bruto

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tú también, hijo mío

  • A las 18:00h de hoy, empieza la Keynote de Steve Jobs en Macworld 2008. J.

El Hilo

hilo

La mañana amaneció de niebla. Una niebla fría y espesa, que aturdía los sentidos y hacía que todo pareciera más lejano y distante. Era un día de primeros de enero. Comenzó la guardia como siempre, con el ceño fruncido, esperando las llamadas de los enfermeros, sin miedo y tranquilo, como don Tancredo esperaba el toro inmóvil en el centro de la plaza. Pasó por los controles de enfermería, paseó por la planta y saludó al personal con un gesto. Todo parecía calmado. Vio un par de analíticas, repasó unas cuantas historias y luego se fue al despacho. Al rato alguien entró. Le sonaba la cara, era un paciente que hacía años no veía. Lo había diagnosticado de una rara enfermedad, sobre todo para un hombre, como era el lupus. Le preguntó cómo se encontraba. El interlocutor hablaba despacio, con un tono de voz apagado como por una sordina de trompeta, le dijo que al final todo se complicó por el riñón, pero le agradeció su ayuda en aquel tiempo y le dijo que ahora estaba bien, que sólo quiso saludarlo. Como vino se fue. Luego entró otro, un paciente joven con una infección por VIH en estadio terminal, con poco aliento para respirar, cansado y enflaquecido por el virus, sólo quería un poco de agua, unas palabras y un cigarrillo. Al salir entró un paciente con cáncer que diagnosticó hace tiempo, ya extendido, con su esposa a su lado. Les recetó morfina para sofocar los quejidos y quebrantos del cuerpo resentido, cogieron el papelito y se marcharon con una sonrisa. Así fueron pasando enfermos hasta la hora de comer. La niebla seguía abrumando la ciudad donde el sol ya debía estar alto. No tenía hambre, así que paseó por los alrededores del hospital. Luego subió de nuevo a la planta. Cogió unos números atrasados del New England y los estuvo ojeando hasta media tarde. Le extrañó no recibir llamadas de urgencias, así que bajó al sótano donde estaban las consultas. Paseó por ellas despacio, casi ajeno al habitual ajetreo de camillas y pacientes. Miraba el quehacer de sus colegas, el trabajo de las enfermeras con los enfermos, auxiliares manipulando sondas y pañales, celadores llevando carritos y camas. Se acercó a leer las historias de algunos pacientes, un internista no sabe decir que no a un paciente ni a un problema. Llegó la hora de cenar y se dirigió al comedor. Había poca gente y no los conocía. No había ningún compañero de su promoción, eran médicos jóvenes los que cenaban entre animadas charlas sobre enfermos, mujeres, deportes y blasfemias al gerente. Cogió una naranja y se fue de nuevo a su despacho. La noche había llegado pronto. La niebla no se disipaba. Intentó llamar a casa, pero el móvil se había quedado sin batería. Encendió el ordenador y consultó su correo. Anuncios de viagra y de revistas musicales con las últimas novedades del mercado. Hacía tiempo que no recibía correos de sus conocidos. Visitó páginas de amigos, blogs de literatura, de viajes, de música, de chulopollas dando lecciones de sabiduría. Así se adentró la noche en sus ojos. Se asomó a la ventana y vio las luces de la ciudad aplastadas por esa incesante niebla. Ya era tarde, pero no tenía sueño. Era como si las ganas de dormir se hubieran marchado. Sin embargo tampoco tenía ánimo para hacer nada más. Se encontraba vacío, repleto de demasiadas experiencias suicidas, de demasiado dolor, de demasiados ardores de estómago, de demasiadas oportunidades disponibles en estas guardias tan largas. Demasiados amaneceres contemplados desde la atalaya del insomnio. Se fue al cuarto a descansar un rato. Se tumbó en la cama con los ojos abiertos. Pensó en sus padres, en la recogida de aceituna de su pueblo, que siempre fue más tardía, y en aquellas tardes de fiesta que hace tanto dejó atrás. Pensó en su mujer, en las raíces que el viento no arrancará. Pensó en eso y en otras cosas.

A la mañana siguiente la niebla se fue despejando con los primeros rayos de sol. Notó algo raro en su aliento. Se miró a sí mismo. Fue entonces que descubrió su pecho manchado por un hilillo de sangre. Fue entonces que supo reconocer el porqué de aquellas extrañas cosas. Ese era el hilo que unía el corazón al alma. Lo que no supo determinar fue el tiempo que llevaba roto.

“El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida. Con tal de que no sea una nueva noche, pensaba él. Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrase con sus fantasmas. De eso tenía miedo.”

Pedro Páramo. Juan Rulfo.

Siempre vuestro Dr J.

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  • Es cierto que llevo unas semanas desconectado de la ‘realidad’ y que esta mañana al comprar los periódicos me he dicho “qué delgaditos que vienen hoy los suplementos”, pero ¿qué ha pasando en mi ausencia para que los suplementos de los periódicos —al menos XLSemanal y El País Semanal de hoy— no tengan apenas publicidad? Acostumbrado a alternar una página de contenido con, como mínimo, otra de publicidad, leer los suplementos ha sido una sensación tan rara como agradable. J.
  • J.

KDE 4.0

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La ciudad y el laberinto. New York

Nueva York

Caminé por New York. Caminé como quien camina por un diagrama, recorriendo sus calles rectilíneas, su laberinto de manzanas, la ciudad de cristal que Auster nos reveló a través de su detective metafísico. Al llegar me dirigí como una polilla a las luces de Times Square, con sus luminosos de a millón de coca-cola y panasonic. Esperaba encontrarme un negro saxofonista en cada farola, exhalando melodías de Coltrane, pero sólo encontré la música apilada en los tres pisos de la Virgin. Los musicales de Broadway con sus miserables y sus jovencitos frankensteins, estaban en temporada alta, mientras un dragón con el aliento congelado te invitaba a descubrir las maravillas del lejano oriente en una función corredera de candelas y duermevelas. De cena hamburguesa reseca con salsa de Jack Daniel’s número 7. Techos altos y paredes estrechas, me dieron cobijo en un hotel durante una semana. En las mañanas salía a la calle en busca de un café americano en el Starbucks, con su raspberry, para calentar las manos y el cuerpo en esa maldita semana de frío y nieve congelada. En New York siempre olía a comida, comida de puestos callejeros, hot dogs y carne turca. Las alcantarillas vomitaban nubes de vapor que envolvían las ruedas de los taxis amarillos. De medio en medio, se oían todas las lenguas de las aves migratorias que perdieron su vía de regreso. Alguien rumoreaba en un castellano medio loco que hay quien dejó el camino por seguir la vereda. De visita al barrio de Chelsea, se me hacía indispensable entrar en el Chelsea Hotel, con sus placas en las paredes de quienes lo habitaron, de Dylan Thomas a Tom Wolfe. En sus habitaciones Syd Vicious asesinó a su poco virtuosa novia, Cohen se benefició a Janis (eran feos, pero tenían la música), Keruack escribió de un tirón su camino en un roído pergamino y Dylan compuso su sad eyes lady of the lowlands para ti. De ahí hasta el fondo estaban los puertos del río Hudson y el mercado de la carne, que siempre expone al comprador sus pequeños milagros. Si se bajaba, se llegaba al downtown, a la zona cero, a Wall street, y a los jardines de Battery Park, donde se podía ver la estatua de la libertad temblar de frío. La noche llegaba siempre pronto, así que o te refugiabas en un triste pero iluminado bar a emborrachar tu cuerpo con una insípida cerveza, o te ibas a dormir. Al día siguiente, nuevo café y nueva disposición a ver la ciudad por dentro. Una de museos en la parte alta, el MoMA, cerca de la quinta, presentaba dinosaurios de madera y mujeres contundentemente feas pintadas por Picasso. Rothko ponía la sobriedad y Warhol la sopa fría. Luego a pasear por la quinta avenida, con sus tiendas de lujo y sus torres imposibles aguijoneando el cielo. En Tiffany´s, la dulzura de Audry la sustituían las espaldas de un fornido guarda de seguridad. Era difícil imaginar en estos tiempos navideños la llegada de Cristo con tantas luces, con tantos brillantes, con tanto ruido de agoreros, con tanto estruendo, con tantas calles decoradas con palmas y flores de Cartier. Tal vez hubo un silencio antes de Manhattan. Luego a comer en algún lugar del mundo, por ejemplo Italia. La tarde se podía pasar coleccionando sirenas de barrio o leyendo libros prestados en una biblioteca custodiada por leones de piedra. La noche se mereció esa vez un pequeño espectáculo en Broadway. Tras soñar con espejos, la ciudad te volvía a citar. Central Park escondía un campo de fresas, un imagine para Lennon, una Alicia desmedrada en su estanque, con un conejo a deshoras, mudas setas que escondían excitadas caricias y ardillas curiosas que fumaban hierba bajo el castillo de torres almenado. A un lado el edificio maldito de Dakota, con los tiros que mataron al bueno de John, al pie donde se rodó el nacimiento de la semilla del diablo (tenía los ojos de su padre). El museo de historia natural escondía animales paralíticos y piedras y huesos que hacen música. Al otro lado estaba el Metropolitan, el barrio del East Side y el puente de Queensboro, donde podías sentarte un rato en sus bancos, y charlar con Woodie Allen de sus últimos fracasos. Más al sur de esa rivera, estaba el puerto y para comer sentó bien algo de comida cubana. Por la noche un paseo por el puente de Brooklyn, un café en la casita de sus orillas viendo las luces de la ciudad desparramarse por el cielo. Para terminar en la azotea del Empire, leyendo en su antena las huellas que dejó King Kong. La aurora de NY tenía, como pensó Lorca, cuatro columnas de cieno, y cuando llegaba nadie la recibía en ese reino de números y leyes, sin mañana ni esperanza posible. Así, se recorrían a veces sus calles verticales, sus inmensas escaleras. Se podía respirar en calles más bajas por el Village, cuna del jazz, de artistas y homosexuales. Al final de la Gay Street, se me antojó comer en un restaurante griego. En el hospital de St Vicent, Poe se curó de un resfriado y Dos Passos cogió un billete para ninguna parte. El Village Vanguard escondía la vida de negros santos que hacían sonar trompetas en las puertas del cielo, con sus pecados, con sus mujeres de notas y pies ligeros a las que escribir canciones de amor. Otra nueva mañana te permitía recorrer el SOHO de compras, con su apple store de dos plantas, y sus DKNYs y sus CKs y sus queridas madres y más… hasta un bonito belén colombiano con tejas de arcilla roja. Bares de tapas y pliegos grasientos de aceites medicinales. Cachivaches y reliquias postpunk en la ciudad que no te dejaba dormir. Podías seguir paseando, recorrer mil calles, sus barrios y sus fachadas de hierro colado… podías coger su metro o vagar por su superficie, podías volar o mirar siempre adelante… podías ver lo que quisieras ver… hasta su vida oculta de alcantarillas, de mendigos sin hogar, con el lema no direction home cosido en la solapa del abrigo, miles de mutilados de guerras antiguas que se consolaban con un donut herido en su centro. Gente invisible que se suicidaba a media voz en las orillas de los lagos de central park, almas presas en los móviles que decían te quiero antes de caer de las torres del mundo, almas que resbalan en la pista de hielo del Rockefeller. Mercado y puerto, hotel y burdel. NY era y es lo que uno quiera.

Cuando paseas por sus calles es posible desentrañar su laberinto, si llevas en una mano el hilo de Ariadna y en la otra la espada de Minos. Así podrás llegar a su centro, mientras llegas al tuyo, cuando te duelen los pies debes seguir caminando y no perder ningún encuentro. Y después de llegar hasta el fondo, sólo queda saludar a la bestia, no matarla, dejarla viva en su universo de oscuridad, y salir hacia tierras más cálidas, donde la nieve se derrite. Yo salí a duras penas, de la mano de C y sus hilos de armiño. Un pedazo del alma siempre se queda atrás… como la piel exfoliada con sales de mares muertos en la ducha de un triste hotel.

“…Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar a la obligación de pensar…”
Ciudad de Cristal, Paul Auster

Siempre vuestro, Dr J.

Sefronia: pop en oposición

THE BOMBO TOUR

—En marzo de 2006 Sefronia editó ‘ars teopática’; decidimos por vez primera desarrollar nuestro asunto en directo; primeramente y épicamente, pues hay gente con derecho a complicarse la existencia. Es nuestro estilo arrevolainar. Bonita o esperpénticamente. Yo no soy un esteta (¿y tú?).

—-Al final conseguimos sonar muy satisfactoriamente; se han necesitado unos 15 conciertos: Sefronia no es un grupo de pop, y un grupo de pop posible.

—-Cada canción fue transfigurada con y sin astigmatismo unitivo.

—-Como dice mi padre: no va a ser todo igual…

—-Desde la fase de mórula a el alumbramiento placentario, Sefronia experimentó tres mutaciones: un primer tramo acústico basado en el harmonium, el banjo y la pureza mercurial; luego llegó un batería más peligroso que un mono con un puñal llamado Javier Carmona —-también con Murky en Grimorio—- que abandonó su ascesis free londinense, donde se está alimentando de gente muy grande en la London Improviders Orchestra, Akafree y el combo polaco Lanza!; dotó a este dúo de pop alterado de brutales alteraciones rítmicas que muestran el futuro de nuestro camino de guijarros de colores. Una tercera mutación del cancionero fue definida como post-punk-electro-prog-mistérico; me parece bien, si añadimos un planteamiento de economía budista en la manera de estar en el mundo de los hombres. LO PEQUEÑO ES HERMOSO.

—-A pesar de todas las mutaciones, nuestro milagro no mutó. Adquirió un gran sentido del ritmo. Y la bipedestación.

—-Cualquier disposición de nuestra música es alquímica y terapéutica, si entendemos alquimia como acción de religar; a pesar de las acusaciones, somos hijos de la ciencia. Nuestro ex-oterismo es una consecuencia cultural. Es necesario un matrimonio entre el cielo y el infierno para detener la deflagración.

—-Con esto se cierra el tramo verde de nuestro proyecto. A partir de ahora solo Motorhead desde una perspectiva balinesa. Y algunas reflexiones sobre la necesidad de volver a una conciencia prelingüística siempre (observando a nuestra criatura).

—-¿Por qué ocultar la inspiración?

—-Lo que lees es lo que somos.

—-Lo que escuchas es panteísmo y un sentimiento de inmanencia. La gracia y el gozo de un nacimiento.

—-Vídeos, descartes y más información en sefronia.net.

—-Estos dos CDs son los primeros de un total de 10 trabajos a editar durante el año de dios de 2008, la mayoría una cosificación en material audio de 3 años de improvisación ritual en el desierto de Tabernas, o con Alondra Satori, el dúo que mantengo con JM Cidrón.

A más ver.

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