Alma from Rodrigo Blaas on Vimeo.
tu también hijo mío
tu también hijo mío
Alma from Rodrigo Blaas on Vimeo.
En presencia de las tecnologías actuales, la copia privada (masiva, pero privada) es un hecho natural inevitable o, mejor dicho, sólo evitable mediante dos catástrofes: o la vuelta a una sociedad preindustrial o la implantación de un estado policial.
Magníficos artículos Modelos de negocio: Cómo ganar dinero en un mundo perfectamente copiable (I) y (II). Lectura amena y obligatoria para entender de qué va esto.
Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:
Este manifiesto, elaborado de forma conjunta por varios autores, es de todos y de ninguno. Se ha publicado en multitud de sitios web. Si estás de acuerdo y quieres sumarte a él, difúndelo por Internet.
El sacerdote parece a punto de asfixiarse: enrojece, transpira, jadea, lanza espumarajos de rabia: La descripción de los vicios nefados de los contrayentes trae a sus labios una florida fraseología latina destinada a paliar con un velo de tenue pudor, tal vez con un precario barniz de cultura, la cruda y espantosa realidad de los actos: cunnilingus, fellatio, osculos ad mammas, coitus inter femora, ¡immissio in anum!: las expresiones brotan de su garganta con visible dificultad y, para aclararlas, las completa con gestos epilépticos y convulsos, con ademanes frenéticos de los brazos.
Te dije que te apartaras de la hembra para evitar la ocasión de pecar y aumentar de paso tu rendimiento y, con pravedad obstinada, has persistido en el vicio: tu maldad es demasiado profunda y sin duda no tiene remedio: no obstante, qué bello habría sido el espectáculo de unas almas inocentes y blancas con el ánimo puesto en Diosss. Eres manso y benigno, pero acabas poniéndote bravo.
Con Ojos desorbitados, trémulos, posesos, gozando como un bruto animal, él les declara unidos en santo matrimonio.
El Pastor conoce a todo su rebaño (de ovejas pecadoras) desde el día que nacieron y ahora, a la hora de la revista, las reconoce por su aspecto, andares, gestos. Una por una ¿cómo saber sino cuántas se descarrían? Identificar es recordar. ¡Hay que contar! Sea la familia de los números naturales. Los naturales cuentan y ordenan.
¡Me pido el 69!
Kindertrauma: libros, películas y juguetes que te asustaron cuando eras un niño.

¿Quién decide nuestra suerte con tanto descuido y capricho? Le pregunté.
Bautízalo Júpiter o diosa fortuna, que en tiempos como los que corren llamarlo por su nombre sería una gran temeridad.
Dime si lo sabes, qué ley rige al mundo creado y a las criaturas que lo habitamos.
Fácil “el goce carnal y el dinero”, dijo ¡lo demás son gilipolleces forjadas para crear sentimientos de culpa en el alma y afianzar el dominio de quienes se otorgan el poder de pastorear al rebaño!
Abandonada a mi erranza, fui mujer y varón, noble y mendigo, cartonero y librero. Imaginaba que era Dios en los albores de la creación, en el momento en que el sol ilumina despiadadamente el mundo y descubre la irremediable magnitud del desastre .
De cuerpo en cuerpo, en continuo peregrinaje y erranza, descubrí la hinchazón de unos, la miseria y apuros de otros, el estado andrajoso del pueblo, el descrédito del trabajo y el comercio, la amargura del estudioso, la vasta ladronera del político, la necedad e incuria del gobernante.
Gusté de la tibia leche materna, del semen vertido en mis fauces, del derretimiento interior de las cavidades visitadas por dedos y lenguas, de toda suerte de bebidas y demás aditivos. Toqué, palpé, acaricié, succioné pezones y pijas, nalgas opulentas, medialunas traseras, cuevas de deliciosa humedad, estalactitas y fragosidades.
Luego me adentré en el vacío, me solté el pelo y acabo de unirme a una vistosísima panda de pájaros.
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Cómo pelar un plátano:
Cómo comer alitas de pollo:
Esto si que es I+D.

He venido a donde tú ya no estás. El otoño comienza a erizar el lomo del viento que se escabulle invisible entre las hojas arañadas de las palmeras. Los troncos elevados se apartan, huyen a los lados, siempre, como separados por el esfuerzo de unos caballos fantasmas que arrastran su cerrazón en direcciones contrarias. Sus hojas cuelgan hacia la tierra como abandonadas, sin fuerza, derrumbadas como un cuerpo sin articulaciones, buscando el inicio primitivo, el profundo nivel horizontal de una tierra plana que sostiene el mundo y todo lo que es dormido. El cielo permanece inmóvil con esa luz desgastada propia de estos días, inefable, inmenso, acariciado por el tono verde del crepúsculo, acogiendo sin envidia la primera estrella de la noche. Las palmeras susurran con sus voces de espiga cortante y seca, con su forma de espada y látigo y serpiente y cinturón adosado al ceñido vientre del aire. Susurran la condena de la memoria y del desencanto. Susurran para sonsacarte la verdad con su rumor salvaje. Entonces pienso que no se puede vivir sin querer estar vivo. Que el amor no vive dentro de la carne, porque si no se extinguiría con uno mismo, con la destrucción del propio cuerpo, con la muerte de cada pequeño, de cada gran amor que sentimos los hombres. Si el amor es inmortal, el amor no nos pertenece. No podemos agarrarlo, amasarlo, afianzarlo en nuestras manos. Viene y va, caliente como el sol y a su misma distancia para no calcinar los pobres cuerpos que lo buscan. Y si el amor es ajeno al hombre, la memoria por el contrario no puede vivir sin la carne. La memoria se extingue con cada uno, con cada vida. Al desaparecer, tu memoria ya no está. Pero ahora el problema es conciliar el amor y la memoria, es aquí donde el dolor existe y me resulta la respuesta más sincera. Entre la nada o el dolor, cada cual elige. Y pienso que a veces la vida es un diálogo perdido, una conversación constante hacia un vacío de palabras que por el camino de la mente hasta la boca van dejando atrás su propio sentido, una línea de ferrocarril que conduce a la estación del extravío. La extravagante cacería de la ausencia. Lo aprendido y lo transmitido y lo ganado y lo disipado y la conciencia de las cosas buenas. La vida establecida engendra los peores males, la vida urgente que se hace cada día engendra las mejores virtudes. Y oigo lo que queda fuera de mí, y dejo de oír las extrañas piruetas de mi cabeza y el vértigo que se apodera de mí cuando te recuerdo, el pesado color del cielo sobre tu pelo recién lavado y el color de tu boca seria mirando un enjambre de violentas mariposas en mi pecho. Y más cosas no debería hacer. No debería dejar fluir ideas. Disciplina y renuncia. Y las palmeras vuelven a mutar su aspecto y se transforman en criaturas atroces que surgen de la playa, animadas por el viento, buscado sin cabeza rastros de barcos hundidos. La mirada se diluye en la sombra. La vista se pierde con la imaginación. El sonido de sus pasos inmóviles te impide moverte, esperando un desenlace de película de ciencia ficción, donde hombres-vegetales arrastran lentamente cuerpos de cadáveres medio roídos por sus dientes de algas, lentamente avanzan y tú esperas tranquilo el final de la escena. El hombre es ilimitado en invenciones y fracasos. Si pudiéramos volveríamos a hacer la misma mierda de siempre. Cierro los ojos y de nuevo los abro. Ahora las palmeras (dejan de ser zombis lentos de películas antiguas) vuelven a ser palmeras, solo palmeras, salvajes, pero palmeras al fin de todo que siguen buscando su origen en las entrañas de un profundo sueño. Constato que aparte de mi, no hay nadie más.
El duelo de la mirada se pierde en el horizonte oscuro donde miro, las espadas enterradas en la arena hacen brillar débilmente sus puntas y resuena en las rocas de la orilla el romper del oleaje. Es este momento una llamada de atención al mundo. Te oigo llamar, verter leche negra, salitre y algas de la pasión en la marmita herrumbrosa del recuerdo. El brebaje tiene un mensaje, arriba esta todo lo demás. Ya he bebido lo suficiente.
“Dicen que el amor muere entre dos personas. Eso no es cierto. No muere. Lo deja a uno, se va si uno no es digno, si uno no lo merece bastante. No muere; uno es el que muere. Es como el océano: si uno no sirve, si uno empieza a apestar en él, lo escupe en alguna parte para que se muera. Uno se muere de cualquier modo, pero yo prefiero ahogarme en el océano a que me escupa a una faja de playa muerta, y que el sol me reseque hasta convertirme en una manchita sucia sin nombre”.
Las Palmeras Salvajes, William Faulkner, 1939
Siempre vuestro, Dr J.