Los ciclos de la vida son breves. Hace unas semanas que ya es primavera. Lo noto en el aire, en las narices rojas que estornudan su alergia en el autobús, en la ropa que mengua y luce la carne desgranada, en el vuelo de las abejas, en el canto de esas ranas de la acequia, en el aire inquieto que zumba dentro del hueco del roble de la plaza, en la telaraña que atrapó las primeras gotas del día, en las huellas que dejan distraídos los gorriones de mi terraza, en cómo avanza inexorable el año por las confusas estrellas y hasta en la trémula hierba bufada por las fauces de un león silencioso que teme una estampida en algún lugar de África.
El viento vuelve a llamar a las aves para que vengan a buscarte. Sin embargo algunas no saben aún si llegan o es que acaban de irse contigo. Antes distinguían de lejos las aldeas, los lagos, los palacios, las arboledas, pero ahora parece que naufragan en el tenue brillo de unas cenizas al atardecer, en la hora de la quema, cuando las serpientes abandonan su piel sobre piedras calizas sin tallar. Hipnotizan las ramas con sus puntos de luz diminuta, duplicando la imagen de los antiguos huertos donde aún se oye madurar la fruta. Bien entrada la noche la ciudad parece oler a polvo y ganado, pero la distancia con lo cierto es insalvable. Mis sentidos se confunden al cerrar los ojos y ver de nuevo el campo. El asfalto es estéril, de la zarza frustrada es difícil rescatar un canto vivo.
Sin embargo, en esta primavera, me he dado cuenta de que no hay solo soledad, que algunas yemas están prietas y deseando abrirse y reventar al mundo que siempre espera su ciclo. El almíbar de una secreta metamorfosis se hace fuerte en tus ojos y veo como las penas de garganta irritada se deslizan en una barca que navega perezosa hasta el final del río y el valle. Un cerezo puede ser el símbolo de una noche con media luna, de un espacio en la sombra. La luz corteja al que espera. Un muslo acariciando una mejilla es lo más parecido a la quietud del corazón de Hércules. A veces el orden del universo es simple y la armonía la definición del bien.
La primavera envilece los caóticos deseos de la naturaleza. La actitud del mundo es cruel y por eso es imposible envejecer sin volverse loco, envejecer en la propia patria, lejos de guerras y crucifixiones. La actitud lo es todo siempre, pero ahora admiro la quietud. La quietud de esta insomne primavera que mezcla la palidez de unos huesos con la sangre cálida de un pájaro. La elipse de vida y espanto. Un hombre desnudo espera plantando semillas de árboles en las llanuras de lo infinito mientras al otro lado la muerte espera en los ojos inmóviles de un hombre sin latido. El azar está lleno de tumbas. La actitud lo es todo. La actitud.
La erosión de la tierra sigue constante, sin despeinar las gavillas del campo, mostrando mellas en la noche del que reinventa con tus ojos el alfabeto, desenterrando pétalos de historia dormida. La actitud bordea el cielo. La espera se hace un tálamo de verde noche en tu vientre. Parada. La primavera ha llegado otra vez, pero quizá demasiado tarde.
“El tiempo gira como un torno
la indiferente y venturosa primavera
salva almas, semillas y esclavos dormidos
sombría primavera
en el siniestro susurrante deseo humano
palabras dichas por dos lenguas enlazadas
unión sibilante la serpiente de Eva
las estrellas avanzan
dos cuerpos desnudos brincan
entre incorpóreos árboles de Navidad
resplandecientes como abejas y capullos de rosas
el fuego se vuelve lluvia de polvo
los labios descansan, sonríen y duermen
el fuego arrasa el hogar de la sangre
en lejanas estrellas dobles y rojas
encadenados validan sus últimos deseos.”Kenneth Rexroth, de Natural Numbers, 1964
Siempre vuestro, Dr J.
Dedicado a N (28.abril.2010)

Pensar en Lisboa es pensar en despedidas. Viajar por sus calles es perderlas a cada paso, y para añorarlas no hace falta siquiera haber estado allí, con la inquietante nostalgia de una intuición, con la melodía de una canción que sólo pudo ser compuesta por quien nunca estuvo allí. La memoria es lenta y la consciencia más rápida que el dolor cuando se trata de asumir la ausencia de lo que se ha perdido, como un contrabandista que deja en el tiempo que liquida una indiferente soledad presuntuosa. Las ciudades se olvidan porque dejan de merecer su recuerdo en la memoria, que la gasta, desgasta sus paseos con la persona con quien uno estuvo o con quien siempre quiso ir. Se diluyen en un recorrido imperfecto. A veces brota de nuevo, pero con un hilillo de luz que no sirve para desentrañar la compleja madeja. Y los rostros de las personas amadas también se desfiguran en el tiempo, como la canción que se difumina en el silbido de la melodía, ese fragmento que nos hizo enlazar un recuerdo a otro.
Citas desorientadas en una ciudad con lluvia, maridos que siguen la furia de sus celos, el dinero de unos cuadros robados, una pistola cargada y un mapa de luces y sonidos y rostros y bares noctámbulos, lupanares, posadas urgentes para el último trago de ginebra, una trompeta inventando el jazz como si nunca antes hubiera sonado, como si tocara en un desierto y el piano en un rincón de una ciudad abandonada. Burma. La búsqueda de la memoria y el deterioro del amor, el negro caos del destino como corresponsal del amor. Su indómito piano seguía esperando en el Lady Bird. Nunca creyeron merecerse, por eso no quiso verla y la vio y supo que siempre se iban a pertenecer, como uno sabe quién es cuando se reconoce en una vieja fotografía. Su mirada redimía el silencio y el temblor de sus caderas delgadas pegadas contra las suyas. El labio partido y un cigarro por encender en la comisura de la boca. Su historia era una historia más, que se perdió en una ciudad ocre y marítima, como sus pasos, sin dejar huella.
Cuando se pierde el derecho a sobrevivir en la memoria de la que no existe, se entra de lleno en una noche lenta de invierno, de cristal de botella vacía, en el juego perverso de la ironía y la mentira, porque los verdaderos solitarios arrastran el vacío aún a los lugares que no habitan. Es la hora de cumplir las promesas, de devolver el río desbordado a su cauce, de esperar la tranquila furia de una melodía que se estrella contra el espejo, serpiente de polvo y vidrio, serena crueldad y disonancia, metal de estupor y silencio antes de terminar… fly me to the moon. Después de todo uno termina siendo un apátrida, no de su tierra, sino de su tiempo, inacabado, aislado y declinante como la luz de unas estrellas sumergidas.
Sé bien cómo es aquí este largo invierno, pero a veces imagino cómo será este mismo invierno en Lisboa, y si será cierto que nunca acaba de irse, como hoy, aquí, desde hace ya demasiados meses.
“Tal vez fue en Lisboa donde conoció esa temeraria y hermética felicidad que yo descubrí en él la primera noche que lo vi tocar en el Metropolitano. Recuerdo algo que me dijo una vez: que Lisboa era la patria de su alma, la única patria posibles de quienes nacen extranjeros.”
Antonio Muñoz Molina. El invierno en Lisboa (1987)
Siempre vuestro, Dr J.
Escrito Originalmente por Vizen
Un libro, y dos discos. Una historia de sonidos, que en venturosa conjunción de paralelas, forman una constelación de héroes perdidos, por las vías secundarias del viejo Rock de carretera.
La música como la lluvia que lo bendice todo, ya seamos leaves or grass. Guía el sentido y el modo. Aletean bajo su teoría, melodía y caos, complementados en un baile de sistemático azar.
Un cocktail de progesterona y sinrazón, que nos abre las puertas de, esta vez, un cadillac solitario. Así comienza el relato de las andanzas legadas por un ginecólogo, que nació en Granada, al son de una súplica de amor de los Beatles. Amante, por ese ende, del misterio que tensa lo siniestro y lo bello. Siempre en buena lid contra “la desazón del gineceo”, se le quiere mejor porque se le entiende, a esta vera de la hoguera de Prometeo.
Mosqueteros cerveceros, del lado oscuro del futbolín. Determinados vicios y lolas, y un pasado por venir. Ciencia-arte-religión. Corazones triangulares que al pasar descomponen la luz del sol. Contracultura contra la cultura, y molinos gigantes. Aunque el enemigo, en el juego del ego, no sea más que otro personaje de rol.
Pero merece la pena el viaje. Los mendigos susurran que lo has leído, que este camino es el real. Entre las gastadas pistas adivinan “el sencillo rostro de la felicidad”. Y si no, los márgenes del libro siempre nos llevan a un sitio mejor, desde donde se ve la ciudad.
“Lola y otras canciones de amor (Hormonas, contracultura y rock)” – Nicolás Mendoza Ladrón de Guevara.
Kindertrauma: libros, películas y juguetes que te asustaron cuando eras un niño.

He venido a donde tú ya no estás. El otoño comienza a erizar el lomo del viento que se escabulle invisible entre las hojas arañadas de las palmeras. Los troncos elevados se apartan, huyen a los lados, siempre, como separados por el esfuerzo de unos caballos fantasmas que arrastran su cerrazón en direcciones contrarias. Sus hojas cuelgan hacia la tierra como abandonadas, sin fuerza, derrumbadas como un cuerpo sin articulaciones, buscando el inicio primitivo, el profundo nivel horizontal de una tierra plana que sostiene el mundo y todo lo que es dormido. El cielo permanece inmóvil con esa luz desgastada propia de estos días, inefable, inmenso, acariciado por el tono verde del crepúsculo, acogiendo sin envidia la primera estrella de la noche. Las palmeras susurran con sus voces de espiga cortante y seca, con su forma de espada y látigo y serpiente y cinturón adosado al ceñido vientre del aire. Susurran la condena de la memoria y del desencanto. Susurran para sonsacarte la verdad con su rumor salvaje. Entonces pienso que no se puede vivir sin querer estar vivo. Que el amor no vive dentro de la carne, porque si no se extinguiría con uno mismo, con la destrucción del propio cuerpo, con la muerte de cada pequeño, de cada gran amor que sentimos los hombres. Si el amor es inmortal, el amor no nos pertenece. No podemos agarrarlo, amasarlo, afianzarlo en nuestras manos. Viene y va, caliente como el sol y a su misma distancia para no calcinar los pobres cuerpos que lo buscan. Y si el amor es ajeno al hombre, la memoria por el contrario no puede vivir sin la carne. La memoria se extingue con cada uno, con cada vida. Al desaparecer, tu memoria ya no está. Pero ahora el problema es conciliar el amor y la memoria, es aquí donde el dolor existe y me resulta la respuesta más sincera. Entre la nada o el dolor, cada cual elige. Y pienso que a veces la vida es un diálogo perdido, una conversación constante hacia un vacío de palabras que por el camino de la mente hasta la boca van dejando atrás su propio sentido, una línea de ferrocarril que conduce a la estación del extravío. La extravagante cacería de la ausencia. Lo aprendido y lo transmitido y lo ganado y lo disipado y la conciencia de las cosas buenas. La vida establecida engendra los peores males, la vida urgente que se hace cada día engendra las mejores virtudes. Y oigo lo que queda fuera de mí, y dejo de oír las extrañas piruetas de mi cabeza y el vértigo que se apodera de mí cuando te recuerdo, el pesado color del cielo sobre tu pelo recién lavado y el color de tu boca seria mirando un enjambre de violentas mariposas en mi pecho. Y más cosas no debería hacer. No debería dejar fluir ideas. Disciplina y renuncia. Y las palmeras vuelven a mutar su aspecto y se transforman en criaturas atroces que surgen de la playa, animadas por el viento, buscado sin cabeza rastros de barcos hundidos. La mirada se diluye en la sombra. La vista se pierde con la imaginación. El sonido de sus pasos inmóviles te impide moverte, esperando un desenlace de película de ciencia ficción, donde hombres-vegetales arrastran lentamente cuerpos de cadáveres medio roídos por sus dientes de algas, lentamente avanzan y tú esperas tranquilo el final de la escena. El hombre es ilimitado en invenciones y fracasos. Si pudiéramos volveríamos a hacer la misma mierda de siempre. Cierro los ojos y de nuevo los abro. Ahora las palmeras (dejan de ser zombis lentos de películas antiguas) vuelven a ser palmeras, solo palmeras, salvajes, pero palmeras al fin de todo que siguen buscando su origen en las entrañas de un profundo sueño. Constato que aparte de mi, no hay nadie más.
El duelo de la mirada se pierde en el horizonte oscuro donde miro, las espadas enterradas en la arena hacen brillar débilmente sus puntas y resuena en las rocas de la orilla el romper del oleaje. Es este momento una llamada de atención al mundo. Te oigo llamar, verter leche negra, salitre y algas de la pasión en la marmita herrumbrosa del recuerdo. El brebaje tiene un mensaje, arriba esta todo lo demás. Ya he bebido lo suficiente.
“Dicen que el amor muere entre dos personas. Eso no es cierto. No muere. Lo deja a uno, se va si uno no es digno, si uno no lo merece bastante. No muere; uno es el que muere. Es como el océano: si uno no sirve, si uno empieza a apestar en él, lo escupe en alguna parte para que se muera. Uno se muere de cualquier modo, pero yo prefiero ahogarme en el océano a que me escupa a una faja de playa muerta, y que el sol me reseque hasta convertirme en una manchita sucia sin nombre”.
Las Palmeras Salvajes, William Faulkner, 1939
Siempre vuestro, Dr J.
Hace bastante tiempo que lo tenía en el punto de mira, en la inestable bandeja de “pendiente”, recomendado por un amigo de inevitable procedencia lusa, con el que comentaba obras de Torga y Saramago (el gran e inimitable Torga y el repetido y buen Saramago). Literatura portuguesa. Tan cercana, y sin embargo, tan (injustamente) olvidada. Y Lobo Antunes era una incógnita. Ahora es una realidad: mejor que Saramago, muy superior, alcanzando las altas cotas narrativas de Torga…
Empecé por “Tratado de las pasiones del alma” (1990) y quedé sorprendido por esa manera de narrar, algo densa pero embriagadora y tremendamente adictiva, sospechosamente nostálgica y absolutamente lúcida. Conforme leía me embargaban sensaciones que me recordaron mis primeras lecturas del Jinete Polaco o Maqrol el Gaviero, aunque con un tinte más dramático, incluso lúgubre, junto con escenas de humor dolorosamente hilarantes. Probablemente sus años de trabajo como médico y psiquiatra tienen mucho que ver en su estilo y en su manera de ver las cosas, su saber estar ante el dolor y la manera de trasmitirlo…
Y ahora todo se confirma tras la lectura detenida de “El orden natural de las cosas” (1992), saboreando cada capítulo, engarzando los distintos hilos argumentales en uno solo, diez voces monologando sobre la muerte, que se entrelazan en historias personales y delirios de locura, pasión, amor o soledad, y que se hunden debajo de ese olor a muerte que parece venir no solo de la pluma del narrador, sino también de los vientos que soplan en Portugal, un mundo lleno de cigüeñas que parecen llevar malos presagios, campos donde se esconden secretos que son revelados por la mano finísima y el escalpelo implacable de Lobo Antunes. Un diálogo de alguien que nos obliga a oír aunque no estemos acostumbrados a ello.
Literatura intensa, a veces difícil, a menudo desasosegante, tremendamente recomendable.
Un hombre permanece inmóvil sobre el suelo de una habitación. Le rodean copas a medio beber y vasos rotos, platos con restos de comida, carnes y frutas, alfombras deslucidas y un cordero blanco degollado. Hay restos de gallinas descuartizadas y un perro atado en una de las paredes. Viste un viejo camisón blanco. La puerta está cerrada y detrás, en el zaguán, aguarda una mujer con un semblante cansado que oculta sin mucho disimulo un gran enfado. Hay una ventana por donde comienza a verse amanecer. Parece abatido, como un insomne bebedor. No se adivina en su mirada alegría, más bien tristeza y una especie de impotencia que transmite a todo su recio cuerpo. Mira perdido un futuro que parece arder, al tiempo que revive uno de sus días mejores, lejos de este que empieza, donde su amor escapa de la gravedad y las voces de la calle despiertan como canciones de cosecha. Ahora que no duerme, las sombras se han movido, como cuchillos ensangrentados en una cocina. La luz lucha como un niño por hacerse su espacio. Debió explotar el sol y sacar todo su oro antes que este se incendiara, que hiciera temblar la tierra y el cielo se descolgara sobre el árbol que acabó con Adán. Sus pequeños crecieron ajenos a su tragedia y ya no quiere verlos más, deben escapar de él, de sus manos insatisfechas, de sus ojos abiertos, de sus competiciones, de sus recuerdos, de su violencia, de aquellos días que nunca alcanzará, del enfermo marido de su mujer muerta. Donde mira, una mariposa sin alas no puede volar. No ha soñado o lleva soñando todo este tiempo. El humo vuela denso en la estancia, oscurece un poco la luz que entra por la ventana, silva el aire como una culebra. Llama a la mujer que espera fuera.
Yo era el rey de toda esta tierra, el indomable, el victorioso, el lisonjeado. Yo era la voz de la ley, la mano de la justicia. Cómo me ha pasado esto, cómo me has dejado caer, cómo he sido abrumado, asfixiado, hundido en este desierto abandonado. Cansado. Yo también caí enfermo y me sedujo la silueta de unos pechos encubiertos con una blusa de seda. He escuchado los clamores de mi pueblo y he actuado con prudencia, pero hasta la más mísera piedra se me antoja hoy una estrella lejana. El pueblo no sólo abre la boca para comer, sino para tragar todos estos planetas que hoy conspiran contra mí. Qué me salvará de las grandes tragedias cotidianas, quizá unas pinzas de ropa olvidadas en la cuerda de tender, en una azotea, en una tarde de julio, o quizá unas sábanas recién planchadas a la hora de dormir, un estornudo asfixiado después de hacer el amor o unas cerezas recién cogidas del árbol que creció de la sangre de mi padre Gerión. El pueblo inocente, desesperado, no ha vivido por mí. Os he traicionado, te he traicionado, es verdad, y me he desmoronado porque me he traicionado a mi mismo. De nada sirve que me disculpe. De nada sirve aguantar tus burlas y tu despiadado castigo. Las risas de los niños que no llegaron a ser se esconden detrás de las hojas de los últimos árboles del huerto. La iglesia fue abandonada, con sus imágenes y sus fieles resplandores de vela derretida. La cabeza de Juan en una bandeja de plata es el reclamo de un dios huérfano y desahuciado por tus ojos y por tu amor. Mi vida, tu amor ha costado más de una cabeza y un cuerpo desmembrado en el estanque. Por mis barbas dejadas crecer en la indiferencia de los días, ascienden serpientes pequeñas y nerviosas como dedos de niños. Mujer, no abras la puerta, déjala bien cerrada. Las casas ya están condenadas. Mis pasos no resonarán más en este vértigo de oscura locura y soledad. Dónde están los días perfectos de música y bailes, de rumor de olas y bebida infinita. Ni los burros pueden evitar que desaparezca con hocico de león mellado. Todos han fingido beber de mis tinajas, han fingido calentarse con el calor de mi chimenea y llorar con el dolor de mi alma. Las voces que eran dulces son un atronador silencio que ha olvidado mi nombre. No abras nunca esta puerta. Ya no me taparás los ojos con tus manos delicadas para evitar que me viera morir. Ya no me acariciarás el oído para susurrarme historias de los benditos paganos que se acercan diariamente a sus abismos. Ya no me sostendrás mi sexo con tus manos perfectas para hacerme perder el sentido de la realidad. Ahora esperas un descuido para anunciar mi despedazamiento. Nunca quise huir. Flechas de bronce se forjan en la fragua. Las hogueras se preparan para calentar aceite y brea. Las camisas de las serpientes se tensan. Es cierto que he vagado por la tierra con la tristeza de un animal desfondado, de un fuego apagado, como un barco inmóvil, como una maldición nocturna, minúsculo insecto enfrentado a un mundo infinito. Pero más me pudo mi soberbia y orgullo, más me pudo el sonido de unos huesos enemigos quebrados bajo el peso de mi caballo. Los goznes de una puerta giratoria abierta antes de que llegara mi sombra. Más me pudo la espada que el resplandor de un paisaje transparente en el hueco de tus manos. Más me pudo la tormenta que la quietud de un lago dormido plácidamente en tus ojos, rodeados de olivos y viñedos. El campo de batalla deja calva la tierra fértil y hostil el semblante del que regresa. Los cadáveres de los hermosos vencidos nos recuerdan lo que no tiene escapatoria, sino apelaciones. Has oído toda la noche unos lastimeros mugidos. Yo mismo he degollado este blanco cordero. No abras la puerta. Mañana será otro día en el paraíso. Ya nada es nuestro. Mi reino se ha humillado. Nada nos pertenece y hasta la muerte me parece ajena. Todo el mundo sabe quién soy, menos yo. Me he quitado la manta y el escudo. Ya no tendré frío. El alma libre habla de igual a igual. Sólo de igual a igual he de hablar a la muerte. En un sueño vi una mujer joven que no quería morir. Le disparaban al estómago. No podía hablar, sólo sus lágrimas pedían auxilio. Me llamaba a mí. Necesitaba mi ayuda, pero yo llegué tarde o nunca llegué. Tenía heridas las rodillas. Sus lágrimas se convirtieron en perlas que caían a un pozo. Me desperté comprendiendo que en cada pozo existe una mujer ahogada. No abras la puerta, mujer. Déjala cerrada. Diles que aún duermo. Pero cuando entres, lava mi cuchillo y limpia mi cuerpo. No dejes que ladren los galgos ni me hurguen los hurones de la carroña.
Se oye el sonido de una casa que se vacía. Una espada golpea el suelo. La luz sigue creciendo dentro de la habitación, haciéndola más grande. Las campanas tendrán hoy un funesto trabajo. La mujer cierra sus ojos y siente su alma cosida a la miseria de aquel hombre despreciado. Sus manos se doblan, inútiles. La mañana se llena de bullicio. La tierra se despierta para recolocar todas las cosas que antes estaban estacionadas.
“Mientras volvía vi las huellas de viejas fogatas en la hierba, ramajes calcinados, cenizas, piedras afumadas y hollín; al lado, desplomados, los grandes asadores de los sacrificios y de los banquetes. Montones de huesos colosales blanqueaban el alaba con ese blanco emplatecido de la memoria o de lo no nacido, una inmensidad serena y con cierto orgullo osado, el de un remoto monumento a los ausentes, es decir, a nosotros mismos, y el heno era amarillo hasta donde la vista alcanzaba, pese a que más abajo el mar lucía estúpidamente rosado, imponiendo una vez más, desde el principio, un movimiento, su movimiento, nuestro movimiento”
Yannis Ritsos, Áyax
(de un extracto oído o leído en algún sitio… o vivido…)
Yo: ¿Qué coño lees?
Ella: Esta puta mierda, Novecento.
Yo: ¿Qué tal?
Ella: Es cojonudo.
Yo: Déjamelo; a ver qué mierda consideras tú cojonuda.
Ella: Toma, gilipollas, así aprendes un poco.
Y me lo leí.
Realmente la cosa empezó porque (sencillamente) me lo regalaron. El jodido Baricco. A tomar por culo. Pero fue empezar, en parte por confianza con la persona de quien venía y en parte por instinto, y hasta el final una sorpresa tras otra, Y de las buenas. Un trompetista que se mete a tocar en una banda a bordo de un barco de línea Europa-Américas, época entreguerras. Y allí comoce al “Big man”, de nombre tan rimbombante como inolvidable, Danny Boodman T.D. Lemon Novecento, pianista inverosímil (“…nosotros tocábamos música, él era algo distinto. Él tocaba…aquello no existía antes de que él lo tocara, ¿de acuerdo?, no estaba en ningún sitio. Y cuando él se levantaba del piano, ya no estaba…y ya no estaba para siempre…”) que resulta que nació de pobres emigrantes a bordo del barco y fue encontrado en una caja de cartón sobre el piano, lo crió un negraco de la tripulación y no se bajó del barco a tierra firme nunca en su vida. Bueno, una vez casi…pero eso es el quid de la trama. Envolvente. Rápido. Narrada como si fuera una especie de obra de teatro… Ideas bastante originales hacen avanzar la historia, aunque los dos principales amarres de la trama recuerden demasiado a libros ajenos. El primero, el duelo de pianistas (nada más y nada menos que con Jelly Roll Morton!!!) no tiene desperdicio, aunque recuerda a Stefan Zweig, que hizo algo similar en Novela de ajedrez, una obra maestra totalmente (y lo digo yo). Lo segundo, la imposibilidad del pianista de dejar el barco, que, ¡no es tan difícil de pillar!, es exactamente la misma idea que El artista del hambre de Franz Kafka.
Cuando el trompetista pregunta por el puesto en la banda a bordo del barco le contestan “Ya tenemos músicos”. “Lo sé”, y me puse a tocar. Se quedó allí mirándome fijamente sin mover un músculo. Esperó a que acabara sin decir una palabra. Después me preguntó “¿Qué era eso?”; “No lo sé”. Se le iluminaron los ojos: “cuando no sabes lo que es, entonces es jazz”
Con todo, gran novela, libro pequeño, precio asequible y leído en unos malos tres cuartos de hora
Gracias V