el
 momento
 en 
que 
el 
sol 
ilumina 
despiadadamente
 el 
mundo 
y 
descubre
 la 
irremediable 
magnitud
 del 
desastre
.

De 
cuerpo 
en 
cuerpo, 
en 
continuo
 peregrinaje
 y
 erranza,
 descubrí 
la
 hinchazón 
de 
unos,
 la 
miseria
 y 
apuros
 de 
otros, 
el 
estado
 andrajoso
 del 
pueblo,
 el 
descrédito
 del 
trabajo 
y 
el 
comercio, 
la
 amargura
 del 
estudioso, 
la 
vasta
 ladronera 
del
 político, 
la 
necedad
 e
 incuria
 del 
gobernante.


Gusté
 de 
la 
tibia
 leche
 materna,
 del
 semen
 vertido
 en 
mis 
fauces, 
del 
derretimiento
 interior 
de 
las
 cavidades
 visitadas 
por 
dedos 
y 
lenguas, 
de 
toda
 suerte
 de 
bebidas 
y 
demás 
aditivos. 
Toqué, 
palpé,
 acaricié,
 succioné
 pezones
 y 
pijas, 
nalgas
 opulentas,
 medialunas 
traseras, 
cuevas 
de
 deliciosa
 humedad,
 estalactitas 
y 
fragosidades.


Luego 
me
 adentré
 en 
el 
vacío, 
me 
solté 
el 
pelo 
y
 acabo
 de 
unirme 
a 
una 
vistosísima
 panda
 de
 pájaros.




11
Nov

Tecnología culinaria

Cómo pelar un plátano:

Cómo comer alitas de pollo:

Esto si que es I+D.

9
Oct

Las Palmeras Salvajes

Las palmeras salvajes

He venido a donde tú ya no estás. El otoño comienza a erizar el lomo del viento que se escabulle invisible entre las hojas arañadas de las palmeras. Los troncos elevados se apartan, huyen a los lados, siempre, como separados por el esfuerzo de unos caballos fantasmas que arrastran su cerrazón en direcciones contrarias. Sus hojas cuelgan hacia la tierra como abandonadas, sin fuerza, derrumbadas como un cuerpo sin articulaciones, buscando el inicio primitivo, el profundo nivel horizontal de una tierra plana que sostiene el mundo y todo lo que es dormido. El cielo permanece inmóvil con esa luz desgastada propia de estos días, inefable, inmenso, acariciado por el tono verde del crepúsculo, acogiendo sin envidia la primera estrella de la noche. Las palmeras susurran con sus voces de espiga cortante y seca, con su forma de espada y látigo y serpiente y cinturón adosado al ceñido vientre del aire. Susurran la condena de la memoria y del desencanto. Susurran para sonsacarte la verdad con su rumor salvaje. Entonces pienso que no se puede vivir sin querer estar vivo. Que el amor no vive dentro de la carne, porque si no se extinguiría con uno mismo, con la destrucción del propio cuerpo, con la muerte de cada pequeño, de cada gran amor que sentimos los hombres. Si el amor es inmortal, el amor no nos pertenece. No podemos agarrarlo, amasarlo, afianzarlo en nuestras manos. Viene y va, caliente como el sol y a su misma distancia para no calcinar los pobres cuerpos que lo buscan. Y si el amor es ajeno al hombre, la memoria por el contrario no puede vivir sin la carne. La memoria se extingue con cada uno, con cada vida. Al desaparecer, tu memoria ya no está. Pero ahora el problema es conciliar el amor y la memoria, es aquí donde el dolor existe y me resulta la respuesta más sincera. Entre la nada o el dolor, cada cual elige. Y pienso que a veces la vida es un diálogo perdido, una conversación constante hacia un vacío de palabras que por el camino de la mente hasta la boca van dejando atrás su propio sentido, una línea de ferrocarril que conduce a la estación del extravío. La extravagante cacería de la ausencia. Lo aprendido y lo transmitido y lo ganado y lo disipado y la conciencia de las cosas buenas. La vida establecida engendra los peores males, la vida urgente que se hace cada día engendra las mejores virtudes. Y oigo lo que queda fuera de mí, y dejo de oír las extrañas piruetas de mi cabeza y el vértigo que se apodera de mí cuando te recuerdo, el pesado color del cielo sobre tu pelo recién lavado y el color de tu boca seria mirando un enjambre de violentas mariposas en mi pecho. Y más cosas no debería hacer. No debería dejar fluir ideas. Disciplina y renuncia. Y las palmeras vuelven a mutar su aspecto y se transforman en criaturas atroces que surgen de la playa, animadas por el viento, buscado sin cabeza rastros de barcos hundidos. La mirada se diluye en la sombra. La vista se pierde con la imaginación. El sonido de sus pasos inmóviles te impide moverte, esperando un desenlace de película de ciencia ficción, donde hombres-vegetales arrastran lentamente cuerpos de cadáveres medio roídos por sus dientes de algas, lentamente avanzan y tú esperas tranquilo el final de la escena. El hombre es ilimitado en invenciones y fracasos. Si pudiéramos volveríamos a hacer la misma mierda de siempre. Cierro los ojos y de nuevo los abro. Ahora las palmeras (dejan de ser zombis lentos de películas antiguas) vuelven a ser palmeras, solo palmeras, salvajes, pero palmeras al fin de todo que siguen buscando su origen en las entrañas de un profundo sueño. Constato que aparte de mi, no hay nadie más.

El duelo de la mirada se pierde en el horizonte oscuro donde miro, las espadas enterradas en la arena hacen brillar débilmente sus puntas y resuena en las rocas de la orilla el romper del oleaje. Es este momento una llamada de atención al mundo. Te oigo llamar, verter leche negra, salitre y algas de la pasión en la marmita herrumbrosa del recuerdo. El brebaje tiene un mensaje, arriba esta todo lo demás. Ya he bebido lo suficiente.

“Dicen que el amor muere entre dos personas. Eso no es cierto. No muere. Lo deja a uno, se va si uno no es digno, si uno no lo merece bastante. No muere; uno es el que muere. Es como el océano: si uno no sirve, si uno empieza a apestar en él, lo escupe en alguna parte para que se muera. Uno se muere de cualquier modo, pero yo prefiero ahogarme en el océano a que me escupa a una faja de playa muerta, y que el sol me reseque hasta convertirme en una manchita sucia sin nombre”.

Las Palmeras Salvajes, William Faulkner, 1939

Siempre vuestro, Dr J.

Imagen original / CC BY-SA 2.0
24
Sep

Cambio de aspecto

Cambio de aspecto de bruto. Espero que os guste.

16
Sep

The Black Crowes 2009 – Before the frost… Until the freeze

The Black Crowes Before the Frost...Más de lo mismo. Sí. Pero esta vez en plan de verdad (“rancio” incluso, como me dijo una vez alguien). Para todos los que nos engatusaron los cuervos hace ya más de 10 tacos, y luego nos defraudaron (hay que recordar “By your side” y “Lions”?; aunque hasta incluso esos discos me gustaron), el repunte que supuso “Warpaint” (2008) nos colocó en una agradable incertidumbre: la del “ahora qué”. Pues bien, ahora más y mejor. Se nota que, tras la reunificación de la hermandad Robinson, han chupado carretera y escenarios, y aquí está el resultado, con sorpresa: a la venta ha salido un CD (“Before de frost…” —reminiscencias dylanianas para quien las quiera ver— presentación austera como su puta madre) y en su interior hay una tarjetita con un código para descargarte el otro disco en la página web del grupo, “…Until de freeze”. Grabados en estudio… con público. Una delicia. Para disfrutar dejándote llevar lánguidamente con una cerveza en la mano…

Hace poco (algunos lo recordarán) disfrutamos de una gran celebración en tierras sardas donde a alguien se le ocurrió pinchar “Hard to handle” a toda pastilla (bueno, en realidad muchos no se enteraron), el otro día atronó el aleatorio del iPod con “Sometimes salvation” y ésta misma tarde un amigo me comentó que lo último de los Crowes estaba muy bien; un par de pasadas por los discos no han hecho más que corroborarlo…
…más de lo mismo, sí, pero es cojonudo.

Thanks a lot, Bird.

Felicidades J.

3
Ago

Antonio Lobo Antunes | El orden natural de las cosas

Lobo AntunesHace bastante tiempo que lo tenía en el punto de mira, en la inestable bandeja de “pendiente”, recomendado por un amigo de inevitable procedencia lusa, con el que comentaba obras de Torga y Saramago (el gran e inimitable Torga y el repetido y buen Saramago). Literatura portuguesa. Tan cercana, y sin embargo, tan (injustamente) olvidada. Y Lobo Antunes era una incógnita. Ahora es una realidad: mejor que Saramago, muy superior, alcanzando las altas cotas narrativas de Torga…

Empecé por “Tratado de las pasiones del alma” (1990) y quedé sorprendido por esa manera de narrar, algo densa pero embriagadora y tremendamente adictiva, sospechosamente nostálgica y absolutamente lúcida. Conforme leía me embargaban sensaciones que me recordaron mis primeras lecturas del Jinete Polaco o Maqrol el Gaviero, aunque con un tinte más dramático, incluso lúgubre, junto con escenas de humor dolorosamente hilarantes. Probablemente sus años de trabajo como médico y psiquiatra tienen mucho que ver en su estilo y en su manera de ver las cosas, su saber estar ante el dolor y la manera de trasmitirlo…

El orden natural de las cosas Y ahora todo se confirma tras la lectura detenida de “El orden natural de las cosas” (1992), saboreando cada capítulo, engarzando los distintos hilos argumentales en uno solo, diez voces monologando sobre la muerte, que se entrelazan en historias personales y delirios de locura, pasión, amor o soledad, y que se hunden debajo de ese olor a muerte que parece venir no solo de la pluma del narrador, sino también de los vientos que soplan en Portugal, un mundo lleno de cigüeñas que parecen llevar malos presagios, campos donde se esconden secretos que son revelados por la mano finísima y el escalpelo implacable de Lobo Antunes. Un diálogo de alguien que nos obliga a oír aunque no estemos acostumbrados a ello.

Literatura intensa, a veces difícil, a menudo desasosegante, tremendamente recomendable.

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