Archivos en la Categoría ‘Libros y Literatura’

23
Oct

The Places We Live

The Places We Live de Jonas Bendiksen (Magnum Photos).

“El año 2008 ha sido testigo de un cambio importante en la forma en la que viven las personas de todo el mundo: por primera vez en la historia de la humanidad viven más personas en ciudades que en zonas rurales. Este triunfo de lo urbano, sin embargo, no representa totalmente un avance, ya que el número de personas que viven en barrios de chabolas y asentamientos precarios pronto excederá los mil millones.”

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    Oct
    Escrito por J. » 1 Comentario »

    El Hospital de la Transfiguración

    El Hospital de la transfiguración de Stanislaw Lem

    La mañana de febrero en la que Stefan llegó a Nieczawy, le costó bajarse del tren y recordar el motivo de su viaje. Distraído, fijó su mirada en el rastro de pisadas que había ennegrecido y embarrado el suelo nevado de la estación. Tras él quedaba el jadeo de la locomotora que poco a poco se perdía por entre las colinas de Bierzyniec. Se dirigía al cementerio para celebrar las exequias de su tío. De acuerdo con la tradición familiar, cuando algún pariente fallecía, de toda Polonia acudían representantes de cada una de las ramas de la familia para asistir al funeral. Pudo observar de cerca las tumbas de los polacos caídos en la batalla por defender el honor de la patria. Sin embargo, fue el encuentro distraído y fortuito con un colega de la facultad de Medicina, lo que le llevó a aquel paraje tan alejado, de la ciudad y del mundo, donde terminó trabajando. La suerte parece dirigir las vidas de los que se dejan llevar. En medio del bosque, aislado, se encontraba el Hospital Psiquiátrico y dentro, intramuros, la locura, preñada de pasiones, se veía prisionera en mentes frágiles y mediocres. La locura parecía alejarse de la realidad, construyendo un fortín alienado de ideas fronterizas donde pulir piedras preciosas que nadie querría guardar jamás. Iluminaciones contenidas tras unos voltios de electroshock o unos miligramos de clorpromazina. Los manicomios eran (son) los museos de las almas rotas. Allí encontraría al poeta insano que mostró al joven aprendiz de médico los secretos de la nueva literatura, del auténtico conocimiento, de la pura realidad del ser humano. La historia recreaba los arquetipos y los arquetipos la conciencia de la historia. Cuando más se intentaba contener la realidad, ésta más se veía desbordada. El camino de la locura tiene siempre dos entradas. Fue la invasión bélica, la brutalidad de la guerra, la bestia desgarradora del ejército alemán, la que se coló en el recinto consagrado al olvido transformándolo todo. La locura se contagió pronto de la realidad, sobre todo si ésta estaba más llena aún de rabia, resentimiento, absurdo y demencia. Era así como el hombre le quitaba a los insectos el papel de ser los seres más repugnantes de la tierra. Sin Dios no había alabanza, sin alabanza no había promesa, sin promesa no había consuelo, solo mediocridad y llantos, irreverente páramo de locura.

    La melancolía es el régimen más estricto que debía seguir la mente de un genio. Encerrado en unas paredes devastadas, cerebros asolados por el desatino y la distancia que la mente ponía de las cosas que parecían más reales. Alejados de los objetivos más brillantes, de las conductas más cotidianas, de los productos más razonables, de los manjares más deseados, de las mieles más dulces y amables. Poseer entonces el sentido del tiempo o dejar de tenerlo. Cuando la poesía te conduce a pensar en la soledad del universo entero y su estéril fragilidad, la sabiduría también consiste en no escuchar los consejos de nadie.

    Sin duda, cuando Stefan bajó de aquel tren, aquella mañana de invierno, sobre el camino ennegrecido de nieve, camino del funeral de su tío, nunca pensó que su vida cambiaría tanto con esa guerra, con esa invasión de la realidad, con ese hospital desmantelado, con esos pacientes y colegas defraudados, con ese refugio final de las SS. Nunca pensó que encontraría allí un camino iluminado hacia su transfiguración.

    “¿Místico yo? ¿Quién le habrá dicho eso? En este país basta con que alguien publique cuatro veces y le cuelgan una etiqueta que se convierte casi en su epitafio: “un lírico sutil”, “un estilista”, “vitalista”. Los críticos, a quienes he tachado a veces de cretinos porque actúan como si fueran los médicos de la literatura pues, al igual que los médicos, se dedican a hacer falsos diagnósticos y, al igual que los médicos también, saben cómo debería ser esto y lo otro pero son incapaces de echar una mano (…) ¿Pero quiénes son ellos? Chinches, sinvergüenzas, unos auténticos zoquetes.”
    El Hospital de la transfiguraciónStanislaw Lem

    Siempre vuestro, Dr J.

    4
    Oct
    Escrito por Dr. J. » 2 Comentarios »

    Nocturno de Chile

    nocturno har shirLa soledad es una moneda de dos caras. La religión no es sincera. La mística quema demasiado. El dolor ya no tiene más sentido que unos ojos desilusionados y sin un atisbo de inocencia. En la noche, en los días inciertos del otoño, me asomo a una ventana que asusta luces encendidas a lo lejos. Las tropas del desacuerdo se tornan en oleada violenta contra mi cabeza. Las tropas de los hermosos vencidos se acomodan en mi cabeza, con sus flechas incandescentes y sus miradas mordidas por el desamparo y el triunfo de las formas. El río que me conduce no es tortuoso como imaginaba, sino rápido, tan rápido y veraz que nadie lo puede detener. Los rostros de la gente que amé se agolpan en la ventana, no son recuerdos, son rostros que miran inmóviles mi tiempo.

    Lo que quiero es no dañar el mundo donde paso. A veces me gustaría tener alas para no poder pisar la tierra, para alejarla de mis pesados pasos. Las alas no sirven. El campo se agosta y el ladrillo sucumbe. Mi azada está rota. Mi cabeza es pesada y cae sobre este teclado. Las calles están vacías, por donde antes caminabas y ahora no caminas. Se doblan las calles, se quiebra la tierra. Hay temblores que no se sabe bien de dónde vienen, pero abren grietas para que escapen cadáveres insomnes de sus fosilizadas tumbas. La noche es igual aquí que en Chile. Los halcones aún no han conseguido acabar con todas las palomas. El joven envejecido sonríe y el salto que queda por dar está un poco más lejos y es un poco más difícil. La literatura sostiene en sus columnas retazos de agua y vida y verdad y muerte. La literatura de occidente debe cambiar, pero no lo hace. La música sólo miente en estos días extraños, aislados del silencio puro, de la esfera de silencio, dirigidos por la memoria y el gusto y tantas emociones que aún perduran. La soledad culmina su piadosa voluntad inquebrantable, un centro callado sin color de forma continua y permanente. La intención de la escucha no es la intención de la ausencia. No se me hizo fácil aprender lo que seduce de la noche y del silencio. La política es inculta. La cultura es política. La noche es noche. Mis palabras sólo son palabras. El secreto del mal continúa con su incólume presencia.

    Una velada de vino y lectura, envolviendo el origen de la noche en un abrazo póstumo, en un poema de moral espartana, de fidelidad añeja, de moral abstracta. Una velada con furia en la palabra. Una conjura para derrocar el poder del hombre-estado. Una noche de fiebre distraída, un mal olor a piel deshabitada. Una impasible propuesta de alguien que no quiere amanecer. No tuve miedo, pero no hice nada. No tiembla mi ánimo ni la punta de mis dedos. La noche continúa asomada a la ventana, pero resistiré con voluntad decidida, resistiré como todos los que han visto la vida y han decidido vivir. La noche continúa asomada en mi ventana… entre águila o sol, parece que se anuncian nubes bajas y una lluvia de recuerdos liberada… entre águila o sol, mañana veré amanecer sobre el motín de celajes.

    “Y entonces pasan a una velocidad de vértigo los rostros que admiré, los rostros que amé, odié, envidié, desprecié, Los rostros que protegí, los que ataqué, los rostros de los que me defendí, los que busqué vanamente. Y después se desata la tormenta de mierda.”

    Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño

    Siempre vuestro, Dr J.

    Imagen original en Wikimedia Commons

    26
    Sep
    Escrito por Destevaster » 2 Comentarios »

    Norteamericanos ante la vida…

    portadas de novelas americanas

    No sé por qué, pero el caso es que estos tipos son capaces de lo peor y de lo mejor, y en los dos frentes al más bajo y alto nivel, respectivamente.

    Ya tuvimos el Cosmogonic y yo nuestras discusiones sobre la música de los 60-70, en plan american vs british music, por ejemplo. No voy a entrar por ahí, ya están los post del Taliban para corroborarlo… Solamente (solamente) voy a hablar de literatura norteamericana contemporánea. Y es que, casualidades de la vida, en los últimos meses han llegado a mis manos —y me han traspasado cerebro, entrañas y alma— unas cuantas novelas que tienen varias cosas en común: el ser escritas por norteamericanos actualmente vivos (y más o menos reconocidos) y el tener como eje narrativo al ser humano, al hombre, rodeado de las amenazas (y recompensas) de la cotidianidad. Y no me refiero, que podría, a Carver ni a Richard Ford, recientemente “de moda”, me refiero a Don Delillo, Philip Roth y Paul Auster.

    Las novelas respectivas (en versión original tienen más en común, si cabe) son:

    El elemento (desoladoramente) clave: el hombre está sólo, y únicamente a través de esta soledad puede llegar a entender los entresijos de la vida. Curiosamente estos tipos llegan a esa situación en una etapa “más que madura” en sus vidas, y todos después de haber transitado por una vida familiar, con hijos incluidos, lo cual no deja de ser lo más inquietante de todo. Solamente Auster deja un resquicio (muy pequeño) para la esperanza, pero es que Auster es el más maricón de los cuatro.

    Estos temas han sido muy tratados en la literatura, “demasiado”. Los latinoamericanos de una forma magistral (pero “demasiado” cargados), los europeos de una forma ejemplar (pero “demasiado” fríos), los españoles constituyen una mezcla variada de estos dos últimos, los asiáticos se llevan la palma (pero muy viscerales) y los africanos abruman con su crudeza. De otras literaturas entiendo poco…

    Creo que, en este sentido, y tras descubrir a genios como Faulkner y Bellow, tengo que concluir que los norteamericanos tienen ésa extraña capacidad de hacer lo complicado simple, pero no por ello perdiendo intensidad.

    Para quien quiera salir de los clichés de literatura facilona, le invito a estas “novelas” de la desesperación…

    17
    Sep
    Escrito por Dr. J. » 11 Comentarios »

    Desnudadlo para que cure

    Hans Baluschek Der Tod

    Desnudadlo para que cure y si no cura, matadlo. La puerta de la Ley Doméstica ha crujido sobre sus goznes para permanecer entreabierta. Los nómadas devoran bueyes sin ni siquiera matarlos. El poder los ha traído y ahora no hay quién sepa la forma correcta de echarlos. Desnudadlos para que curen, y si no curan matadlos.

    La puerta de la Justicia ha doblegado su estructura, ha roto sus cerraduras y ahora se ha abierto para ti. Nadie te impide el paso, nada te puede detener, el tramo está despejado, el zaguán está limpio de sal y ascuas. Nada te impide entrar salvo tu propia impaciencia. Desnudadlo para que cure y si no cura, matadlo.

    Un círculo de chacales me mira, me escruta y me interroga. No es un grupo numeroso, pero su pelaje está curtido por la lluvia y por el sol. Uno de ellos, el que está sentado, me habla y me dice que sólo tienen dientes, pero yo no estoy preparado. Desnudadlo para que cure y si no cura, matadlo.

    Hubo un mensajero que trajo a la ciudad el mensaje de un muerto. Él lo había visto antes de su entierro. Dijo que no pudo contradecir el diagnóstico fatal de los médicos y los sabios, cómo no morir, cómo no hacerle caso a tan solemne opinión. Y se encerró en casa y lo dispuso todo para aceptar su final. El entierro se consumó al atardecer. Desnudadlo para que cure y si no cura, matadlo.

    Me quedé esta noche con los ojos abiertos. No insecto, no fosilizado. Sólo con aliento a tabaco. Los ojos abiertos en el techo, en la noche despeinada. Rabia de serpiente y soledad deshabitada. Rabia por no poder detener el daño y la herida abierta y sucia. Rencor por no poder reparar el dolor generado. La noche preñada de insomnio, dónde estás, por qué tan lejos, por qué te abandoné. Los ojos desesperadamente abiertos. Y entonces Odradek se acerca a la puerta y te ofrece sus hilos de colores con su forma de estrella plana. Demasiado hilo para una madera sin pulmones. Desnudadlo para que cure y si no cura, matadlo. Sólo es un médico y no está curado.

    “En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón de ser, alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir. “

    Las preocupaciones de un padre de familia, de Franz Kafka

    Siempre vuestro, Dr J.

    Nota.- El texto está basado en un viejo poema del autor, en la época en la que Kafka tenía un sitio reservado encima de la mesilla de noche.

    Imagen original en Wikimedia Commons

    4
    Ago
    Escrito por Destevaster » 3 Comentarios »

    Los relatos (no) son para el verano

    Una sentencia como ésta, la afirmativa, tan categórica como absurda me hace revelarme y defender lo contrario, como reza el mismo título. Que la literatura rusa sea para el invierno o la novela negra para las vacaciones son otros ejemplos de una ridiculez similar. La literatura, tanto la buena (afortunadamente) como la mala y deleznable (también necesaria), no se atiene a estaciones ni a climas. La literatura (la manera de llegarnos un libro “ahí dentro”) depende única y exclusivamente del estado de ánimo de cada uno, y éste cambia a su puto antojo: alguien en plana época de trabajo y estrés puede estar perceptivo y contento, y en vacaciones estar absolutamente fulminado y desesperado. Y al revés. Y miles de caminos diferentes.

    Yo, de hecho, me dispongo a tomarme unos días de asueto total y encuentro serias dificultades para elegir “el libro”: ¿un clásico? (Stevenson?, London?, Melville?, Faulkner?, Bellow?, Zweig?) ¿Un consagrado de las últimas decadas? (Philip Roth?, McCarthy?, Coetzee?, McEwan?, Sebald?, Bernhard?) ¿Un latinoamericano? (el gran Bolaño?, el sorprendente Mutis?, el triste Onetti?) ¿La siempre bienvenida literatura autóctona? (Vila-Matas?, Muñoz Molina?, Benet?, Baroja?). Entre alguno de estos debe estar, pero no termino de decidirme…

    …y mientras pienso voy a comentar unos libros de relatos que me han sorprendido recientemente, tanto por la forma (no es un estilo que yo trabaje mucho) como por el fondo, de una profundidad increíble teniendo en cuenta la brevedad de algunos. Uno es de Dino Buzzati, “El Colombre” y otro de Rudyard Kipling, “Relatos”, a secas, ambos en Acantilado. Inmensos, sobre todo el segundo, impresionantes historias de esas que te piden, al terminarla, tirarte un rato dándole vueltas a la moyera para terminar murmurando “será hijoputa el cabrón…”

    Los relatos no son para el verano. O ¿sí?

    1
    Ago
    Escrito por You Meikmisic » 6 Comentarios »

    Ausencia habla. Escuchad el rumor como un runrún

    Mi amigo Peónidas Ausencia. El sociópata del desiertoEste es Peónidas. Mi amigo Peónidas Ausencia. El sociópata del desierto. Aquí le tenemos mirando el cielo con su chakra 7 abierto de par en par. Peónidas se retiró al desierto cuando comprobó la sed de mal que anidaba en sus tripas marrones. Habita, como digo, en el desierto, no importa ahora cuál. Vive toscamente aportando proteínas a su cuerpo mediante la ingesta de grillos y saltamontes y alguna que otra culebra torpe, sus necesidades de verdura se hallan cumplimentadas mediante la sustracción de tomates en invernaderos cercanos. Cubre su cuerpo con una tilma que teje con cactus desecados, una camiseta del carreful color cielo como se aprecia en la foto que acompaño y unos carsones levis del año 1989. No es eremita, sino sociópata consciente, y como tal se apartó de todos nosotros.

    Me relata Peónidas cómo, a veces y hallándose presa de sufrimientos incontenibles, penetra las vulvaspulpas de las pencas y como éstas en ocasiones desgarran su miembro, fecundando la tierra con gruesas gotas de sangre. El suelo, amarillo y seco, se tiñe entonces y absorbe con voracidad el plasma hasta volver a su natural agostado. Este prodigio, lejos de admirarle, le sume en duelo y abatimiento, haciéndole prosternarse y orar, sabiéndose impuro. Es en esos momentos de quebranto del alma y Purificación cuando da en lo profundo de su jeta el Choque de los Protocolos del Ayuno Desperdigao. Estos son no otra cosa que una serie de expresiones o sentencias de maceración indeterminada y que vienen inoculadas en su toña por efecto directo del asentamiento de drogas varias consumidas en el pasado y psicodramas de época universitaria en el limo de su cerebro encharcado.

    Los sintagmas, el verbo y la sustancia iluminan durante la oración como fogonazos el blanco de sus ojos, y su lengua, crujiente y seca por el Padre Sol, proclama entonces Los Protocolos del Ayuno Desperdigao.

    Como sé de vuestra natural inquietud y confusión a estas alturas del relato por conocer los Protocolos os relaciono alguno a continuación, pero pocos, porque si no esto se acaba en el primer capítulo, que es éste. Ahí van:

    En fin, un pirado con toa la cuerda dá, como podéis comprobar.

    Me pide que os comunique el siguiente Protocolo para Agosto que debiera presidir todos vuestros actos durante el citado mes, y lo hago con gusto y agrado porque si no, me va a estar dando la brasa todo el verano y necesito disfrutar de mis llaves, mi fruta y mi merienda en paz con aquellas personas a las que quiero, que están hechos unas fotocopiadoras locas comiendo uvas con pan a to meter.

    Este es el Protocolo del Ayuno Desperdigao revelado para Agosto:

    “Caga duro y pee fuerte, y ríete de la Muerte”

    ¡Buen verano, bruticos!

    23
    Jun
    Escrito por Dr. J. » 4 Comentarios »

    El funambulista

    funambulista Tightrope walking

    Camina discreto por el horizonte delgado de una cuerda en equilibrio. Frágil equilibrio de tiempo y hambre. Seduce su paso. Seduce su altura. Fractura una vida un solo instante. A un lado el abismo y al otro el avispero de la vida. Tu ausencia y el disparo de fuego. Ya no hay saltos de gacela sobre la cuerda temblorosa. Puente de arena trenzado. Arriba el silencio estéril de las órbitas errantes de los astros. Un ángel dormido en una suma frente a la pizarra estrellada. Abajo el canto de un ruiseñor enfermo de palabras. Caen las cenizas de lo calcinado bajo la rabia del volcán. Un coche verdea la cortina infame de la noche traviesa. Cárcel de bragueta y liebre de montera. Aguijón en la empuñadura del manto. Arancel propicio y desatinado. Un paso más. Despacio que piensa. Una sonrisa en el aire, Chesire se frota los bigotes con cocaínica fruición. Un ojo desea una lluvia de ansiolíticos machacados y mezclados en la comida. Olor a almendras amargas en los días del verano. La leyenda del reventón masturbatorio. Casi se cae por miedo a lo desconocido. No desesperes amigo domador de líneas. Una línea fina y recta es un horizonte tranquilo, una línea ondulada el sueño del mar, una línea quebrada el seísmo de un dios tuerto y flatulento. Ballenas lejanas y cuernos de oro suplicando tierra. El baremo existe y no es cordial. Ángel detenido en la suma, dónde te perdiste. Camina un poco más. Anda un poco más. No titubees. Aleja el duelo con un canto de sirena, mujeriego inútil. Aleja el duelo con el silencio del hombre y la muerte sonriente del mar. Funambulista de carne y hambre, decide un día el verso recto, la página escrita que reposa en la culminación de lo técnicamente perfecto. Funambulista de aire y sueño, no rompas el compás del sordo viento al regañar con la bala de cañón. Usa el humo blanco para pedir un segundo. Usa el humo blanco para renunciar al campo. Una puerta en el corral de las cuatro esquinas. La poesía desesperada vive de la nada y se pudre en el corazón de los desesperados. Cambia el paso y sigue, funambulista de agua y peces. Arranca el coche y una maceta de filo grueso. Arranca la espina de la rosa en los montes del café. El funambulista ve su mundo cuerdo y cordado, el mundo lo ve solo y loco, en su hilo seguro de silencio, en su alambre de destino rancio y pérfido. Un billete de avión. Siempre de Norte a Sur. Termina el Sur. Vela blanca. Sur. Otro paso y no ve la meta. No hay meta. Sólo un paso más. Al fondo, en una brisa, oye unas palabras… ¿qué haces aquí ni pollas?. Espero en tu nombre, señor.

    “Lo vi leyendo un librito de Tablada, tal vez aquel en donde don José Juan dice: «Bajo el celeste pavor/ delira por la única estrella/ el cántico del ruiseñor.» que es como decir, muchachos, les dije, que veía los esfuerzos y los sueños, todos confundidos en un mismo fracaso, y que ese fracaso se llamaba alegría.”

    Extraído de una confesión de Amadeo Salvatierra, perteneciente a “Los Detectives Salvajes”, escrito por Roberto Bolaño

    Siempre vuestro, Dr J.

    Imagen original

    2
    Jun
    Escrito por Dr. J. » 1 Comentario »

    La melancolía del Dragón

    Uno de los dragones de los The Nine Dragons

    Acorralado por el tiempo que se me escapa, atrapado en el sueño de la vencidos, amado por una soledad austera, echo de menos los tiempos del dragón. Cuando el dragón era culpable de los desastres, de los terremotos de Sian, de las ruinas que quedaban tras el paso inmisericorde de un huracán. Cuando había seres a los que poder culpar de los fenómenos que la ciencia y la conciencia no pueden explicar con teorías o palabras. Tiempos cercanos a la mitología arcana de mentes antiguas. Tiempos de dolor y nada. Echo de menos la cola del dragón y sus escamas, tempestades de arena levantadas bajo el vuelo pesado de sus alas. Siempre habrá culpables para que haya inocentes. Leyes y palabras solemnes para abrir la boca de una montaña. El perfil de un sol que desciende sin hacer ruido detrás de minas de silicio. Una ciudad que sobrevive sin aspavientos en los márgenes de un río seco y estancado. Somos de donde hay un río, somos de donde crece la vida a raudales. Somos un inmenso campo que abona semillas de inocencia perdida. Agua de aljibe, fuegos de castilla. El canto es un grito modelado por gargantas que saben hablar. No culpemos al hombre de su destino, culpemos al destino del hombre que ha escindido su origen de la tierra, de su meca mística. Amo lo pasado y desconfío de mi soledad.

    Hoy me he levantado tarde, he regado las plantas mustias de mi terraza y he saboreado el calor insano de un cigarro. Mi boca se queja del humo y mis manos de su fuerza. He mirado el cielo y no he visto ningún dragón. Vuelvo al trabajo. Todo queda por hacer de nuevo. Todo continúa siempre. Una gota en una hoja. Añoro la cola del dragón para ir más lejos. Añoro una sonrisa para ir más lejos. El regreso es una meta. Cartago ha cerrado los caminos de África. El sol en sus llanuras es siempre más rojo.

    La melancolía es una bandera rota bajo un manto de sauces. El polen vuela sobre las flores de este mayo, que una vez de derecho viene ya de soslayo. Aguanta el viento, la ropa se secará pronto y entonces no volveré a añorar el dragón que vi en tus ojos táctiles, en tus dos ojos castaños nacidos de la sangre. El dragón que vi aquella vez, el mito dormido en su sueño profundo.

    El cielo está a los pies

    El cielo está a los pies, corazón mío!
    en soledad sonora sumergido
    en cero gravedad, firme firmamento.
    Amor divinamente eléctrico,
    amor enciende amor por tientos
    de puntillas y en silencio,
    glorieta, cúpula, cópula.
    Para sentirse libre de la náusea, el hombre necesita una tensión,
    una pasión, una mística.
    Frente a la sociedad encuadrada, la sociedad animada
    Entre infrarrojos y ultravioletas, voz de sombra.
    El mito contiene el sueño profundo.

    Fuente: José Val del Omar, Tientos de erótica celeste, selección y adaptación de Gonzalo Sáenz de Buruaga y María José Val del Omar (Granada: Diputación de Granada 1992), p. 32

    Imagen original

    28
    May
    Escrito por Dr. J. » 5 Comentarios »

    El cielo de aquel octubre | Capítulo 4

    Clodt, Mikhail Konstantinovich, baron von Jürgensburg

    Capítulo 4

    María estuvo en estado de estupor hasta que fue el entierro de su hermana, a los dos días, el 4 de Octubre de 1937. La enterraron en un ataúd de madera barata y sin pintar, con ceremonia ortodoxa. Esa misma tarde sería el de J, pero J despertó. Tras haber desfallecido sólo recordó despertar con nauseas. J lo comprendió todo cuando sintió un dolor intenso en las manos, costado y piernas. Apenas pudo incorporarse. Iván y María le quitaron el sudario, Vasili estaba junto a la puerta, cerca del espectro de su mujer. J se levantó ante ellos desnudo, y con un terrible mal sabor de boca. La sed le consumía y una angustia contenida le oprimía el pecho dificultando su respiración. Tosió y el dolor le recorrió el cuerpo como un escalofrío. Se miraron en silencio, en pleno asombro, en pleno espanto. J se fue a abrazar a María, febril, fue a buscarla. Y allí estaba ella, sin comprender nada, en un sueño que duraba ya varios días, agotada, pero con los brazos abiertos para envolverlo. Calmó su frío y su fiebre tapándolo con su abrigo negro. Se acogieron como solían hacerlo y se lamieron las heridas con la boca abierta, muy despacio. Muy despacio, hasta encontrarse de nuevo juntos al despertar.

    Hoy 30 de Octubre de 1937, hace semanas que es Otoño. María ha vuelto, como cada mañana a la metalúrgica. Mientras J se queda en casa como un Lázaro sordomudo con experiencias suicidas. Desde aquella tarde en la que despertó de su amargo letargo, supo porqué y por quién había regresado. Amarla era abrir agujeros en el cielo y ver qué hay más allá. J desde aquella tarde, no habla, pero su mal sabor de boca mejora día a día. María no sonríe mucho, sin embargo todo es sencillo. Se aman de igual a igual. Y aunque han encontrado su justificación, ya no quedan muchos amigos, sólo desconfianza. Rusia es un gigante con pies de barro, y su pueblo tiene desatado el instinto de muerte. Soldados rojos, planes quinquenales, negros ferrocarriles con deportados a Siberia, amplias avenidas, automóviles, herrumbre, gris acero y siluetas quebradas sobre el fondo de un cielo lúgubre. Aquella humedad en el cuarto y excrementos de ratón en las esquinas del piso. Tal vez sea hora de irse. El pueblo ruso tiene más fe en los mitos stalinistas, cree más en ellos, que en la vida que se les escapa. Era el momento de huir.

    Así, al volver María del trabajo, en la noche del 30 de Octubre, J la esperaba con la mesa puesta. El piso iluminado por velas y para comer judías de final de mes y un par de salchichas. J miraba por la ventana. Llamó a María por su nombre exacto. Empezaba a echar de menos tu voz, creí que no volverías a hablar nunca, dijo María mientras se acomodaba a su lado. Desde que regresé llevo pensando en marchar de aquí. Desde aquella noche no somos los mismos. No me encuentro bien en esta casa. Tal vez sea mejor irnos, viajar a Minsk o a Barcelona, como el camarada Antonov. Sé que en España continúa la guerra y están reclutando soldados. Además los republicanos necesitan y buscan apoyo literario e intelectual en toda Europa. Puede ser una buena oportunidad para cambiar nuestra historia. Ya no tengo miedo a la muerte. Allí la escarcha es suave, muchos ya se han ido al amparo de una nueva poesía. Tal vez pueda publicar algunos de mis estudios.

    Tras hablar J, estuvieron un rato en silencio. Contemplaron el tiritar de las estrellas, hasta que María intervino. Me siento tan pequeña cada vez que miro el cielo… como si estuviera de nuevo en los brazos de mi padre, escuchando las leyendas del Leshi, mientras me hacía cosquillas con su largo bigote. Tal vez tengas razón, hemos cambiado, ahora el cielo me pertenece. Pero para qué marchar… yo ya sé que el mal existe y no se puede huir de él. Leibniz creía que el mal era el bien sin desarrollar, pero quizá la huida nos haga libres, o simplemente seres humanos.

    María lo sabía, tan sólo lo tenía a él y aquel frío que no la dejaba. J se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Ella encontró en su pecho el hueco exacto para su cabeza. Ambos quedaron mirando sin prisa un zepelín que invadió el cielo, su cielo.

    Iván, harto de Moscú y de escupir negro carbón incrustado en sus pulmones cada vez que tosía, se exilió a Minsk. Fue con su hijo. Allí, en la Rusia blanca, a orillas del Svisloch, tenía una buena oportunidad para empezar de nuevo. La constitución aprobada y la paz con Alemania cerca, no sería difícil encontrar trabajo en las fundiciones, en la industria del papel o en las cervecerías.

    Vasili no tardó en irse. Se lo llevó su esposa envuelto en una luz que bajó del cielo una noche de invierno. Dejó la zapatilla de felpa roja, tal vez para que cultivasen las nuevas generaciones que quisieran aprender a escapar.

    Para J y María, aquel Octubre fue el último que pasaron en Moscú. Atadas las dos maletas con una cuerda, dejaron el piso abierto. Aquel piso sin calefacción donde les abrigó su boca, dónde se amaron desde el centro hasta los extremos. Se marcharon al amanecer del 1 de Noviembre de ese 1937, camino de Barcelona y con unos pocos rublos en el bolsillo. Tal vez por eso el cielo de aquel Octubre sobre Moscú les hizo bellos. Y la belleza los hizo pobres, más pobres. Lo último que recuerdo de aquel Octubre es que, cuando brillaba el último rayo de sol sobre las cúpulas del Kremlin, la ciudad lloró sobre los ferrocarriles y la Plaza Roja quedó desierta. Sólo cruzada por dos sombras que estrenaban inmortalidad.

    FIN

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