Archivos por Autor

3
Ago

Antonio Lobo Antunes | El orden natural de las cosas

Lobo AntunesHace bastante tiempo que lo tenía en el punto de mira, en la inestable bandeja de “pendiente”, recomendado por un amigo de inevitable procedencia lusa, con el que comentaba obras de Torga y Saramago (el gran e inimitable Torga y el repetido y buen Saramago). Literatura portuguesa. Tan cercana, y sin embargo, tan (injustamente) olvidada. Y Lobo Antunes era una incógnita. Ahora es una realidad: mejor que Saramago, muy superior, alcanzando las altas cotas narrativas de Torga…

Empecé por “Tratado de las pasiones del alma” (1990) y quedé sorprendido por esa manera de narrar, algo densa pero embriagadora y tremendamente adictiva, sospechosamente nostálgica y absolutamente lúcida. Conforme leía me embargaban sensaciones que me recordaron mis primeras lecturas del Jinete Polaco o Maqrol el Gaviero, aunque con un tinte más dramático, incluso lúgubre, junto con escenas de humor dolorosamente hilarantes. Probablemente sus años de trabajo como médico y psiquiatra tienen mucho que ver en su estilo y en su manera de ver las cosas, su saber estar ante el dolor y la manera de trasmitirlo…

El orden natural de las cosas Y ahora todo se confirma tras la lectura detenida de “El orden natural de las cosas” (1992), saboreando cada capítulo, engarzando los distintos hilos argumentales en uno solo, diez voces monologando sobre la muerte, que se entrelazan en historias personales y delirios de locura, pasión, amor o soledad, y que se hunden debajo de ese olor a muerte que parece venir no solo de la pluma del narrador, sino también de los vientos que soplan en Portugal, un mundo lleno de cigüeñas que parecen llevar malos presagios, campos donde se esconden secretos que son revelados por la mano finísima y el escalpelo implacable de Lobo Antunes. Un diálogo de alguien que nos obliga a oír aunque no estemos acostumbrados a ello.

Literatura intensa, a veces difícil, a menudo desasosegante, tremendamente recomendable.

  • Comentarios Recientes

  • Suscripción

  • 18
    Jun
    Escrito por Destevaster » 2 Comentarios »

    Novecento

    (de un extracto oído o leído en algún sitio… o vivido…)

    Yo: ¿Qué coño lees?
    Ella: Esta puta mierda, Novecento.
    Yo: ¿Qué tal?
    Ella: Es cojonudo.
    Yo: Déjamelo; a ver qué mierda consideras tú cojonuda.
    Ella: Toma, gilipollas, así aprendes un poco.
    Y me lo leí.

    novencetoRealmente la cosa empezó porque (sencillamente) me lo regalaron. El jodido Baricco. A tomar por culo. Pero fue empezar, en parte por confianza con la persona de quien venía y en parte por instinto, y hasta el final una sorpresa tras otra, Y de las buenas. Un trompetista que se mete a tocar en una banda a bordo de un barco de línea Europa-Américas, época entreguerras. Y allí comoce al “Big man”, de nombre tan rimbombante como inolvidable, Danny Boodman T.D. Lemon Novecento, pianista inverosímil (“…nosotros tocábamos música, él era algo distinto. Él tocaba…aquello no existía antes de que él lo tocara, ¿de acuerdo?, no estaba en ningún sitio. Y cuando él se levantaba del piano, ya no estaba…y ya no estaba para siempre…”) que resulta que nació de pobres emigrantes a bordo del barco y fue encontrado en una caja de cartón sobre el piano, lo crió un negraco de la tripulación y no se bajó del barco a tierra firme nunca en su vida. Bueno, una vez casi…pero eso es el quid de la trama. Envolvente. Rápido. Narrada como si fuera una especie de obra de teatro… Ideas bastante originales hacen avanzar la historia, aunque los dos principales amarres de la trama recuerden demasiado a libros ajenos. El primero, el duelo de pianistas (nada más y nada menos que con Jelly Roll Morton!!!) no tiene desperdicio, aunque recuerda a Stefan Zweig, que hizo algo similar en Novela de ajedrez, una obra maestra totalmente (y lo digo yo). Lo segundo, la imposibilidad del pianista de dejar el barco, que, ¡no es tan difícil de pillar!, es exactamente la misma idea que El artista del hambre de Franz Kafka.

    Cuando el trompetista pregunta por el puesto en la banda a bordo del barco le contestan “Ya tenemos músicos”. “Lo sé”, y me puse a tocar. Se quedó allí mirándome fijamente sin mover un músculo. Esperó a que acabara sin decir una palabra. Después me preguntó “¿Qué era eso?”; “No lo sé”. Se le iluminaron los ojos: “cuando no sabes lo que es, entonces es jazz”

    Con todo, gran novela, libro pequeño, precio asequible y leído en unos malos tres cuartos de hora

    Gracias V

    27
    Ene
    Escrito por Destevaster » 4 Comentarios »

    Nostromo (1904) | Joseph Conrad

    Nostromo, Joseph ConradNo lo hubiera creído hace un año si me lo hubieran dicho. No habría hecho ni puñetero caso. Así soy. Pero tras leer dos novelas de este autor soy yo mismo quien lo digo ahora: Joseph Conrad es uno de los grandes. Sin duda. La primera novela fue la conocida “El corazón de las tinieblas” (1899), y me costó más de un atranque para terminarla. Y la terminé en tal estado de tensión que el hecho de haberla terminado no hizo más que acrecentarlo. Seguí varios días dándole vueltas a la cabeza, para al final asentir con un leve gesto: ¡será hijoputa!

    Y la segunda novela ha sido Nostromo. Si bien en la primera la densidad se compensaba por la corta extensión (ciento y pico páginas), en ésta el volumen de páginas no alentaba la lectura, teniendo en cuenta las dificultades que entrañaba el texto: ambiente “político”, multitud de personajes, grandes pasajes meramente descriptivos… desde el principio se hace cuesta arriba, y la presunción de un trabajo agotador genera inmediatamente la tentación de abandonar. Pero hay algo, un nosequé que te mantiene pegado a las páginas, inmerso en una trama que uno va haciendo suya conforme va descubriendo un mundo totalmente imaginado, salido de la imaginación del autor: un país (desconocido, no nombrado), una región (Costaguana), unas ciudades (Sulaco, Santa Marta, Los Hatos), una geografía enmarcada por unas referencias que lo hacen situarlo en el caribe centroamericano… y los personajes: impresionantes caracterizaciones de los distintos “pueblos” de donde proceden: los arrogantes ingleses (los Gould, el misterioso Dr Monigham, el capitán Mitchell), los orgullosos y aventureros italianos (el garibaldino Giorgio Viola con sus dos hijas, Linda y Gisela; la signora Teresa), el insoportable francés (Martin Decoud) y los nativos (herederos de la tierra y sus frutos, esclavizados por los colonos; el bandido Hernández que se hace héroe; los ilustres Avellanos, padre e hija). Y sobre todos estos la figura inconmensurable del capataz de cargadores Nostromo, Jean Battista. El incorruptible azote de ricos y defensor del pueblo. Pobre por naturaleza, marino infatigable. Un tío duro. Conforme avanza la novela se le intuye que su papel principal va a ser determinante para el futuro del país y puede ser que le vaya la vida en ello…

    Todo esto está muy bien y podría ser una gran novela de aventuras de un gran escritor. Pero estamos ante Conrad. Y éste cabrón tenía que tener escondido, no un As, sino una jodida baraja de Ases en la manga para dejarnos boquiabiertos con una serie de requiebros argumentales que, lejos de enredar, terminan por cerrar el hilo dramático de una forma perfecta. Toda la complicación política se aclara, los verdaderos personajes de peso son pocos y definitivos, los secundarios son perfectos. Y lo que realmente importa es el ser humano, con sus virtudes y sus miserias, sus orgullos y sus tinieblas: la pugna dramática entre lo terrenal y lo espiritual. ¿Qué creéis que termina prevaleciendo?…

    NO-VE-LÓN

    PD1: creo que puede considerarse la novela predecesora de la narrativa latinoamericana del siglo XX, sin duda. Gran parte de Rulfo, de Mutis, de García Márquez, de Onetti, de Vargas-Llosa, está en ésta obra.

    PD2: estoy convencido que Pérez-Reverte inspiró (vamos, calcó) su personaje el Capitán Alatriste en este Nostromo, y le salió una “copia defectuosa”. Confiesa, truhán.

    26
    Sep
    Escrito por Destevaster » 2 Comentarios »

    Norteamericanos ante la vida…

    portadas de novelas americanas

    No sé por qué, pero el caso es que estos tipos son capaces de lo peor y de lo mejor, y en los dos frentes al más bajo y alto nivel, respectivamente.

    Ya tuvimos el Cosmogonic y yo nuestras discusiones sobre la música de los 60-70, en plan american vs british music, por ejemplo. No voy a entrar por ahí, ya están los post del Taliban para corroborarlo… Solamente (solamente) voy a hablar de literatura norteamericana contemporánea. Y es que, casualidades de la vida, en los últimos meses han llegado a mis manos —y me han traspasado cerebro, entrañas y alma— unas cuantas novelas que tienen varias cosas en común: el ser escritas por norteamericanos actualmente vivos (y más o menos reconocidos) y el tener como eje narrativo al ser humano, al hombre, rodeado de las amenazas (y recompensas) de la cotidianidad. Y no me refiero, que podría, a Carver ni a Richard Ford, recientemente “de moda”, me refiero a Don Delillo, Philip Roth y Paul Auster.

    Las novelas respectivas (en versión original tienen más en común, si cabe) son:

    El elemento (desoladoramente) clave: el hombre está sólo, y únicamente a través de esta soledad puede llegar a entender los entresijos de la vida. Curiosamente estos tipos llegan a esa situación en una etapa “más que madura” en sus vidas, y todos después de haber transitado por una vida familiar, con hijos incluidos, lo cual no deja de ser lo más inquietante de todo. Solamente Auster deja un resquicio (muy pequeño) para la esperanza, pero es que Auster es el más maricón de los cuatro.

    Estos temas han sido muy tratados en la literatura, “demasiado”. Los latinoamericanos de una forma magistral (pero “demasiado” cargados), los europeos de una forma ejemplar (pero “demasiado” fríos), los españoles constituyen una mezcla variada de estos dos últimos, los asiáticos se llevan la palma (pero muy viscerales) y los africanos abruman con su crudeza. De otras literaturas entiendo poco…

    Creo que, en este sentido, y tras descubrir a genios como Faulkner y Bellow, tengo que concluir que los norteamericanos tienen ésa extraña capacidad de hacer lo complicado simple, pero no por ello perdiendo intensidad.

    Para quien quiera salir de los clichés de literatura facilona, le invito a estas “novelas” de la desesperación…

    4
    Ago
    Escrito por Destevaster » 3 Comentarios »

    Los relatos (no) son para el verano

    Una sentencia como ésta, la afirmativa, tan categórica como absurda me hace revelarme y defender lo contrario, como reza el mismo título. Que la literatura rusa sea para el invierno o la novela negra para las vacaciones son otros ejemplos de una ridiculez similar. La literatura, tanto la buena (afortunadamente) como la mala y deleznable (también necesaria), no se atiene a estaciones ni a climas. La literatura (la manera de llegarnos un libro “ahí dentro”) depende única y exclusivamente del estado de ánimo de cada uno, y éste cambia a su puto antojo: alguien en plana época de trabajo y estrés puede estar perceptivo y contento, y en vacaciones estar absolutamente fulminado y desesperado. Y al revés. Y miles de caminos diferentes.

    Yo, de hecho, me dispongo a tomarme unos días de asueto total y encuentro serias dificultades para elegir “el libro”: ¿un clásico? (Stevenson?, London?, Melville?, Faulkner?, Bellow?, Zweig?) ¿Un consagrado de las últimas decadas? (Philip Roth?, McCarthy?, Coetzee?, McEwan?, Sebald?, Bernhard?) ¿Un latinoamericano? (el gran Bolaño?, el sorprendente Mutis?, el triste Onetti?) ¿La siempre bienvenida literatura autóctona? (Vila-Matas?, Muñoz Molina?, Benet?, Baroja?). Entre alguno de estos debe estar, pero no termino de decidirme…

    …y mientras pienso voy a comentar unos libros de relatos que me han sorprendido recientemente, tanto por la forma (no es un estilo que yo trabaje mucho) como por el fondo, de una profundidad increíble teniendo en cuenta la brevedad de algunos. Uno es de Dino Buzzati, “El Colombre” y otro de Rudyard Kipling, “Relatos”, a secas, ambos en Acantilado. Inmensos, sobre todo el segundo, impresionantes historias de esas que te piden, al terminarla, tirarte un rato dándole vueltas a la moyera para terminar murmurando “será hijoputa el cabrón…”

    Los relatos no son para el verano. O ¿sí?

    21
    Ene
    Escrito por Destevaster » 1 Comentario »

    Ruido de fondo (White Noise) | Don Delillo (1984)

    Ruido de fondo (White Noise) de Don DelilloAprovechando la, hasta ahora, última entrega literaria de Cormac McCarthy, “La carretera”, una especie de alegoría al fin del mundo que ya se comentó (sin demasiado “ruido”), traigo a la palestra una obra que podría considerarse predecesora. Antes de la supuesta hecatombe nuclear, nos centramos en un curioso personaje, Jack Gladney, padre de una no menos particular familia: varios hijos de distintos matrimonios y su actual mujer. Todo parece ir sobre ruedas (“american way of life”) en la vida de este jefe de departamento especializado en el estudio de la vida y milagros del mismísimo Hitler. Sí. Como suena. Sólo con esto dan ganas de vomitar, las escenas domésticas se van sucediendo, sin más, pero algo pasa, no podemos evitar un pequeño nervio, un hueco en el estómago, una amenaza sutil (o no tanto?). No podemos dejar de pensar que todo se puede ir a la mierda en un solo día. Toda una vida construida en años esfumada en pocas horas (o minutos). Y con la intranquilidad de pensar que la causa de todo la hemos podido engendrar nosotros, con ese “volcarnos” con la tecnología, ésa necesidad de enchufes (acaso no estáis conectados a varios aparatos mientras leéis esto?). Eso sí, el hijoputa de Delillo primero nos conmueve:

    “…contemplar a los niños mientras duermen me hace sentir devoto, es todo lo que llego a aproximarme a Dios. De existir un equivalente laico a la devoción religiosa, éste sería la contemplación de los niños cuando se encuentran sumidos en un profundo sueño. Especialmente en lo que se refiere a las niñas…”

    …para luego amenazar con la pérdida de estas pequeñas cosas.

    También tiene “su humor”, teñido de un cinismo que hace pensar en Philip Roth/Woody Allen (habría que hablar de esta pareja), con su miedo a la muerte representada por enfermedades terroríficas que sólo saben afrontar (no curar, aunque a veces) ciertos médicos:

    “…la gente te pregunta si tienes un buen internista. Ahí es donde reside el auténtico poder: en los órganos internos. En el hígado, los riñones, el estómago, los intestinos, el páncreas, y su interconexión… la medicina interna es nuestra poción mágica. Un buen internista nos proporciona fortaleza y carisma independientemente del tratamiento que prescriba. La gente pregunta por buenos asesores fiscales, agentes inmobiliarios y traficantes de droga, pero quienes realmente importan son los internistas. “¿Quién es tu internista?”, te preguntan en tono desafiante. La pregunta implica que si su nombre no resulta familiar estás condenado a morirte como consecuencia de un tumor pancreático en forma de hongo. Se espera de ti que te sientas inferior y condenado de antemano no sólo por las hemorragias que puedan sufrir tus órganos internos sino porque no sabes a quién consultar al respecto. El auténtico poder es ejercido por personas como nosotros a nivel cotidiano mediante estos pequeños desafíos e intimidaciones…”

    Cachondo el tipo.

    En fin, una lectura recomendable en estos tiempos de exceso de enchufes y radiaciones… si seguimos así podríamos llegar a ser el protagonista de “La carretera”.

    13
    Nov
    Escrito por Destevaster » 4 Comentarios »

    Cormac McCarthy: (Desolation) Road (2006)

    Pues para inaugurar, y celebrar, el trienio de bruto, alguien habitualmente dedicado a la sección musical va a comentar un libro. Una novela.

    cormac mccarthy the road - la carreteraSolamente se trata de las últimas 200 páginas que ha parido el amigo Cormac: un texto escueto, desnudo, frío. A algunos puede parecerle breve, solitario y premeditadamente apocalíptico. Pero duele, mucho, porque llega ahí mismo, donde quiera que cada uno tenga lo que comúnmente podríamos llamar el desagüe de los sentimientos, donde se va puliendo el reconocimiento de uno mismo. Los que busquen más “Meridiano de sangre” saldrán decepcionados. Ésta novela va más allá del terror violento y macabro de su obra magna: es su epílogo baldío, el silencio tenso tras la detonación…

    El diseño de la portada nos pone sobreaviso: aquí no hay nada. Por no haber no hay mujeres (sólo en el pensamiento del prota), los dos personajes carecen de nombre y de futuro, son un padre y un hijo solos, no existen bares (están desolados), ni tiendas (arrasadas), ni ciudades propiamente dichas (son un amasijo de hierros calcinados y una nube de ceniza). El mundo sólo tiene dos colores: el gris y el negro. Sólo existen dos elementos: el viento y el frío. Y dos sentimientos: la angustia y una rayita de esperanza. Un objetivo: ir hacia el sur (no sabemos por qué, pero es lo que hay que hacer).

    En un devenir semejante, huyendo de las sombras de una civilización personificada en forma de bandoleros futuristas, perseguidos (ayudados) por sus recuerdos avanzan, se arrastran, los personajes por escenas de “realismo sucio”: Cormac depurado, devastado…

    Le han otorgado el Pulitzer por esta obrita, lo cual le hará más mal que bien, menos en el bolsillo.

    Y poco más, salvo el formato, un relato hecho a pequeños retazos, párrafos cortos como fogonazos de escopeta (o suspiros agonizantes)… sólo alguna muestra:

    «Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Un frío como para agrietar las piedras. Como para quitarte la vida. Abrazó al chico que tiritaba y contó cada frágil respiración en medio de la negrura.
    Despertó al oír un trueno en la distancia y se incorporó. Si se mojaban no habría fuego con el que calentarse. Si se mojaban lo más probable es que muriesen.
    Se agachó para toser y tosió durante mucho rato. Después se incorporaba, los ojos lagrimeando. En la nieve gris una fina bruma de sangre.
    ¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré por fin? ¿Tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón? ¿Tienes alma maldito seas eternamente? Oh, Dios, susurró. Oh, Dios…»

    Cormac, ¿qué será lo siguiente?

    No seré yo quien diga algo.

    PD: el título no corresponde exactamente con el del libro. Es un juego de palabras que algunos sabrán descifrar y otros, simplemente, criticar.

    26
    Sep
    Escrito por Destevaster » 4 Comentarios »

    Clifford Brown & Max Roach | Study in brown (1955)

    Clifford BrownReaparezco con la intención, al menos sincera, de recuperar la figura de uno de los intérpretes sin el que “su instrumento” no hubiera alcanzado cotas tan altas de reconocimiento posterior. Ése instrumento no es otro que la trompeta, a la que poco después el amigo Davis elevaría a la categoría de “popular”.

    Lamentablemente, la andadura de Clifford Brown fue fugaz, (y tanto: nacido en 1930, falleció en 1956 de accidente vial, no llegó a cumplir 26 años!!!!) de cuantía similar a la de Booker Little, pero el señor Brown se encargó de dejar grabadas una serie de sesiones inmortales. No dispuso de la posibilidad “evolucionista” de distribuir su talento en distintas fases, todo lo hizo prácticamente en 3 años y pico y, sobre todo, en los dos últimos (1954-56), en los que se “asoció” con el batería Max Roach, una alianza explosiva que hizo saltar por los aires los estándares del bebop (un poco “amanerado” tras la incursión de ciertos “blanquitos” de la Costa Oeste) sentando las nociones básicas del hard bop, si es que ésto es posible… Aunque en realidad, el inicio de todo, el big bang de Brown como músico, fueron las sesiones que grabó con Art Blakey en Birdland en febrero de 1954 y su, por entonces, magnífico quinteto con Lou Donaldson al saxo, Curly Russell al bajo y Horace Silver al piano. Sesiones editadas y recientemente reeditadas por Bluenote en dos CDs, tan imprescindibles como insustituibles.

    Discos de Clifford Brown y Max Roach

    Luego vinieron las grabaciones con Max Roach, de las que hay que destacar tres discos: “Clifford Brown with Max Roach”, “Study in brown” y “At Basin Street”, tres grabaciones para deleitarse con ésta trompeta inconmensurable. A parte de Roach a la batería, solían rodearse de gente como Sonny Rollins al saxo… En fin, prefiero callar y dejar escuchar a éste joven y su trompeta. Luego vendrían otros, muy grandes, como Freddie Hubbard o Lee Morgan e incluso el polémico Miles Davis (aunque como trompetista era inferior a aquéllos, sin duda).

    Y como postdata, recordar otra maravilla: la participación de Clifford Brown en el disco de Sarah Vaughan titulado, a secas, “Sarah Vaughan” (1955), para demostrar que no sólo hacía hardbop, sino que podía tejer una banda sonora a modo de manta para arropar la voz (por entonces) impresionante de la Vaughan.

    Va por ti Clifford.

    19
    Jun
    Escrito por Destevaster » 2 Comentarios »

    Dark Magus part I | The Legendary Prestige quintet sessions (1955-56)

    Workin Relaxin Steamin Cookin Miles

    Ya reconocí que era una debilidad anunciada a voces, un estigma que me acompañará fielmente en mis avatares, un personaje ligado a mi historia musical: eché los dientes en esto del jazz de mano de Miles Davis, él fue la chispa, el detonante, la culpa sin culpa. Un día buceando sin rumbo por simple interés entre el catálogo del género de cierta tienda granaína (bien surtida, ahora liquidando…) me llamaron la atención, no sé por qué, dos portadas, dos discos; el cúmulo de circunstancias personales ése día hizo el resto y me los llevé, los escuché del tirón (mal hecho… o no) y no volví a tocar el jazz en meses. Luego, otro día, otras circunstancias —hay que ver lo que es la vida— hacen que mi mente, luego mi vista y por último mis manos vayan a la estantería, recojan “aquel dinero malgastado” y vuelva a escucharlos. No pude, sino después de dos escuchas seguidas de cada uno, salir de mi asombro: aquello era jodidamente bueno, peligrosamente adictivo, una seria “amenaza competitiva” para la música que había puesto la banda sonora a mi vida, el Rock.

    Ésos discos eran el “Workin’” y el “Relaxin’ with the Miles Davis quintet”, de misteriosas y sugerentes portadas. Y temas como It coud happen to you, Ahmad’s blues, It never entered my mind o You’re my everything me cautivaron para siempre, me enseñaron las cotas emotivas del jazz, me abrieron la sugerente puerta.

    Luego descubrí que entraban en un póquer de ases junto con el “Steamin’” y el “Cookin’”, y que los 4 eran el fruto de ¡¡¡sólo dos sesiones de grabación (11 de mayo y 26 de octubre de 1956)!!! Y el grupo, bautizado como “primer quinteto”, impone con sólo nombrarlo: John Coltrane (saxo tenor), Red Garland (piano), Paul Chambers (bajo) y Philly Joe Jones (batería). De la curiosidad pasé al respeto, de la anécdota al interés en “ése tipo cabizbajo colgado de una trompeta” y de ahí a la aventura de conocer su obra. Y ahí llegó el problema fundamental: la cantidad ingente, desmesurada, de discos que editó (más de 50, muchos más), la desequilibrada variedad de estilos, el malsano gusto por cambiar de acompañantes; el veleta Miles iba más rápido que los demás, intuía un cambio de rumbo y daba el timonazo antes de tiempo, descolocando al resto, salvo honrosas excepciones… Hincarle el diente a la obra de Miles es como hacerlo a la de Zappa: puede gustarte o puedes huir despavorido para no entrar más. Por lo tanto paciencia, y cierto rigor “cronológico” y de dosificación, sin los cuales podemos caer desmembrados y con signos alarmantes de ansiedad delante de los altavoces de nuestro equipo.

    Quizá ésta etapa sea la más aconsejable para empezar, por la mesura tímidamente desbocada de su música… o no: puede que lo sea la anterior, con sus inicios más clásicos (The birth of the cool…), o la inmediatamente posterior, más asentada (el archirenombrado Kind of blue o el infravalorado Milestones); habrá quien prefiera los resultados asombrosamente líricos de su asociación con Gil Evans (Miles Ahead, uno de mis preferidos, Porgy and Bess o Sketches from Spain) o la brillante etapa de su 2º quinteto (véase Live at Plugged Nickel); los más osados irán más allá: el gran cambio de 1968-69, estamos hablando de las maravillas Filles the Klimanjaro y, sobre todo, In a silent way, y más allá, mucho más allá, con el Bitches brew y el seísmo que provocó, pero esto se merece, por sí solo, la 3ª entrega de “Dark Magus”, y quién sabe si una 4ª…

    Opinen.

    PD: 50 años después, estas grabaciones ven la luz en formato box set de 4 CDs. Los discos originales son de muy buena calidad y poco se ha mejorado, pero la presentación es tan tentadora…

    22
    Abr
    Escrito por Destevaster » 8 Comentarios »

    Booker Little | Out Front (1961)

    Booker LittleO lo que es lo mismo, “Booker Little and his Quintet featuring Max Roach”, detalle necesario y justo, reconocimiento puntual y sentido a uno de los mejores baterías del jazz; además, también figura en el grupito el gran Ron Carter, que luego se incorporaría al más famoso pero no por eso mejor “segundo quinteto Miles”; en los cortes donde no aparece Ron, lo hace Art Davis. Al piano, un discreto pero efectivo Don Friedman. Y los vientos, de otro planeta, Julian Priester al trombón equilibra los derroches virtuosos de las dos bestias principales: Booker Little (trompeta) y Eric Dolphy (saxos alto y bajo, y flauta), dos vendavales de juventud exaltada (23 Booker, 33 Eric) que sin embargo se intuyen veteranos quizás porque la muerte los esperaba a la vuelta de la esquina: a Booker ése mismo año por un “ataque de uremia” y a Dolphy tres años más tarde por una cetoacidosis diabética, dos complicaciones médicas hoy probablemente solucionables, entonces fatales, definitivas.

    “Éste es el mejorrr disco de trrrompeta, y uno de los 3 mejorrres de jazz, jamás gggabado.” Ésas fueron las palabras textuales, en la feria del disco, que me soltó un alemán, chapurreando el castellano, desde sus dos metros de altura y tras 3 cajas de frutas repletas de vinilos de jazz, envuelto en una nauseabunda tufa por la evidente falta de higiene y los no tan evidentes efectos etílicos de la noche anterior. “Yo es que soy trrrompetista, sabe?” Me llevé el vinilo, no sin regatearle algunos eurillos y así fue como adquirí ésta maravilla. Razón tenía el gachón, además de advertirme la recomendación de no escucharlo a menudo: “muy denso, lleno de matises, puede saturrarr”, concluía introduciendo los frutos (mermados) de la transacción en una caja de latón oxidada.

    Eric DolphyBueno, ¿y el disco? Pues no me veo capaz de añadir nada más, completo y denso, sí, espectacular, con una mezcla de hard-bop y cool a ratos, con notas (Dolphy is here) del vanguardismo que vendría después y algunas partes realmente tremendas, por lo oscuro (el medio tiempo de “Moods in free time” es sobrecogedor, “Man of words” podría ser una marcha fúnebre…), el dejarse llevar en inacabables terminaciones (algo así como los Allman en los conciertos del Fillmore…), enganchando un solo detrás de otro: Booker-Julian-Eric-sección rítmica y vuelta a empezar para concluir el tema (sirva de ejemplo “Quiet please”).

    Una joya para disfrutar… eternamente? Juzguen.

    Página 1 de 212