Archivos en la Categoría ‘Libros y Literatura’

14
Ene

El Hilo

hilo

La mañana amaneció de niebla. Una niebla fría y espesa, que aturdía los sentidos y hacía que todo pareciera más lejano y distante. Era un día de primeros de enero. Comenzó la guardia como siempre, con el ceño fruncido, esperando las llamadas de los enfermeros, sin miedo y tranquilo, como don Tancredo esperaba el toro inmóvil en el centro de la plaza. Pasó por los controles de enfermería, paseó por la planta y saludó al personal con un gesto. Todo parecía calmado. Vio un par de analíticas, repasó unas cuantas historias y luego se fue al despacho. Al rato alguien entró. Le sonaba la cara, era un paciente que hacía años no veía. Lo había diagnosticado de una rara enfermedad, sobre todo para un hombre, como era el lupus. Le preguntó cómo se encontraba. El interlocutor hablaba despacio, con un tono de voz apagado como por una sordina de trompeta, le dijo que al final todo se complicó por el riñón, pero le agradeció su ayuda en aquel tiempo y le dijo que ahora estaba bien, que sólo quiso saludarlo. Como vino se fue. Luego entró otro, un paciente joven con una infección por VIH en estadio terminal, con poco aliento para respirar, cansado y enflaquecido por el virus, sólo quería un poco de agua, unas palabras y un cigarrillo. Al salir entró un paciente con cáncer que diagnosticó hace tiempo, ya extendido, con su esposa a su lado. Les recetó morfina para sofocar los quejidos y quebrantos del cuerpo resentido, cogieron el papelito y se marcharon con una sonrisa. Así fueron pasando enfermos hasta la hora de comer. La niebla seguía abrumando la ciudad donde el sol ya debía estar alto. No tenía hambre, así que paseó por los alrededores del hospital. Luego subió de nuevo a la planta. Cogió unos números atrasados del New England y los estuvo ojeando hasta media tarde. Le extrañó no recibir llamadas de urgencias, así que bajó al sótano donde estaban las consultas. Paseó por ellas despacio, casi ajeno al habitual ajetreo de camillas y pacientes. Miraba el quehacer de sus colegas, el trabajo de las enfermeras con los enfermos, auxiliares manipulando sondas y pañales, celadores llevando carritos y camas. Se acercó a leer las historias de algunos pacientes, un internista no sabe decir que no a un paciente ni a un problema. Llegó la hora de cenar y se dirigió al comedor. Había poca gente y no los conocía. No había ningún compañero de su promoción, eran médicos jóvenes los que cenaban entre animadas charlas sobre enfermos, mujeres, deportes y blasfemias al gerente. Cogió una naranja y se fue de nuevo a su despacho. La noche había llegado pronto. La niebla no se disipaba. Intentó llamar a casa, pero el móvil se había quedado sin batería. Encendió el ordenador y consultó su correo. Anuncios de viagra y de revistas musicales con las últimas novedades del mercado. Hacía tiempo que no recibía correos de sus conocidos. Visitó páginas de amigos, blogs de literatura, de viajes, de música, de chulopollas dando lecciones de sabiduría. Así se adentró la noche en sus ojos. Se asomó a la ventana y vio las luces de la ciudad aplastadas por esa incesante niebla. Ya era tarde, pero no tenía sueño. Era como si las ganas de dormir se hubieran marchado. Sin embargo tampoco tenía ánimo para hacer nada más. Se encontraba vacío, repleto de demasiadas experiencias suicidas, de demasiado dolor, de demasiados ardores de estómago, de demasiadas oportunidades disponibles en estas guardias tan largas. Demasiados amaneceres contemplados desde la atalaya del insomnio. Se fue al cuarto a descansar un rato. Se tumbó en la cama con los ojos abiertos. Pensó en sus padres, en la recogida de aceituna de su pueblo, que siempre fue más tardía, y en aquellas tardes de fiesta que hace tanto dejó atrás. Pensó en su mujer, en las raíces que el viento no arrancará. Pensó en eso y en otras cosas.

A la mañana siguiente la niebla se fue despejando con los primeros rayos de sol. Notó algo raro en su aliento. Se miró a sí mismo. Fue entonces que descubrió su pecho manchado por un hilillo de sangre. Fue entonces que supo reconocer el porqué de aquellas extrañas cosas. Ese era el hilo que unía el corazón al alma. Lo que no supo determinar fue el tiempo que llevaba roto.

“El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida. Con tal de que no sea una nueva noche, pensaba él. Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrase con sus fantasmas. De eso tenía miedo.”

Pedro Páramo. Juan Rulfo.

Siempre vuestro Dr J.

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  • 12
    Dic
    Escrito por Madame B » 67 Comentarios »

    Sala de Despelleje | Tokio Blues

    Tokio-Blues-portadaDatos de interés:

    Advertencia: En el proceso de despelleje se desvelan detalles importantes sobre la historia, personajes y situaciones. Los interesados en la lectura, por favor, absténganse de continuar y retomen esta sesión una vez finalizada la novela.

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    4
    Dic
    Escrito por Colaboraciones » 7 Comentarios »

    Tom Waits, conversaciones, entrevistas y opiniones

    tom waits

    Escrito por Carlo Giordano

    En Italia, a los escritores políticamente incorrectos los llamamos i poeti maledetti. Tendría que sumergirme en los abismos de nuestra historia para encontrar el origen de esta tradición, pero el término se acredita desde lo pronunciamientos de Ferlinguetti y otros beatniks. Si la biología hubiese permitido a William Burrough y a Allen Ginsberg tener descendencia común, ese podría haber sido Tom Waits, o lo que es lo mismo, un poeta maledetto si bien al más puro estilo americano.

    La lectura del libro “Tom Waits, conversaciones, entrevistas y opiniones” es poco más o menos como la cata de un vino italiano: se destapan sensaciones ostentosas con los primeros asaltos visuales y olfativos, en el paladar se presenta agridulce y termina mostrándose áspero en el regusto.

    En esencia, nos presenta a Tom Waits como una heterogénea visión de él mismo, tan caótico como predecible, tan absurdo como convencional, contradictorio y fuertemente recomendable. Sus seguidores hemos respirado en su música los últimos humos del bebop que cegaron a los poetas beat junto con el blues, el rock, el punk o el folk. Su sonido es atemporal, abstracto y disonante. Sus letras insolubles. Cuidada es su imagen de despeinado baladista alimentado de bourbon, agarrado a un piano, con barba de dos días y guarecido por un sombrero de fieltro polvoriento.

    Artista insondable, poeta de mendigos, heredero de hipsters. Bebe de la misma fuente que Wolfe, Faulkner o Steinbeck. Se siente como Whitman, como Ginsberg o como Mingus y aspira a ser un Bukowski (su novelista preferido junto a Borroughs) o un Louis Armstrong. Muchos lo definen como antihéroe, filósofo ingenuo, paranoico o charlatán de feria, pero en su currículo hay más de 20 álbumes, algunos premios y apariciones más o menos afortunadas en un puñado de películas. Recuerda cuando fue telonero de Zappa y de los Stones (Keith Richards ha participado en alguno de sus mejores discos), cata con orgullo sus canciones versionadas por Springteen, Rod Steward o Patti Smith, y asiente la idolatría de Beck y el ser autor de culto para los insatisfechos del pop.

    Tom Waits conversaciones entrevistas opinionesEn el libro, Tom Waits ofrece entrevistas y largas conversaciones con algunos de sus compañeros de carretera, como el director de cine Jim Jarmusch o el músico Elvis Costello. Los lleva por callejones estrechos a tugurios deprimentes, salones traseros, bares destartalados y hoteles baratos. Sus respuestas son alocadas y están llenas de frases sin sentido, eso es lo que se espera de él. Se interpreta a si mismo y a los chiflados y vagabundos que pasan por sus canciones. «¿Por qué aguantarlo? -dice uno de ellos-, porque puede mostrarte lo que ya sabes y hacer que creas nuevamente en ello.»

    Tom Waits siempre anduvo alejado de la manada. Nada es sagrado para él, pero como la mayoría de la gente a la que encuentra en su camino, tiene un código ético. Desconfía de la tecnología (golpeará con un palo antes de encender un aparato) y su música no es el estereotipo para las radios de rock. Curiosamente, Bone Machine, el disco más difícil de entender, es el que recibió uno de sus dos premios Grammy. Entonces, la revista Rolling Stone resumió su carrera en una frase: «durante más de 20 años, Tom Waits ha sido el cronista de los grotescos perdedores del submundo sórdido». El otro Grammy lo ganó por Mule Variations, quizá su mejor trabajo, un álbum que resume su trayectoria por el mundo de la música, con blues fantásticos cargados de sabor rural, alusiones políticas, detalles autobiográficos y ruido organizado.

    Lo que lo hace tan valioso, y continuamente atractivo para generaciones de oyentes que buscan algo no convencional es, aparte de su sentido del humor, su inquietud por obtener la belleza de la vulgaridad y la desesperación. En sus canciones teje las fantasiosas aventuras de vividores, borrachos, excéntricos y vagabundos que nunca andan lejos del amor o de la muerte. «Me gustan las melodías hermosas que cuentan cosas terribles», dice Tom Waits.

    Se refugia en un lugar celosamente guardado de Sonoma Valley donde ensambla sus múltiples personalidades: padre de familia, narrador de historias, poeta de taberna. Como él explica, vive en su desorden bipolar. Tampoco pretende resolver el viejo dilema americano de deambular o echar raíces (“Todo lo que has amado es todo lo que posees”, dice), sólo procura encontrarse con sus chirriantes, desarregladas y polvorientas epifanías. Su mujer, Kathleen Breennan, por cierto, también es su productora y coautora.

    En algún momento del libro alguien escribe que Tom Waits «sería el Springteen de EEUU, si EEUU fuera una tierra desahuciada y extraña llena de monstruos de circo». ¿Es que no es así?

    23
    Nov
    Escrito por J. » 4 Comentarios »

    Vida y destino | Vasili Grossman

    portada vida y destino vasili grossman«La percepción del resultado global de un combate que experimenta un soldado aislado de los otros por el humo, el fuego, el aturdimiento, a menudo resulta más justa que los juicios formulados por los oficiales del Estado Mayor mientras estudian un mapa.

    En el momento decisivo de la batalla se produce un cambio asombroso cuando el soldado que toma la ofensiva y cree que está próximo a lograr el objetivo mira alrededor, confuso, sin ver a los compañeros con los que había iniciado la acción, mientras el enemigo, que todo el tiempo le había parecido singular, débil y estúpido, de repente se convierte en plural y, por ello, invencible. En ese momento decisivo de la batalla —claro para aquellos que lo viven; misterioso e inexplicable para los que tratan de adivinarlo y comprenderlo desde fuera— se produce un cambio de percepción: el intrépido e inteligente «nosotros» se transforma en un tímido y frágil «yo», mientras el desventurado adversario, que se percibía como una única presa de caza, se convierte en un compacto, temible y amenazador «ellos».

    Mientras rompe la resistencia del enemigo, el soldado, que avanza, percibe todo por separado: la explosión de una granada; las ráfagas de ametralladora; el soldado enemigo allí, tirando a resguardo, que ahora se echa a correr, no puede hacer otra cosa que correr porque está solo, aislado de su cañón, a su vez aislado… de su ametralladora, igualmente aislada, del tirador vecino, igualmente aislado… mientras que yo, yo soy «nosotros», yo soy toda la enorme infantería que marcha al ataque, yo soy esta artillería que me cubre, yo soy estos tanques que me apoyan, yo soy esta bengala que ilumina nuestro combate común. Pero he aquí que, de repente, yo me quedo solo, y todo aquello que me parecía débil y aislado se funde en un todo terrible de disparos enemigos de fusiles, de ametralladoras, de artillería, y la fuerza que había ayudado a vencer aquella unidad se desvanece. Mi salvación está en la huida, consiste en esconder la cabeza, poner a cubierto el pecho, la frente, la mandíbula.

    Y en la oscuridad de la noche aquellos que se han enfrentado a un ataque repentino y que, al principio, se sentían débiles y asilados comienzan a desmantelas la unidad del enemigo que se ha abatido contra ellos, comienzan a sentir su propia unidad, donde se encierra la fuerza de la victoria.

    En la compresión de esta transición es donde reside la que a menudo permite hablar de la guerra como un arte.»

    Vida y destino de Vasili Grossman

    13
    Nov
    Escrito por Destevaster » 4 Comentarios »

    Cormac McCarthy: (Desolation) Road (2006)

    Pues para inaugurar, y celebrar, el trienio de bruto, alguien habitualmente dedicado a la sección musical va a comentar un libro. Una novela.

    cormac mccarthy the road - la carreteraSolamente se trata de las últimas 200 páginas que ha parido el amigo Cormac: un texto escueto, desnudo, frío. A algunos puede parecerle breve, solitario y premeditadamente apocalíptico. Pero duele, mucho, porque llega ahí mismo, donde quiera que cada uno tenga lo que comúnmente podríamos llamar el desagüe de los sentimientos, donde se va puliendo el reconocimiento de uno mismo. Los que busquen más “Meridiano de sangre” saldrán decepcionados. Ésta novela va más allá del terror violento y macabro de su obra magna: es su epílogo baldío, el silencio tenso tras la detonación…

    El diseño de la portada nos pone sobreaviso: aquí no hay nada. Por no haber no hay mujeres (sólo en el pensamiento del prota), los dos personajes carecen de nombre y de futuro, son un padre y un hijo solos, no existen bares (están desolados), ni tiendas (arrasadas), ni ciudades propiamente dichas (son un amasijo de hierros calcinados y una nube de ceniza). El mundo sólo tiene dos colores: el gris y el negro. Sólo existen dos elementos: el viento y el frío. Y dos sentimientos: la angustia y una rayita de esperanza. Un objetivo: ir hacia el sur (no sabemos por qué, pero es lo que hay que hacer).

    En un devenir semejante, huyendo de las sombras de una civilización personificada en forma de bandoleros futuristas, perseguidos (ayudados) por sus recuerdos avanzan, se arrastran, los personajes por escenas de “realismo sucio”: Cormac depurado, devastado…

    Le han otorgado el Pulitzer por esta obrita, lo cual le hará más mal que bien, menos en el bolsillo.

    Y poco más, salvo el formato, un relato hecho a pequeños retazos, párrafos cortos como fogonazos de escopeta (o suspiros agonizantes)… sólo alguna muestra:

    «Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Un frío como para agrietar las piedras. Como para quitarte la vida. Abrazó al chico que tiritaba y contó cada frágil respiración en medio de la negrura.
    Despertó al oír un trueno en la distancia y se incorporó. Si se mojaban no habría fuego con el que calentarse. Si se mojaban lo más probable es que muriesen.
    Se agachó para toser y tosió durante mucho rato. Después se incorporaba, los ojos lagrimeando. En la nieve gris una fina bruma de sangre.
    ¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré por fin? ¿Tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón? ¿Tienes alma maldito seas eternamente? Oh, Dios, susurró. Oh, Dios…»

    Cormac, ¿qué será lo siguiente?

    No seré yo quien diga algo.

    PD: el título no corresponde exactamente con el del libro. Es un juego de palabras que algunos sabrán descifrar y otros, simplemente, criticar.

    29
    Oct
    Escrito por Dr. J. » 9 Comentarios »

    El cuarto de los chicos rojos

    rojo

    Llegó el momento de pagar todo el vino que me había bebido. Había disturbios en la ciudad, y creo que yo me pasé de listo. La lluvia empezó a cubrirlo todo, a calmarlo todo. Los chicos fueron dejando más y más espacio a lo largo del día, hasta que se encerraron en su cuarto. Cada cual dijo adiós a su manera. Quedaba algo claro por fin, que las migraciones son necesarias. Fue cuando ya no llovía, cuando los charcos dejaron las aceras húmedas, cuando me trajeron aquí. Estaba todo cerrado, dijeron que tenía que ser yo, aunque yo nunca estuve. Entrégate. No te va a doler más que otras veces. Después de protestar y dar patadas, me quedé sentado… casi sin pulso. Me dejaron en el número diez. Al principio cabeceé contra las paredes acolchadas de la habitación. Poco a poco asumí la luz roja del techo inundando el cuarto. Conforme pasaba el tiempo los ojos se cerraban y yo trataba de dormir todo el tiempo. No es exactamente la vida que tenía pensado vivir. No valía la pena preguntar nada a nadie, sino a mí mismo. Las protestas y acusaciones eran torpes e inútiles. Acurrucado en el silencio, mis palabras se diluían sin prisa, se perdían tan despacio que sólo me di cuenta cuando no me quedaban más de cien. Mi boca se cerró y empecé a no comer. Sin palabras mi cabeza empezó a beber imágenes supervivientes del naufragio, con un traje azul marino. Calles de México cubiertas de bruma, a orillas del lago cielito. Camareros con bandejas de plata. Nieve en la sierra sepultando los últimos brotes de manzanilla. Tus labios, tus medias. Un hombre con sombrero de ala ancha y gabán. Un río que vela por los barcos de vapor que nunca pude ver, salvo uno que se quedó varado en una feria de atracciones, con espejos que deformaron mi imagen y tablas sueltas en el suelo. Un móvil apagado en la gasolinera. Viajes en coche, la escuela, el parque, la luz, mi mochila…

    La oscuridad era roja. Mi cabeza dejó al tiempo también de ver. Ya no había palabras ni imágenes. Entonces empecé a tener miedo por si nunca salía de allí. Mis sentidos se fijaron en mi pelo largo, en mis dientes debilitados y sucios, mi aliento, mi escasa virtud para los días sin salida. Crecía todo menos mi esperanza de escapar. Sólo al tiempo dejé de masturbarme y renuncié a la existencia de mi falo para ahuyentar temores. El falo, ese vidente y artista, que conoce muy bien el futuro, ese palote de eternidad. Cuando se pasó el temor volví a estar tranquilo. La oscuridad seguía roja. Mi mente se vaciaba. Comía poco y con desgana, hasta el hecho de abrirme la puerta era una molesta intromisión de mi ausencia. Empecé a no preguntar ni siquiera a mi mismo. Una vez al día, sólo una, dejaba a mi mente acordarse de alguien que conocí en vida… incluso una vez me pregunté qué sería del drama de aquel pez pescado con el anzuelo en el ojo. Caminos rotos que terminan dando vueltas. Cuando ya no quedaba nadie de los que había conocido, cuando ya sólo quería desaparecer, dejaron de darme comida y me entregaron un diagrama con diez esferas. Cada una con un número, treinta y dos senderos y veintidós palabras. Empecé de nuevo a recordar las palabras, pero ya eran distintas, y empecé de nuevo a ver imágenes, pero también eran distintas. Ahora todo tenía su propio lugar. Los gnósticos lo llaman el árbol de la vida. Beth huele a perfume de almaciga.

    La puerta se abrió como un disparo seco. Salí de nuevo a la ciudad. Llovía y me quedé calado enseguida. Volví a mi casa. Al tiempo volví a vestirme con mi vida. Pasó el tiempo y rara vez me acordaba de aquella habitación. La habitación de los chicos rojos. La casa sigue vacía. Habito mi tiempo. A la naturaleza le gusta esconderse.

    «Tu visión devendrá más clara solamente cuando mires dentro de tu corazón. Aquel que mira afuera, sueña. Quien mira en su interior, despierta». Cita de C. Jung, muerto el 6 de junio de 1961, mientras leía un libro de Teillard de Chardin. Esa noche hubo tormenta.

    Dr J.

    25
    Oct
    Escrito por Madame B » 34 Comentarios »

    Les Fleurs du Mal | Baudelaire

    Charles Baudelaire

    Hace 150 años Charles Baudelaire lograba publicar, en el París de Napoleón III, “Las Flores del Mal”. Las autoridades competentes, representantes de la burguesía, el ejército y la iglesia católica, denunciaron la obra y consiguieron censurar 6 poemas, culpables de atentar, gravemente, contra la moral pública. Esta masa social dominante, amalgamada para hacer frente a las revoluciones del 48, ejercieron su poder modelando un mundo a su conveniencia, tras la prematura muerte de la II República francesa; Nos encontramos pues, a un Baudelaire de 36 años, inmerso en un mundo decadente y mezquino. 1857 fue también el año en el Flaubert publicó su “Madame Bovary”, enfrentándose a los mismos cargos, a la misma hipocresía. En este contexto histórico debemos sumergirnos para realizar la lectura de este poemario.

    «Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias.»

    C. Baudelaire

    La editorial Nórdica Libros ha realizado una selección de 58 poemas, que se presentan traducidos al castellano y en francés original, acompañados de las ilustraciones del artista belga Louis Joobs, para conmemorar la obra de Baudelaire en su 150 aniversario. La edición Van Bever ( Ed. Crès et Cie 1930), ha sido el punto de partida.

    La lectura, pausada, nos conecta con un estado de ánimo, donde la armonía siempre aparece de la mano del caos; donde la belleza y la fealdad son una misma cosa; el placer se entiende como una maniobra de escapismo ante la realidad, insoportable. Me han gustado especialmente los poemas que tienen que ver con la naturaleza, aquellos sobre el mar y los bosques, que parecen dejarse llevar por una especie de culto pagano. Es en estos versos, donde encuentro al autor más liberado de ese constante sentimiento de culpa que atenaza el resto de su obra, tan influenciado por Poe, cuando la temática deriva hacia la muerte o los amores perdidos. Apreció una cierta fascinación por los viajes (Baudelaire realizó uno, que lo llevó durante 18 meses, entre 1841 y 1842, hasta los Mares del Sur), por lo exótico, por otros mundos que corren paralelos al nuestro y que solo descubriremos haciendo un esfuerzo personal de abstracción.

    He recurrido a la lectura de algunos poemas de estética taoísta para comprender mejor el poema Elevación, mi favorito, y que recojo a continuación:

    El propósito de las palabras
    es trasmitir ideas.
    Cuando las ideas se han comprendido
    las palabras se olvidan.
    ¿Dónde puedo encontrar un hombre
    que haya olvidado las palabras?
    Con ése hombre me gustaría hablar.

    Chuang-tzu

    Desde hace poco conozco una profunda quietud.
    Mi espíritu no se inquieta por nada en el mundo.
    La brisa que viene del bosque levanta mi bufanda
    La luna de la montaña brilla sobre mi arpa.
    ¿Me preguntáis la razón del éxito o del fracaso?
    La canción del pescador se hunde en el río.

    Wang-Wei

    Elevación

    Por encima de los estanques, por encima de los valles,
    de las montañas, de los bosques, de las nubes, de los mares,
    más allá del sol, más allá del éter,
    más allá de los confines de las esferas estrelladas,

    espíritu mío, te mueves con agilidad,
    y, cual buen nadador que se emociona con las olas,
    surcas alegremente la inmensidad profunda
    con inefable y masculina voluptuosidad.

    Echa a volar muy lejos de estos miasmas mórbidos;
    ve a purificarte en el aire superior,
    y bebe, como un puro y divino licor,
    el claro fuego que llena los espacios límpidos.

    Detrás de los tedios y las vastas penas
    que con su peso entorpecen la brumosa existencia,
    afortunado aquel que puede con un ala vigorosa
    alzarse hacia los campos luminosos y apacibles;

    él, cuyos pensamientos, como las alondras,
    hacia los cielos alzan por la mañana un libre vuelo,
    ¡quien se eleva sobre la vida y entiende sin esfuerzo
    el lenguaje de las flores y de las cosas mudas!

    Élévation

    Au-dessus des étangs, au-dessus des vallées,
    Des montagnes, des bois, des nuages, des mers,
    Par delà le soleil, par delà les éthers,
    Par delà les confins des sphères étoilées,
    Mon esprit, tu te meus avec agilité,
    Et, comme un bon nageur qui se pâme dans l´onde,
    Tu sillonnes gaiement l´immensité profonde
    Avec une indicible et mâle volupté.

    Envole-toi bien loin des ces miasmes morbides,
    Va te purifier dans l´air supérieur,
    Et bois, comme une pure et divine liqueur,
    Le feu clair qui remplit les espaces limpides.

    Derrière les ennuis et les vastes chagrins
    Qui chargent de leur poids l´existence brumeuse,
    Heureux celiu qui peut d´une aile vigoureuse
    S´élancer vers les champs lumineux et sereins;

    Celui dont les pensers, comme des alouettes,
    Vers les cieux le matin prennent un libre essor,
    -Quin plane sur la vie et comprend sans effort
    Le langage des fleurs et des choses muettes!

    Mensab… je t’embrasse très très fort.

    Imagen original Retrato de Baudelaire por Gustave Courbet 1848

    12
    Oct
    Escrito por You Meikmisic » 12 Comentarios »

    Going Down the Road (Feeling Bad)

    por diosMe había pasado la tarde escuchando a los Dead y a Superchunk y la cosa no iba nada bien. Yo tenía talento, pero hacía algunos días ya que éste no decía ni mu. Dos semanas antes había estado escribiendo de forma desaforada: las imágenes, las metáforas, las maravillosas combinaciones de palabras me visitaban, me susurraban con dulzura; yo las atendía como merecían y mi cabeza parecía una gorda antena zumbadora recogiendo las vibraciones del exterior.

    Pero la cosa había cambiado. En un desconocido momento se había producido una inflexión dentro de mis sesos, y de ellos no salía la más mínima idea, verosímil o no, daba igual para éste oficio. Cuantas veces había iniciado relatos a partir de una pequeña frase como:

    “Te dí una vara de nardos, niña, para que me hicieras una canastilla con tu pelo…”

    Ahora me resultaba imposible hilar ningún sujeto con ningún verbo con ningún predicado. Bueno, sí se me ocurrió lo siguiente :

    “¡Uy, Comandas Salgari Animós!”

    Pero como no entendí que quería decir, opté por descartarlo temiendo que la historia discurriera por perlas del estilo de “Anejos Botango Monocaskim (hembra)” y así sucesivamente.

    Cero, cero y supercero. Mi Consolación a través de la Literatura, mi refugio para Ociosas Barrigas Llenas estaba completo. Completo de nada. Mis discursos autoyo se habían terminado. Había agotado las fosas mentales de inspiración. El hombre/muchacho solitario que paseaba por una tarde gris, fría y lluviosa, ensimismado en sus propias necedades, había hincado el pico, pero bien.

    No reflexiones. No suspiros. No gotas de lluvia amargas ni lunes tormentosos.

    El niño Cadáver entregado a la pena y complacencia de ser solitario, a la de ser una gota molecular pero esencial para la supervivencia de Occidente, estaba centelleando como una pantallita de videojuego: “Game Over. Game Over. Game Over”.

    Debía poner a trabajar a las palabras y resultaba que el sindicato del verbo me había dado la espalda. ¡Dios mío! Mi público, mis lectores, estaban ahí fuera, tan ociosas barrigas llenas como yo. Ninguno sabíamos lo que era trabajar durante doce o más horas al día, ninguno había sentido en sus tiernas manos la candente apretura de las herramientas durante horas ni sus burbujas calientes de agua entre los dedos. Desconocíamos, en suma, lo que era trabajar, trabajar y después trabajar para volver a trabajar, jornada tras jornada, año tras año.

    Los días se nos ofrecían llenos de minutos, minutos densos como gotas de mercurio y mierda, las tardes, soleadas y nubladas. Aunque no, no; todas más bien agridulcemente nubladas, para éso eramos artistas, para que siempre estuviera nublado.

    Bueno, bien podíamos así, si éste era nuestro estado, dedicarnos a ése maravilloso onanismo mental: yo escribo, tú lees, pero poco, porque sólo lees lo que tú a tu vez escribes y me dejas que yo lea, que no leo, por que yo no leo, sino que a mí me leen (o eso creo yo). Y además chaval, no te lo digo, pero a mí me parece un zurullo lo que escribes: ñoño, inútil, imbécil y huero.

    Dolido entonces por éstas soñolientas edificaciones, no advertí como por debajo de la puerta de mi apartamento alguien deslizaba un sobre con mi nombre, lo descubrí horas más tarde tras oficiar unos vasos de vino. Decía así:

    «Usted.
    Usted.
    Usted es un cuarto premio de concurso nacional de redacción de cocacola, pero frustrado. Es incapaz de escribir más de dos folios seguidos. Dios mío, no siempre está nublado, ¿sabe? He escuchado el viento y el mar, las nubes pasan deprisa y el sol estalla diez millones de veces por segundo. Vea, allá afuera hay algo más que su propio ombligo. Hay un árbol debajo de mi ventana, un pájaro canta a las cinco de la mañana y me despierta. Cada día. ¿No es misterioso? Usted anda todos los días de puto culo con los zapatos mojados y su grasiento pelo cayéndole sobre los ojos diciendo: “Mírame, ¿no te doy pena? Soy un burguesito relleno de jamón y queso, mis horas libres son muchas y tengo alma de artista, mis manos de madera escriben cuentos, cucamonas y diatribas; soy ingenioso y amable, a la par que sencillo y elegante. Escribo cuentos y relleno el tiempo, eso hago, pasan los días y creo que nadie me comprende. Soy un genio solitario. Mírame. Admírame.

    Jabón. Señorito. Jabón.

    Y usted lo necesita por dentro y por fuera, lagarto doliente y confuso; su lengua necesita una friega y su cabeza un arranque.

    ¿Le suena éste párrafo?:

    “Los días de otoño habían llegado aquel año como con un pequeño hervor de párpados adormecidos por la prístina dulzura de ésos momentos dolorosos en que todo va y viene, en que todo el mundo se agita convulso en un ir y venir sin razón, y a nosotros nos parece que el mundo va a descarrilar sin reparar en la tristeza y el desánimo que preside todos nuestros actos, ni en las gotas de lluvia sobre nuestras sienes y el voluntarioso vacío de nuestras manos.”

    Pertenece como bien reconocerá a su opúsculo intitulado “Días de cafés salados y tristeza infinita”. Pues bien, sepa que en mi vida he visto una sarta de necedades más completa. ¿Que coño le pasa a usted? No he entendido ni jota y no teniéndome por tonto, deduzco que tiene un problema y se resume en lo siguiente: no ha dado ni chapa en toda su vida y se le nota a la legua. ¿Qué es un “pequeño hervor de párpados adormecidos blablablá…”? Madre mía, ¿cuantas horas habrá pasado rascándose el boniato inútilmente para llegar a escribir esa mierda? Alegre ésa cara hombre y no sea tan refinado, vaya a ver una matanza, vea la vida saliéndose roja, latido a latido, manando a borbotones del cuello de un marrano y vaya a la aceituna (a recogerla, cabrón), deje de vivir con sus padres y salga al mundo, que tiene tela .Verá como le cambia la vida.»

    El precio de ser artista es que siempre hay alguna gente totalmente fulé que viene a incomodarte con su bruta concepción del mundo. No estoy acostumbrado a groserías de éste tipo, pero qué le vamos a hacer, la fama tiene su precio, de modo que en esta ocasión, me consagré unas olivitas, una tapita de jamón (y más vino por supuesto) y estuve pensando en lo que decía el anónimo. Quizás fuera a una matanza, a uno de ésos holocaustos de sangre y grasa, de chillidos y tripas, a una de esas populares representaciones del Teatro del Colesterol.

    Mezclarme con gente fulé es posible que abriera en mí horizontes (y cómo no) insospechados. ¡Hum!

    Pero ello no hizo que mi problema se resolviera: continuaba en el mismo punto muerto, en la misma calma chicha que unos días antes y esa idea me revolvía los sesos furiosamente.

    Sin embargo, un movimiento telúrico, un abrasador instante de luz y tensión se abrió paso en mi interior, el aplatanamiento finisecular se deshizo como unas presitas de arroz entre mis dientes y la hermosa voz de Jerry García me hablaba: “..yendo carretera abajo (sintiéndome mal)”.

    Cogí la pluma y empecé a escribir:

    “Me había pasado la tarde oyendo a los Dead y a Superchunk y la cosa no iba nada bien…”

    EFEIENE

    8
    Oct
    Escrito por Madame B » 3 Comentarios »

    El libro negro | Orhan Pamuk (1990)

    estambul humo Golden Horn Istanbul

    Tenía tan solo 15 años cuando viajé a Estambul. El primer recuerdo que se me viene a la mente es la inmensa cúpula de Santa Sofía sobre mi cabeza, flanqueada en su base por impresionantes medallones en los que reza, «Alá es grande», y que ocultan la infiel iconografía herencia de la cristiana Constantinopla. Entré con los ojos cerrados, guiada por una compañera de viaje buscando aquella sensación soñada unos meses atrás, cuando en las clases de historia repasábamos fotografías de arte Bizantino, del que nuestro profesor era especialmente fanático. Cuando abrí los ojos y comprobé las dimensiones del edificio en el que me encontraba, comprendí la intención de sus constructores y pese a mi costumbre de racionalizarlo todo —ya a esa temprana edad me consideraba agnóstica— sentí ese empequeñecimiento del hombre ante lo divino, bajo esa cúpula que parece suspendida en el vacío, y con ella, aquel que la mira. Y es que en una ciudad como Estambul es fácil sentirse abrumado constantemente.

    Quizá haya mentido un poquito al evocar esa primera memoria, ya que si soy completamente sincera, lo primero que recuerdo es mi llegada a la ciudad. Un atardecer del mes de julio de 1987. Con la nariz pegada al cristal del autocar veía como la ciudad tomaba un color azulado, mientras que el sol, exhausto de tanto dar sin recibir nada a cambio, desaparecía por el horizonte. Los comerciantes arrastraban todo tipo de basura hacia los extremos de las calles donde posteriormente sería quemada. Así, nada más bajar, me envolví la cabeza con un foulard rojo para contrarrestar el nauseabundo olor que me provocó una arcada. Esa fue mi verdadera primera experiencia en una ciudad a la que volvería a principios de los noventa, coincidiendo con la fecha de publicación de “El libro negro” y a la que volveré una vez más, tras su lectura.

    Si decidimos acompañar al protagonista, Galip, tendremos que ayudarle a resolver un misterio recorriendo los aledaños del barrio de Galatasaray, entrando en el Pera Palace; callejearemos por el distrito europeo de Beyo¨glu y por ese laberinto donde todo se compra y se vende. Puede que Galip se parezca a esos hombres bigotudos de piel morena y ojos verdes, que te arrastran a sus negocios y te agasajan con te negro, fuerte, recién hecho. Esos hombres que tocaban el pelo amarillo de mi amiga, como si de oro hilado se tratase. Muchas mujeres de mediana edad caminaban embutidas dentro de oscuras gabardinas que las cubrían desde el cuello hasta un palmo por encima de los tobillos, con la cabeza cubierta con pañuelos, como las viejas de los pueblos, a las que todo el mundo llama tía. Todas con expresión ausente en el rostro.

    Estambul, una ciudad construida capa a capa sobre lamentos y victorias. Mestiza, vieja, poblada de fantasmas que viven bajo las ruinas de civilizaciones marchitas, en edificios transformados, a base de añadir y ocultar.

    ¿Puede Estambul ser Estambul? ¿Podrán sus habitantes ser ellos mismos algún día?

    “El libro negro” es un complejo ejercicio literario, plagado de referencias, donde cualquier cosa puede ser una señal de un universo paralelo e invisible. Si creen que la cara es el espejo del alma, les interesará la técnica de los hurufíes para descifrar las letras que Alá escribió en nuestros rostros; porque, mirando la cara de una persona, sabemos si su corazón es limpio, si alberga crueldad o compasión.

    Las palabras pueden mentir, pueden hacernos más inteligentes, más simpáticos o más deseados a los ojos de los demás, pero cuando las palabras callan, cuando tenemos que enfrentarnos en silencio a nuestra propia existencia ya no hay engaño posible.

    Ahora, pregúntate, lector… ¿Quieres ser tú mismo?

    «Me miré al espejo y leí mi cara. El espejo era un mar silencioso y mi cara un papel pálido escrito con la tinta verde del mar. “¡Hijo, tienes la cara blanca como el papel!”, decía tiempo atrás tu madre, tu hermosa madre, o sea, mi tía, cuando yo tenía la mirada vacía. Tenía la mirada vacía porque, sin saberlo, tenía miedo de lo que estaba escrito en mi cara; tenía la mirada vacía porque tenía miedo de no encontrarte donde te había dejado. Donde te había dejado, entre mesas viejas, sillas cansadas, pálidas lámparas, periódicos, cortinas y cigarrillos. En invierno la noche llegaba temprano, como la oscuridad. En cuanto oscurecía, en cuanto se cerraban las puertas, en cuanto se encendían las luces, yo pensaba en el rincón en el que te sentabas detrás de nuestra puerta: de pequeños en pisos distintos, de mayores al otro lado de la misma puerta.»

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    3
    Oct
    Escrito por Dr. J. » 5 Comentarios »

    Antenas

    antena de tv

    Mi generación no es inocente. Amo una ciudad llena de antenas, sospechosa de mutilar edades, con paredes en venta y árboles domesticados. Pequeños veranos, pequeños otoños que despliegan su tristeza. Metrónomos de cercanías. Ahuyentamos el bronce de dioses romanos para acercarnos a indómitos cerebros de silicio. Fuimos llamados a ser hombres, en un horizonte sin palabras. La nada se anuncia en los carteles de las paradas de un autobús atestado de estudiantes somnolientos. Cierro los ojos y descubro la oscuridad carmesí. Abro los ojos y encuentro un paisaje para este tiempo de mudanzas. La vega sobrevive con hojas de tabaco. El ladrillo engulle las puertas del campo. No basta la poesía para salvarnos. La humanidad seguirá caminando por esta antigua tierra antes de poder contestar todas las preguntas. Con torpeza intento conciliarme con mi paisaje de árboles tranquilos. La gasolina está viva, refleja el arco iris después de las primeras lluvias. Hay labios que anuncian cierto tipo de victorias más allá de las cotidianas tragedias. Muere el verano para que llegue este pequeño otoño crepuscular. Observo fotografías estancadas, como aguas de un lago verdoso, ejecuto un baile para atraer el equilibrio. Pago por el agua, pero no por la luz. Me sigo preguntando si fui llamado a ser hombre. Busco las huellas del éxtasis alejado de la festiva multitud. Busco poder santificar un día a tu lado. Busco con la poca fe que me queda una oración que te haga presente. Descubro una lista de la compra, huevos, café, manzanas y azúcar… extrañas notas de amor que me escribes. Busco mi paisaje y encuentro tu rostro ensartado en las antenas. Empiezo a tener dificultades para dormir tranquilo. Para domesticar la lluvia, para distinguir en el concierto de Chagall el azul de tu sonrisa. Un gallo rojo hace sonar un violín con sus alas que ya no sirven para volar. Demasiadas noches se me atraviesan en esta sala de espera de urgencias. Urge tu beso, un noble canto que calle a los tiranos, que embriague a los refugiados de esta generación que sigue huyendo de la inocencia. Rechazo la hípica y la épica. Rechazo la tregua. Las antenas han silenciado a los árboles. La ciudad nunca escucha y el campo nunca calla. Elevo mis poemas como globos sonda… espero un nacimiento que nos bendiga. Dejo la ventana abierta. Tenaz se difuminó la tarde, cada día más breve. Esta noche seguiré buscándote. Cuando el mundo esté a punto de dormirse, yo empezaré a recolectar sus sueños para ti. Sueños para velar la noche de un enfermo, para despertar de su quietud a las estatuas de la catedral, tenderé antenas para atraparlos a todos, para desechar los más terribles, para regalarte los de los días felices y poder ver como se acerca tranquila la alegría a tu casa.

    Un leve olor a sangre ajena me despierta. Mis manos apenas pueden expresar un minúscula parte del todo. Una libélula pequeña se perfila esta noche en mi paisaje, vela por la unidad del cosmos, pero eso tú y yo aún no lo sabemos.

    “Por la noche, arriba en los Alpes,
    las antenas no duermen,
    las antenas vigilan,
    dan vueltas con atención
    y murmuran:

    Mesías, ven finalmente”

    Las antenas vigilan, de Adam Zagajewski, poeta polaco nacido en 1945 y cuya obra está siendo editada por la editorial El Acantilado. Una delicia.

    Siempre vuestro, Dr J.

    Imagen original

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