Archivos en la Categoría ‘Viajes’
Escrito por Colaboraciones »
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Escrito Originalmente por Dr Babinsky supongo
Tegucigalpa. Se levanta la mañana, muy temprano, es de madrugada y el sol ilumina como si fuese mediodía. Las calles ya bullen como un hervidero y se escuchan los gritos de decenas de vendedores ambulantes que predican delicias hechas por manos femeninas con base de maíz la noche anterior, cláxones desmadrados llamando a un mayor caos, nubes de tierra ascienden por acelerones y frenazos de viejos coches desvencijados. Frenética actividad dirigida hacia una nada inevitable. Se despierta el desasosiego antes casi de que se haya acostado. Niños sin zapatos recorren las calles terrosas mientras jóvenes envejecidos por el resistol se tambalean con los pantalones casi bajados y cubiertos de orines. Madres que transportan pequeñas criaturas que van mamando de los secos y caídos pechos mientras ellas danzan por la cojera de una fractura por atropello mal consolidada y que salen a vender tortillas. Ancianos de mirada perdida y profunda que portan machetes de hoja ancha y larga y un hatillo de ramas cortadas en la noche que termina. Perros que vagabundean sin destino fijo y que olisquean las calles en busca de un desayuno. Hombres ocupados en la única ocupación al alcance de todos, el desanimo. Voceadores de destinos que corren asidos de las puertas de autobuses amarillos en otro lugares desechados y que nunca gritaran felicidad, progreso, esperanza. Coches de policías que cruzan con miradas tristes, calados con chalecos antibalas y gruesas escopetas de cartuchos, hacia un nuevo tiroteo. No se puede saber si es violencia que se levanta o que colea antes de acostarse en un breve sueño. Sueños de realidad henchida, en dónde las maras se crecen y exterminan.
Y en el dolor, también, inexplicables miradas alegres para ojos que vienen del mal llamado primer mundo. Sonrisas veraces que rompen la oscuridad como un rayo en la noche y que truenan en esos mismos oídos del primer mundo que no comprende y en el que restallan. Ojos que no saben ver y oídos que no saben escuchar. Ojos y oídos saturados de mentiras piadosas y medias verdades destructoras. Vista nublada para la realidad del mundo, oídos taponados para las verdades que se gritan desde el mal llamado tercer mundo.
Risas, cantos, bailes con ropas de mil colores. Fraternidad creada a las puertas de la casa de la miseria, en dónde se comparte el arroz y el frijol. Gallinas que corretean por entre las ruedas de los coches celebrando un día más de vida.
La vida que bulle, que grita, que enloquece, que se desborda sobre regueros de miseria y muerte. La vida que sufre y que puede, que quiere y que odia. Vida que se ríe de sí misma para en un salto mortal sobrellevarse.
Y todo enmarcado entre grandes y verdes montañas coronadas de nubes y ceñidas por las últimas chabolas instaladas.
Una niña sentada, de la mano la pequeña hermana, mientras respira sólo observa.
Escrito por J. »
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Escrito por Dr. J. »
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Caminé por New York. Caminé como quien camina por un diagrama, recorriendo sus calles rectilíneas, su laberinto de manzanas, la ciudad de cristal que Auster nos reveló a través de su detective metafísico. Al llegar me dirigí como una polilla a las luces de Times Square, con sus luminosos de a millón de coca-cola y panasonic. Esperaba encontrarme un negro saxofonista en cada farola, exhalando melodías de Coltrane, pero sólo encontré la música apilada en los tres pisos de la Virgin. Los musicales de Broadway con sus miserables y sus jovencitos frankensteins, estaban en temporada alta, mientras un dragón con el aliento congelado te invitaba a descubrir las maravillas del lejano oriente en una función corredera de candelas y duermevelas. De cena hamburguesa reseca con salsa de Jack Daniel’s número 7. Techos altos y paredes estrechas, me dieron cobijo en un hotel durante una semana. En las mañanas salía a la calle en busca de un café americano en el Starbucks, con su raspberry, para calentar las manos y el cuerpo en esa maldita semana de frío y nieve congelada. En New York siempre olía a comida, comida de puestos callejeros, hot dogs y carne turca. Las alcantarillas vomitaban nubes de vapor que envolvían las ruedas de los taxis amarillos. De medio en medio, se oían todas las lenguas de las aves migratorias que perdieron su vía de regreso. Alguien rumoreaba en un castellano medio loco que hay quien dejó el camino por seguir la vereda. De visita al barrio de Chelsea, se me hacía indispensable entrar en el Chelsea Hotel, con sus placas en las paredes de quienes lo habitaron, de Dylan Thomas a Tom Wolfe. En sus habitaciones Syd Vicious asesinó a su poco virtuosa novia, Cohen se benefició a Janis (eran feos, pero tenían la música), Keruack escribió de un tirón su camino en un roído pergamino y Dylan compuso su sad eyes lady of the lowlands para ti. De ahí hasta el fondo estaban los puertos del río Hudson y el mercado de la carne, que siempre expone al comprador sus pequeños milagros. Si se bajaba, se llegaba al downtown, a la zona cero, a Wall street, y a los jardines de Battery Park, donde se podía ver la estatua de la libertad temblar de frío. La noche llegaba siempre pronto, así que o te refugiabas en un triste pero iluminado bar a emborrachar tu cuerpo con una insípida cerveza, o te ibas a dormir. Al día siguiente, nuevo café y nueva disposición a ver la ciudad por dentro. Una de museos en la parte alta, el MoMA, cerca de la quinta, presentaba dinosaurios de madera y mujeres contundentemente feas pintadas por Picasso. Rothko ponía la sobriedad y Warhol la sopa fría. Luego a pasear por la quinta avenida, con sus tiendas de lujo y sus torres imposibles aguijoneando el cielo. En Tiffany´s, la dulzura de Audry la sustituían las espaldas de un fornido guarda de seguridad. Era difícil imaginar en estos tiempos navideños la llegada de Cristo con tantas luces, con tantos brillantes, con tanto ruido de agoreros, con tanto estruendo, con tantas calles decoradas con palmas y flores de Cartier. Tal vez hubo un silencio antes de Manhattan. Luego a comer en algún lugar del mundo, por ejemplo Italia. La tarde se podía pasar coleccionando sirenas de barrio o leyendo libros prestados en una biblioteca custodiada por leones de piedra. La noche se mereció esa vez un pequeño espectáculo en Broadway. Tras soñar con espejos, la ciudad te volvía a citar. Central Park escondía un campo de fresas, un imagine para Lennon, una Alicia desmedrada en su estanque, con un conejo a deshoras, mudas setas que escondían excitadas caricias y ardillas curiosas que fumaban hierba bajo el castillo de torres almenado. A un lado el edificio maldito de Dakota, con los tiros que mataron al bueno de John, al pie donde se rodó el nacimiento de la semilla del diablo (tenía los ojos de su padre). El museo de historia natural escondía animales paralíticos y piedras y huesos que hacen música. Al otro lado estaba el Metropolitan, el barrio del East Side y el puente de Queensboro, donde podías sentarte un rato en sus bancos, y charlar con Woodie Allen de sus últimos fracasos. Más al sur de esa rivera, estaba el puerto y para comer sentó bien algo de comida cubana. Por la noche un paseo por el puente de Brooklyn, un café en la casita de sus orillas viendo las luces de la ciudad desparramarse por el cielo. Para terminar en la azotea del Empire, leyendo en su antena las huellas que dejó King Kong. La aurora de NY tenía, como pensó Lorca, cuatro columnas de cieno, y cuando llegaba nadie la recibía en ese reino de números y leyes, sin mañana ni esperanza posible. Así, se recorrían a veces sus calles verticales, sus inmensas escaleras. Se podía respirar en calles más bajas por el Village, cuna del jazz, de artistas y homosexuales. Al final de la Gay Street, se me antojó comer en un restaurante griego. En el hospital de St Vicent, Poe se curó de un resfriado y Dos Passos cogió un billete para ninguna parte. El Village Vanguard escondía la vida de negros santos que hacían sonar trompetas en las puertas del cielo, con sus pecados, con sus mujeres de notas y pies ligeros a las que escribir canciones de amor. Otra nueva mañana te permitía recorrer el SOHO de compras, con su apple store de dos plantas, y sus DKNYs y sus CKs y sus queridas madres y más… hasta un bonito belén colombiano con tejas de arcilla roja. Bares de tapas y pliegos grasientos de aceites medicinales. Cachivaches y reliquias postpunk en la ciudad que no te dejaba dormir. Podías seguir paseando, recorrer mil calles, sus barrios y sus fachadas de hierro colado… podías coger su metro o vagar por su superficie, podías volar o mirar siempre adelante… podías ver lo que quisieras ver… hasta su vida oculta de alcantarillas, de mendigos sin hogar, con el lema no direction home cosido en la solapa del abrigo, miles de mutilados de guerras antiguas que se consolaban con un donut herido en su centro. Gente invisible que se suicidaba a media voz en las orillas de los lagos de central park, almas presas en los móviles que decían te quiero antes de caer de las torres del mundo, almas que resbalan en la pista de hielo del Rockefeller. Mercado y puerto, hotel y burdel. NY era y es lo que uno quiera.
Cuando paseas por sus calles es posible desentrañar su laberinto, si llevas en una mano el hilo de Ariadna y en la otra la espada de Minos. Así podrás llegar a su centro, mientras llegas al tuyo, cuando te duelen los pies debes seguir caminando y no perder ningún encuentro. Y después de llegar hasta el fondo, sólo queda saludar a la bestia, no matarla, dejarla viva en su universo de oscuridad, y salir hacia tierras más cálidas, donde la nieve se derrite. Yo salí a duras penas, de la mano de C y sus hilos de armiño. Un pedazo del alma siempre se queda atrás… como la piel exfoliada con sales de mares muertos en la ducha de un triste hotel.
“…Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar a la obligación de pensar…”
Ciudad de Cristal, Paul Auster
Siempre vuestro, Dr J.
Escrito por Dr. J. »
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Cambiar de estado itinerante a estado hipotecario supone una solidificación del ensueño juvenil. Cajas de cartón de viejos televisores, de mantas eléctricas, de fruta… se transforman en cofres marrones donde se sepultan fotos, libros, música en todos los formatos, enseres de cocina, trastos, electrodomésticos grises…
La mudanza atrapó mi tristeza, la envolví con cuidado para no dañarla, y la guardé en el trastero. Empieza un tiempo para la imaginación, pera la distancia y para ser de nuevo un buscador. Armar muebles, elegir cortinas, engalanar las bombillas con algo más que la luz. Poner distancia. Poner lavadoras. Poner constancia. Poner arcones en la alcoba.
Cada tiempo de mudanza necesita un paisaje. Yo tengo una terraza donde puedo ver la vega vestirse de mañana y de tarde. Quedarme quieto, apreciando el frío de la noche, mientras miro absorto el perfil de la sierra. Tengo el privilegio de la serpiente, puedo enroscarme en la montaña y mudar de piel. Tengo el privilegio de cerrar los ojos cuando entro en casa y poder seguir echándote de menos.
Hay días y momentos en los que la vida te da más de lo que necesitas o crees merecer. Si se cultiva la humildad (la mía anda en barbecho) comienzas a ver en el país de los ciegos. En ese valle donde todo puede volver a empezar, donde renombrar las palabras, palabras como leche, sueño o combate, no es más que un juego. Los colores van cambiando, se muda tu mirada. Esperar el movimiento de cada paso como si ya estuviera andado. Según el tiempo, una palabra madura o se empequeñece, es capaz de mutar, de mudarse de objeto, de cambiar su significado. El tiempo de mudanza cambia palabras escritas en buzones y palabras pronunciadas en silencio, cerca del corazón. Empiezo a comprender, como los antiguos, que lo permanente es el cambio.
«Y Núñez se encontró a sí mismo intentando explicar el ancho mundo del que había caído, el cielo y las montañas, la visión y otros prodigios como aquellos… Y ellos se negaron a creer o a entender nada de lo que les dijo… ni siquiera comprendieron muchas de las palabras. Durante catorce generaciones, aquella gente había estado ciega y aislada del mundo de los videntes. Los nombres de las cosas alusivas a la visión se habían olvidado y habían cambiado.»
El país de los ciegos. H.G. Wells
Siempre vuestro…
Imagen original en morgueFile
Escrito por Madame B »
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Tenía tan solo 15 años cuando viajé a Estambul. El primer recuerdo que se me viene a la mente es la inmensa cúpula de Santa Sofía sobre mi cabeza, flanqueada en su base por impresionantes medallones en los que reza, «Alá es grande», y que ocultan la infiel iconografía herencia de la cristiana Constantinopla. Entré con los ojos cerrados, guiada por una compañera de viaje buscando aquella sensación soñada unos meses atrás, cuando en las clases de historia repasábamos fotografías de arte Bizantino, del que nuestro profesor era especialmente fanático. Cuando abrí los ojos y comprobé las dimensiones del edificio en el que me encontraba, comprendí la intención de sus constructores y pese a mi costumbre de racionalizarlo todo —ya a esa temprana edad me consideraba agnóstica— sentí ese empequeñecimiento del hombre ante lo divino, bajo esa cúpula que parece suspendida en el vacío, y con ella, aquel que la mira. Y es que en una ciudad como Estambul es fácil sentirse abrumado constantemente.
Quizá haya mentido un poquito al evocar esa primera memoria, ya que si soy completamente sincera, lo primero que recuerdo es mi llegada a la ciudad. Un atardecer del mes de julio de 1987. Con la nariz pegada al cristal del autocar veía como la ciudad tomaba un color azulado, mientras que el sol, exhausto de tanto dar sin recibir nada a cambio, desaparecía por el horizonte. Los comerciantes arrastraban todo tipo de basura hacia los extremos de las calles donde posteriormente sería quemada. Así, nada más bajar, me envolví la cabeza con un foulard rojo para contrarrestar el nauseabundo olor que me provocó una arcada. Esa fue mi verdadera primera experiencia en una ciudad a la que volvería a principios de los noventa, coincidiendo con la fecha de publicación de “El libro negro” y a la que volveré una vez más, tras su lectura.
Si decidimos acompañar al protagonista, Galip, tendremos que ayudarle a resolver un misterio recorriendo los aledaños del barrio de Galatasaray, entrando en el Pera Palace; callejearemos por el distrito europeo de Beyo¨glu y por ese laberinto donde todo se compra y se vende. Puede que Galip se parezca a esos hombres bigotudos de piel morena y ojos verdes, que te arrastran a sus negocios y te agasajan con te negro, fuerte, recién hecho. Esos hombres que tocaban el pelo amarillo de mi amiga, como si de oro hilado se tratase. Muchas mujeres de mediana edad caminaban embutidas dentro de oscuras gabardinas que las cubrían desde el cuello hasta un palmo por encima de los tobillos, con la cabeza cubierta con pañuelos, como las viejas de los pueblos, a las que todo el mundo llama tía. Todas con expresión ausente en el rostro.
Estambul, una ciudad construida capa a capa sobre lamentos y victorias. Mestiza, vieja, poblada de fantasmas que viven bajo las ruinas de civilizaciones marchitas, en edificios transformados, a base de añadir y ocultar.
¿Puede Estambul ser Estambul? ¿Podrán sus habitantes ser ellos mismos algún día?
“El libro negro” es un complejo ejercicio literario, plagado de referencias, donde cualquier cosa puede ser una señal de un universo paralelo e invisible. Si creen que la cara es el espejo del alma, les interesará la técnica de los hurufíes para descifrar las letras que Alá escribió en nuestros rostros; porque, mirando la cara de una persona, sabemos si su corazón es limpio, si alberga crueldad o compasión.
Las palabras pueden mentir, pueden hacernos más inteligentes, más simpáticos o más deseados a los ojos de los demás, pero cuando las palabras callan, cuando tenemos que enfrentarnos en silencio a nuestra propia existencia ya no hay engaño posible.
Ahora, pregúntate, lector… ¿Quieres ser tú mismo?
«Me miré al espejo y leí mi cara. El espejo era un mar silencioso y mi cara un papel pálido escrito con la tinta verde del mar. “¡Hijo, tienes la cara blanca como el papel!”, decía tiempo atrás tu madre, tu hermosa madre, o sea, mi tía, cuando yo tenía la mirada vacía. Tenía la mirada vacía porque, sin saberlo, tenía miedo de lo que estaba escrito en mi cara; tenía la mirada vacía porque tenía miedo de no encontrarte donde te había dejado. Donde te había dejado, entre mesas viejas, sillas cansadas, pálidas lámparas, periódicos, cortinas y cigarrillos. En invierno la noche llegaba temprano, como la oscuridad. En cuanto oscurecía, en cuanto se cerraban las puertas, en cuanto se encendían las luces, yo pensaba en el rincón en el que te sentabas detrás de nuestra puerta: de pequeños en pisos distintos, de mayores al otro lado de la misma puerta.»
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Escrito por Mensab »
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Me llamo Ismael. Soy maestro de escuela e intento sostenerme en el caótico derrumbe de proyectos y desastradas aventuras que es mi vida. Me convertí en un inadaptado y decidí alistarme en un barco ballenero, el Pequod, junto con un arponero pagano y sodomita llamado Queequeg. Nuestro barco está comandado por un hombre paralítico, amargado y vengativo. El Capitán Ahab no sólo es un ser humano abrasado por el odio, sino la personificación misma de esta pasión.
Nuestra singular singladura nos arrastra directamente hacia la catástrofe, demoníacamente, sin tener apenas tiempo de reflexionar sobre la temeridad del intento. En esta aventura, hay una presencia real de la muerte, y cuando digo real me refiero a que no se trata de los fantasmas que invocamos con la imaginación. No. Aquí la percibimos con la plenitud de nuestras conciencias. Está aquí mismo al alcance de nuestras manos, irrecusable.
Al final… yo, solo yo consigo escapar de la muerte. Ismael que en hebreo significa… escucha a Dios.
Escucha, los zopencos no deben dar premisas por sentadas. ¿Cuánto tardará en estar lista la pierna?
Tal vez una hora, señor.
Acabadla y traédmela. ¡Ah, vida! Aquí estoy, orgulloso como un dios griego, y sin embargo quedo deudor de este burro por un hueso sobre el que apoyarme.
Maldito sea este endeudamiento mortal y mutuo que no acabará con los libros de contabilidad.
Llegué a está novela por casualidad, tras terminar de releer una obra de Hugo Pratt llamada “La Balada del mar salado” la primera aventura de Corto Maltés. Tras quedar maravillado nuevamente por el cómic, vagué por los estantes de la librería en busca de Conrad, London, O´Brien… pero al final me topé con Melville y su ballena blanca.
En Moby Dick se pueden encontrar desde razonamientos metafísicos de muy difícil comprensión a una narración de tintes épicos, pasando por un manual naturalista sobre la fauna marina.
Merece la pena.
Imagen original en Wikimedia Commons.
Escrito por J. »
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Hace unas semanas me escribieron pidiéndome permiso para incluir ésta foto que tengo colgada en flickr en la tercera edición de la guía Schmap de Milán.
Mi intención, como ya dije, era borrar mi cuenta de flickr pero el simple hecho de que alguien haga las cosas bien —pida permiso para publicar tus fotos, reconozcan al autor de la misma, pongan un enlace a la página y, sobre todo, que tengas la posibilidad de negarte a publicar— ha hecho que vuelva a verle un ligero interés a flickr y que me piense lo de eliminar mi cuenta o que, simplemente, lo posponga un poco más.
Por cierto, las guías están muy bien y se pueden descargar.
Escrito por fargo »
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Comienza el verano y tras el debate del estado de la nación podemos dar por cerrado, informativamente hablando, el año natural que para todos los medios comprende desde septiembre a junio.
Por lo tanto y sólo centrándonos en la caja tonta (aka aparato televisor) empezaremos a recibir una serie de noticias que llevan repitiéndose año tras año, algunas lamentables, como es el caso de los accidentes de tráfico e incendios —supongo que el deseo de todos es que algún día estos temas dejen de ser noticia— y otras que trataré de un modo más lúdico y que paso a redactar:
- Ola de calor (sudores estivales):
Se abre el informativo en cuestión con una voz en off indicando:
“La ola de calor llega a España (evidente, estamos en Julio) y los termómetros marcan máximos históricos” En ese momento emiten una imagen, siempre la misma, de un termómetro, situado en la Plaza de España de Sevilla que registra 48º centígrados.
¡Caray! Saca uno que haya en Huesca porque ese concretamente, el de Sevilla, no ha marcado menos de 30º en su vida. Además no reciclan la imagen, ya que el automóvil que se ve circulando a su lado es un R-5 GTL matricula SE-1254-C.
Otra imagen, ya actual, es la de un hombre gordo y sudoroso, en la acera de La Plaza Nueva, con camisa de manga corta y abanicándose al cual le cuestionan «¿Mucho calor este verano?» Y el sujeto responde jadeando «¡Ojú, mi arma! Yo no recuerdo na iguá, zerá el cambio sísmico ese, del Bil Gueis.»
- Los Rodríguez (especie en extinción):
Estampa vergonzosa, de un cuarentón en un cutre disco-pub, portando medio cubata con dos hielos y a continuación vemos a una madre con tres chiquillos corriendo de un lado a otro de la playa y la voz que comenta:
«Cada vez son menos pero aún queda alguno que tiene que dedicar el verano al sufrido trabajo mientras su familia disfruta de las vacaciones.»
Esta fina ironía es muy propia del informativo de A3TV. Claro, Matías Prats y sus chascarrillos están de vacaciones y deben mantener el tono editorial de la cadena.
- Plaga de medusas. (Terror en las playas):
Vista de una playa abarrotada de personas y sobre la que se oye en tono amenazante:
«Un verano más, los bañistas no pueden disfrutar de las cálidas aguas del Mediterráneo ¿La causa? La terrible plaga de medusas que invaden nuestras costas (¿tendrán armas de destrucción masiva?) y que afecta a uno de cada tres bañistas (¿quién coño los cuenta?). La mejor manera de combatir sus picaduras, es aplicándose pomadas a base de oxido de zinc (“circunstancialmente” aparece una tía estupenda en top-less aplicándose, de un modo muy sexy, sobre su hombro impoluto una pomada de un laboratorio famoso). Otra forma de atacarlas, continúa la información, es recurrir a los sistemas más tradicionales como el vinagre (aquí veremos a una mujerona con unas manos de espanto, aplicar vinagre a granel en la picadura más horrenda que puedes imaginarte que un sollozante niño tiene en su pie)»
Y para terminar la noticia que más me gusta, sin duda, de todos los cuadros veraniegos y que estoy deseando que llegue.
- La Familia Real por fin descansa (¿pero ésta lo necesita?):
La panorámica del Palacio de Marivent, me tomo una leve “licencia”, sobre el sonido que suele acompañar a esta imagen:
«S.A.R. Don Juan Carlos I, la Reina, el Príncipe de Asturias, La Leti, Leo, Sofi, El Marichalar, La Lista, El Froy, La Viky, La “Guapa”(Cristina, me parto), El Indugüain, Juanin, Pablin, Miguelin, la Ire y por supuesto toda la familia real griega ya descansan en Mallorca.
Su Majestad recibirá hoy y dentro de tres semanas al Presidente del Gobierno para despachar (tratarán lo de las medusas). Durante estas vacaciones, el monarca y toda su familia, participarán en las regatas que comprenden, la más prestigiosa prueba de vela a nivel nacional y que lleva su propio nombre. Bribón VII es el barco con el que D. Juan Carlos participará y con el que quiere revalidar su titulo de copa del rey.» En ese momento se apreciará al Rey subiendo ágilmente a un barco.
Esta última información es muy de RTVE, sea quien sea quien mande y en todos sus canales.
Las obras civiles, los festivales de música, los fichajes del verano, etc. conformarán una serie de noticias iterativas esta temporada y muchas más que me dejo en tintero.
Disfrutad del verano y hasta la próxima.
Salsaludos fargo.
Escrito por J. »
Comentar »Mapa de radares, controles y puntos negros de las carreteras de España en el que han usado Google Maps.