Archivos en la Categoría ‘4esquinas’

18
May

El cielo de aquel octubre | Capítulo 3

Iván el Terrible y su hijo Iván el 16 de noviembre de 1581

Capítulo 3

María había salido a ayudar en el parto de Larissa. J se quedó en casa revisando sus estudios en alemán acerca del camino de la liberación que Marx había fomentado en sus últimos años. En sus manuscritos, Marx proponía como meta el comunismo. Estos manuscritos sobre los que trabajaba los consiguió en 1920, en Stuttgart, durante un viaje a la Alemania de sus abuelos. Tenía sus trabajos sobre la mesa de madera, que desde aquella noche no dejó de cojear y de sangrar. Además de sus papeles, había un poco de sopa recalentada, pan, algo de vino y un ejemplar desencuadernado de Pushkin. La tos que le acompañaba desde hace días, no se iba.

El viejo Vasili los vio entrar. Un largo abrigo negro y gorro de marta con la estrella roja en el centro, los delataba como de la MTS. La ametralladora bajo la manga. La pistola y la porra bajo el abrigo. J escuchó el estrépito de sus pasos militares subiendo la escalera.

Aporrearon la puerta del segundo piso, uno de ellos se presentó como el sargento K. Al abrir, los tres soldados que le acompañaban, pusieron a J de cara a la pared. Registraron el piso. Tras comprobar que no había nadie, le ataron a la silla con las manos cruzadas a la espalda. Comenzó la paliza. Fue terrible. Condenado ya en su improvisado tribunal, no hubo tiempo para pedir fuerzas. Derramaron el vino como sangre derramada en el Gólgota. El pan, la sopa y sus papeles se mezclaron en el suelo. Luego fue desatado y arrastrado a golpes por el piso, como un pan que se amasa contra la roca. Injuriado, con los labios y las manos rotas, tenía los ojos tan hinchados que no podía ver. El costado le fue abierto por una navaja premonitoria. Sus piernas quebradas no le sostenían. Sentía sed, mucha sed. Todo era amargo y doloroso. Su rostro recibía la descarga implacable de unos puños cerrados con la ira del pueblo. Un pueblo vencido, sumido en una creciente polución y miseria. Un pueblo enfermo, engañado. Golpeaban incansables. Ebrios, con los ojos inyectados en sangre, como el Mikolka de Dostoyesvky apaleando a su caballo. El último golpe hizo a su cuerpo herido y roto temblar por el aire, y el crujido arrancó un rechinar de dientes. El dolor fue extremo… hasta desfallecer. El sargento K, recogió unos cuantos papeles del suelo, a escasos metros del cuerpo tendido. Cuando el charco de sangre tocó sus botas, el sargento K, dio la vuelta y salió de casa seguido por sus hombres. Al irse se limpió la bota manchada en la barriga desnuda y casual de un gato pardo que se le cruzó por delante.

Hubiera sido más fácil un tiro en la nuca, a las afueras de Moscú, y dejar que su cuerpo fuera cubierto por un manto de hojas mojadas, de esas que manchan la tierra de amarillo y luego sepultado por la nieve. Pero a alguien no le debía caer bien. Su pasado trostkista, sus trabajos, sus propuestas y sus clases en la Universidad no eran bien acogidas por el Partido.

En esos momentos, en la parte Este de la ciudad, nacía el hijo de Larissa. Se llamó Ivan, como su padre. Larissa no aguantó. Murió tras el parto, desangrada. La placenta tardaba en salir, la patrona tiró del cordón para favorecer la expulsión mientras María apretaba el abdomen con el puño. Pero la matriz se desgarró. La placenta estaba incrustada en el útero. No hubo formar de detener la hemorragia.

Las manos y rodillas ensangrentadas de María no se lavaron con sus lágrimas, ni con las de Ivan, ni con la lluvia inesperada que mojó las calles, las fábricas, las cúpulas de las iglesias y el techo del transporte urbano.

Horas más tarde, Vasili recibió a María en la escalera y le contó lo ocurrido. El cuerpo de J estaba ahora en el piso de Vasili, envuelto en unas sábanas. El anciano estuvo de pie, al lado de ella, observando el rostro desolado de María. Su mirada azul perdida en la penumbra del portal. Su mente trasladada a la granja familiar en cenizas, el mismo rencor en el alma, el mismo nudo en el pecho, la misma impotencia. Mojada, pero sin lágrimas que derramar. Agotada. Había perdido en la misma noche a J y a su hermana. Con restos de sangre en su ropa, poco le quedaba ya. Vasili la invitó a entrar, le dio unos tragos de vodka y la arropó con la única manta que tenía. El cuerpo inerte de J estaba sobre la alfombra, en frente del sillón donde no pudo dormir ella. Vasili no dejó de hablar con su mujer.

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    May
    Escrito por Dr. J. » 3 Comentarios »

    El cielo de aquel octubre | Capítulo 2

    Surikov_horseman

    Capítulo 2

    La conoció una tarde de Julio. Tenía entre las piernas una botella. Estaba sentada en un banco, cerca de la Plaza Roja. Hablaba de Trotsky con cariño. J, se sentó y ella le invitó a un trago de vodka. Sus palabras eran peligrosas, cálidas y nostálgicas. Estaba preciosa, con ese jersey negro de cuello alto y aquella falda larga. Con esa cara cansada, los ojos vidriosos y azules, y aquel mechón de pelo sobre su nariz, era un ángel. Un ángel de unos veintiséis años, una virgen ingrávida de esas que pintaba Chagall. J le pidió que hablara más bajo e inútilmente intentó cambiar de conversación. A Trotsky lo mataron ellos, lo acusaron de traidor pero podían haberlo acusado de otra cosa esos cabrones. Era tan fuerte como hermosa, y demasiado libre. Ella le contó cómo había huido hacia Moscú años atrás, desde las tierras del Volga con su hermana mayor Larissa. La granja de su padre fue quemada durante la cruzada contra los Kuacks que emprendió el gobierno. Stalin había desequilibrado la economía, apostó por un desarrollo masivo de la industria pesada y por convertir a Rusia en una potencia bélica. Fue la época del Primer Plan Quinquenal. Tuvieron que matar a las vacas que quedaron en sus tierras y dejar su casa. Muerta su madre, su padre no tardó en morir. Así llegaron las dos hermanas a Moscú. Larissa se casó con un primo suyo, minero del carbón, y ella entró en una industria textil. Hasta ese día, que la echaron por cortarle la nariz al jefe con las tijeras cuando éste le metió mano debajo de la falda, por detrás. Y allí estaba ella ahora, hablando con un extraño. Entonces J se presentó. María alzó por primera vez la cabeza de la botella y le dijo su nombre mirándolo a los ojos. Creo conocerte, dijo J, eres el nombre que susurraba cada noche al acostarme. Ella cerró su pobre discurso poético poniendo su mano en los labios, y luego le besó en silencio.

    J era un hombre alto, moreno, de familia judía. A sus treinta y siete años, de su pasado sólo conservaba algunas frases de la Torá, sus libros y el recuerdo de sus años de juventud al servicio de la Revolución. No tenía muchos amigos ahora, y no se fiaba de nadie. Pero de ella se enamoró al instante. Conocía la Nueva Filosofía, amaba al hombre sensible y real, liberado de Dios y dueño de sí. Ella poseía la fuerza necesaria para cambiar la historia, su historia. Había leído a los padres de la literatura rusa, pero sólo amó a los pocos que la invitaron a comenzar de nuevo recreando la realidad.

    J la invitó a casa, jamás pensó que se quedaría. Tenía una sonrisa preciosa, aunque nunca la oyó reír. La primera vez que la vio sonreír fue en aquella tarde de Julio de 1937, al entrar en la casa, cuando los saludó el viejo Vasili. El viejo Vasili vivía en el sótano. Siempre contaba la misma historia, que a su mujer se la llevó una luz que bajó del cielo una noche de invierno y que desde entonces, cada noche, se le aparece su fantasma para hablar con él. Su conversación era agradable, años atrás había sido guardabarrera en los ferrocarriles de Siberia. Ahora su buen gesto no podía mitigar el mal aliento de su boca. Bebía mucho vodka, y calzaba zapatillas de distinto color, una azul y otra roja. Los demás vecinos de la casa (un matrimonio mayor sin hijos, una viuda, y un militar retirado), no le hablaban. Pero él se reía de todos sentado en el retrete que había al final del pasillo, con la puerta abierta, intentando deshacerse de los restos de la exigua cena ingerida el día de antes, mientras reñía con las cucarachas por conservar su espacio vital.

    J y María llevaban cerca de tres meses juntos cuando llegó aquel fatídico 2 de Octubre que cambió sus vidas. Aquella noche era tan fría como la muerte de uno de esos niños congelados en la madrugada del domingo en que se acaba la leña.

    Capítulo 3 »

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    1
    May
    Escrito por Dr. J. » 8 Comentarios »

    El cielo de aquel octubre

    El cielo de aquel octubre

    Capítulo 1

    Hacía semanas que era otoño. La mañana, de finales de Octubre, amaneció fría en Moscú. J, miraba a María que dormía a su lado. La despertó mordisqueando su mano helada. Ella sonrío con los ojos cerrados aún. La besó, y poco a poco la saliva aliviaba el mal sabor de boca que tenía desde la noche del 2 Octubre de ese 1937.

    Como cada mañana, J se levantaba para cocer un poco de leche diariamente diluida en agua. María se quedaba en la cama un rato más, bajo un recorte de periódico enmarcado del levantamiento obrero, que ya estaba amarillo. Luego como cada mañana desde hacía dos meses, ella se aseaba en la palangana del fondo, se ponía la blusa blanca y el abrigo negro que tiene ancha la solapa. Tomaba el vaso de leche, apoyaba sus grávidos pechos sobre el hombro de J, y se despedía con un cálido beso. Él no necesitaba darse la vuelta para ver su oscuro pelo rojo desordenado en la espalda antes de ser recogido por una cinta. Era lo más hermoso que J había conocido nunca, desnuda de todo romanticismo, dando importancia a lo importante y belleza a las pequeñas cosas. María iba a su nuevo trabajo en la metalúrgica.

    Entonces J, se quedaba solo en aquel piso sin calefacción, mirando los azulejos sucios y las baldosas rotas. Baldosas negras y blancas como aquel tablero de ajedrez donde Antonov planeó el asalto al Palacio de Invierno. Pero que lejos quedaba el Instituto Smolny, St. Petersburgo y 1917. La victoria fue escasamente duradera. La utopía al servicio del Estado. El partido de 1917 tenía su fuerza en el mesianismo, el socialismo de base marxista con Lenin, Trotsky y la lucha de clases para conseguir la evolución de la Historia, el progreso, en el difícil mundo del auténtico humanismo. Pero la Revolución Rusa se quedó sola en Occidente y el socialismo a partir de entonces se improvisó. Desde 1932 ya no existía sociedad. Stalin, el fuerte hijo de zapatero, había hecho creer que él era el socialismo. Una dictadura vestida de falsedades ideológicas, una esclavitud estatalizada, y ya no había marcha atrás.

    Utilizando la metapsicología freudiana, podría decirse que el principio de escasez se impuso al principio del placer y el pueblo ruso se encerró en sí mismo, negándose al Eros, al impulso asociativo. Reprimido, enajenado, no luchó ya por transformar el mundo, sino que lo aceptó como inclemente morada. La revolución puesta al servicio de una bandera, como el Bolchevique que pintó Kustodiev. El pueblo ruso quedó herido, alcoholizado, miope y sin esperanza. Cráneos ingenuos dispuestos al pacto sellado con sangre. Gris acero, Partido-Estado, el telón se desplomó.

    J, sabía que Rusia estaba enferma. Vivía en el segundo piso de una vieja casa del bulevar Pokorvski. Consiguió el piso cuando pertenecía al Comité de la Vivienda. Ahora era profesor de Economía en la Universidad, a orillas del río Moscova. Pero pertenecía a la sección que no interesaba a Stalin. Los trotskistas se habían convertido en cabeza de turco, culpables de la mala situación social y declarados como antipatriotas. La Policía Política le seguía los pasos. Ya había comenzado la purga. Pero desde que conoció a María nada importaba más. Había llegado como un bálsamo tranquilo.

    Capítulo 2 »

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    21
    Abr
    Escrito por Dr. J. » 3 Comentarios »

    Un aviador irlandés prevé su propia muerte

    Bristol F.2B Fighter

    He subido a bordo del Bristol, los primeros escuadrones han caído bajo el fuego de los Albatros de Manfred. Volar templa mis nervios. A esta altura las cosas del mundo parecen muy lejanas. A esta altura, rodeado de nubes, voy al encuentro de mi destino. El motor ruge para mantener el equilibrio. No odio a aquellos contra los que combato, y tampoco amo a todos a los que defiendo. Mi tierra está en Kiltartan Cross y pertenezco a los pobres de Kiltartan. Termine como termine esta guerra, mi pueblo no perderá más de lo que ahora tiene, ningún final le hará más feliz, nada ganará cuando esto haya acabado.

    Me alisté como un soldado más, un hombre que vive la vida según el tiempo y el lugar que le ha tocado vivir. No me alisté por deber, ni me obligó ninguna ley. No me alisté por los políticos, ni porque al regresar hubiera una muchedumbre enardecida esperando. Me alisté por un solitario impulso, por una débil alegría, por vivir la vida que me ha tocado vivir.

    La nubes se abrazan formando tumultos blancos y grises. Al fondo el sol abre agujeros en el cielo. Antes de volar lo medité, lo he valorado todo, todo lo he tenido presente. La vida de un hombre se puede rastrear por sus actos. La vejez es una locura. Un viejo que no esté loco no ha vivido lo suficiente. Veo las colinas abajo, como verdes sueños sin moraleja. Respiro. Intuyo el silencio más allá del ruido de este motor. Veo el porvenir y es un porvenir estéril, un aliento malgastado hace años, años pasados. Es inútil este aliento cuando sopeso esta vida, cuando aprecio esta muerte que me espera.

    Este relato es un homenaje a la soledad de la condición humana. Está inspirado en el poema homónimo de William Butler Yeats, publicado en 1919, en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. Yeats, irlandés, poeta lírico y esotérico, vivió arraigado en su época y participó como político en la vida pública. Recibió el premio nobel en 1923. Pound lo admiraba por su sentido del tiempo.

    AN IRISH AIRMAN FORESEES HIS DEATH

    I know that I shall meet my fate
    Somewhere among the clouds above;
    Those that I fight I do not hate,
    Those that I guard I do not love;
    My country is Kiltartan Cross,
    My countrymen Kiltartan’s poor,
    No likely end could bring them loss
    Or leave them happier than before.
    Nor law, nor duty bade me fight,
    Nor public men, nor cheering crowds,
    A lonely impulse of delight
    Drove to this tumult in the clouds;
    I balanced all, brought all to mind,
    The years to come seemed waste of breath,
    A waste of breath the years behind
    In balance with this life, this death.

    W. B. Yeats

    Siempre vuestro, Dr J.

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    19
    Mar
    Escrito por Dr. J. » 6 Comentarios »

    La primera noche y el temblor

    pedro

    Llegó la noche del primer día y con ella el temblor. El temblor de una vida recién nacida en una cuna, acostada a la vera de sus padres. La noche que trae oscuridad y sueño a los rostros cansados, que trae la calma y el temblor de tres seres que comienzan a conocerse desde el principio. Nace el hijo y también nacen los padres que miran la noche como si todo fuera nuevo, contemplando cada minúsculo movimiento de su hijo, el compás de su respiración, la fuerza de su llanto. Lleva tres horas durmiendo, lo despierto o lo dejo descansar. Lleva tres y cuarto, lleva cuatro. Poco a poco se acostumbran los ojos a verlo, como las pupilas se adaptan a la oscuridad. Tras el temblor, los dedos rosados de un dios joven traen al mundo las primeras luces. La primera noche ya ha pasado. Ahora comienzan los tres una nueva vida.

    Y así los sentimientos dan lugar a los nombres. Dedicado a Pedro y a sus padres P y P. Dedicado a los que estrenan o han estrenado paternidad. Os dejo las palabras de un poeta, las palabras que brindó Miguel Hernández a su hijo. Os dejo con la tercera parte de su poema tríptico “Hijo de la luz y de la sombra…”. La primera alude al mediodía, la segunda a la noche. Mediodía y noche, hombre y mujer, tierra y cielo, semilla y fecundidad, se unen en un ritual sagrado que santifica al mundo, que lo dota de belleza y que da lugar a un nuevo ser, que será llamado hijo, que dominará la tierra, el día y la noche, que terminará lo que aún no está terminado. Y con esto me despido por una temporada donde pretendo practicar con sencillez el abandono. Un abrazo a todos.

    “Tejidos en el alba, grabados, dos panales
    no pueden detener la miel en los pezones.
    Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
    luchan y se atropellan con blancas efusiones.

    Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
    hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
    Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
    tú toda una colmena de leche con espuma.

    Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
    laboriosas abejas filtradas por tus poros.
    Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
    junto a ti, recorrida por caudales sonoros.

    Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.
    Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
    Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
    verían que grabada llevo allí tu figura.

    Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
    fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
    en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
    en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.

    Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
    laten junto a los vivos de una manera terca.
    Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
    que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.

    Haremos de este hijo generador sustento,
    y hará de nuestra carne materia decisiva
    donde asienten su alma, las manos y el aliento,
    las hélices circulen, la agricultura viva.

    Él hará que esta vida no caiga derribada,
    pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
    que de nuestras dos bocas hará una sola espada
    y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.

    No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia
    y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
    Porque la especie humana me ha dado por herencia,
    la familia del hijo será la especie humana.

    Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
    seguiremos besándonos en el hijo profundo.
    Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
    se besan los primeros pobladores del mundo.”

    Miguel Hernández, del libro “Cancionero y romancero de ausencias”, 1942.

    Siempre vuestro Dr J.

    19
    Feb
    Escrito por Dr. J. » 6 Comentarios »

    Suerte, deber y privilegio

    suerte

    Por suerte tengo amigos que miran a la cara, con los que puedo hablar de las cosas importantes. De la vida y su alquimia, los milagros y los abismos cotidianos. A veces sigo andando como si no me enterase de nada. Pero no creas que estoy ciego por no ver crecer aquellos tulipanes. Las palabras adecuadas son laberintos con ventanas. Suerte de poder refrescarme con el agua en ese lugar que es cobijo y es calma. Haremos lo que podamos hacer para no volver a arrastrarnos por los senderos de esa tierra deshabitada. Suerte de poder ver el sol más allá de la tarde nublada. Suerte de ver a la dama del lago mirarme desde el agua antes de menguar. Suerte de tener amigos, deberes y privilegios. Caminos que vienen por mí. Telarañas que adormecen el color amarillo de mis paredes desnudas. Suerte de la presión precisa, de la sombra de un contrabajo, de la voz del negro ese que canta. Tengo la buena educación y la buena suerte de beber por igual con los que beben sin consejos en los bares abiertos o cerrados. Tengo el deber y el privilegio, sigo cumpliendo los compromisos de mi contrato, cedo mi sueño por un saliente sin espinas. Veo como mis manos exploran pechos desnudos y arrugados. Tengo el privilegio de poder auscultarlos. Como mis amigos sigo un poco más cuerdo, un poco más desgastado, un poco más serio, un poco más mejorado. Ahora no conozco otra forma de poder volver a rozarme con la vida. El orgullo sólo merece la pena cuando pides perdón con el corazón abierto. No sé hablar de otro modo que no sea esta poesía errática, estas palabras desgastadas que durante siglos han sobrevivido para poder hablarte. Tengo suerte de sufrir y reír, porque ya nada me pone triste, ni siquiera estar tan lejos. Vamos en ese coche de gasolina heredado, a través de la noche, dejando carteles atrás de pueblos invisibles, con las luces desviadas, a todo meter con la sonrisa en los labios y una buena conversación, una carretera a una nueva dimensión, de viaje juntos al fin de la noche con una cinta de buckley en la guantera. Gracias que no había puntos ni carnet. Asfalto donde parar y tumbarse para ver un poco mejor la estrellas. Suerte de que el mar tenga orillas donde poder revolcarse y emborrizarse de arena y espuma de cerveza. Vómitos al ritmo de las mareas. Pescadores alumbrando bajo la luna nuestras matrículas impúdicas. Flashbacks, mejicanos, flores para su señora madre, tequila, vinillo güeno, salchichón y arpón gyn, absenta y animalarios defenestrados en las barras de los lobos, omega en los olivos del pantano del negratín, azoteas que miran al desierto, barrancos donde caerse es tan fácil como llorar por dentro, torres de botellines en los patios de la facultad, posturas fetales de madrugada aferrando la vida pegada a una botella de güisqui, párrafos de libros ocultos abiertos por donde el ojo encuentra las ruinas de lo devastado a esas horas indecentes de la noche. He visto al silencio, la suerte dando vueltas en una ruleta verde. No hay dinero para lo chicos que no juegan. Suerte es decir poco o mucho, cuando uno tiene amigos con los que se puede hablar de lo que tiene importancia.

    Siempre vuestro, Dr J.

    12
    Feb
    Escrito por Dr. J. » 8 Comentarios »

    Papeles rotos y gangrena

    Anatomia del cuerpo humano de Juan Valverde de AmuscoEl filo del papel corta, pero al mancharse de sangre se ablanda y no consigue terminar su tarea de cuchillada reciclable. Es mejor una segueta para cortar cartón y un hacha para astillar los huesos de un cerdo muerto en las sierras de Aracena. Cortar por lo sano es difícil cuando el mal se ha extendido. La gangrena en la pierna del que ha caído mutilará cada miembro. A veces es demasiado tarde. Cuando rompes un papel en dos y luego en cuatro y luego, con los trocitos irregulares que quedan, te haces el forzudo y los vuelves a dividir. Si era una carta no merece la pena reconstruirla, ni siquiera si era del banco, es mejor tirarla. Tirar los papales rotos… incluso reciclarlos. En el bosque de noche, es más fácil realizar trucos de magia. Trampas de papel en la espesura, papeles blancos con hilos dorados… ya no me creo nada, aunque uses las palabras apropiadas. Las letras en un papel son para romperlas o mojarlas. Ya no hace falta cobijo. El papel adelgaza. Un avión en invierno volará hasta arrastrarse por el suelo y no volverá a elevarse si se mancha de barro, se quedará tirado como si estuviera descansando, falto de cariño y sin poder rezar. Papeles rotos de un divorcio, de un negocio, de una factura dental, de una lista de la compra, de un coche que no termina de arrancar. Papel con polvo de ángel enrollado en un manantial. Papeles rotos de babel en el collage, cuarteados como el dolor de los demás. Papeles rotos después de regalar un mundo de colores y pegatinas. Papeles en un cuarto menguante que esperan la llegada de la luz. Papeles rotos dando vueltas en la calle, envoltorios de bagatelas. Pliegos amontonados en bibliotecas, salas de archivos inmensas de hospitales que nadie leerá. Papeles rotos que a veces se aparecen en la memoria.

    A veces no se necesitan papeles rotos para olvidar. Hace años, en un pueblo de México, un hombre de unos treinta, alcohólico y diabético, volvía a su casa. En la cantina bebió tequila, cerveza y mezcal amarillo. Volvía tambaleándose en la noche y le dio un apretón. Se sentó en el retrete del patio a descargar el contenido de sus intestinos irritados. Durante el desahogo notó un pinchazo en esa región oscura que se llama periné. Quedaba algo de papel roto de periódico para limpiarse. Se fue a la cama a dormir la borrachera. Al levantase tenía fiebre y un dolor increíble en los huevos. Al verse, apreció una mancha negra que se extendía. Se fue al hospital. Un joven estudiante de medicina lo atendió en urgencias. La exploración revelaba una mancha inmensa negra que consumía la región genital y la deformaba. Desprendía un olor a muerte urgente. Entró en quirófano y falleció en unas horas. Era una gangrena de Fournier provocada por la picadura de una viuda negra. Los gastos de la atención y el óbito endeudaron a la familia. Esa historia es ahora un papel más sepultado en un archivo. Papeles rotos que hoy se agolpan en mi cabeza. Ahora creo que voy a salir a dar una vuelta. Estoy harto de esperar papeles rotos en la puerta de mi casa. A veces creo que el papel debería hacerlo todo más sencillo… pero no es tan fácil, porque algunos trozos de papel siempre se quedan pegados a la sangre y a la gangrena.

    Siempre vuestro, Dr J.

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    30
    Ene
    Escrito por Dr. J. » 17 Comentarios »

    Naufragios

    naufragio

    Tus sueños hablaban alto. Desde pequeña lo supiste. Cuando dormías veías subir la marea, crecer sobre el mar la inmensa tormenta antes de volar. Veías las olas romper sobre el arrecife. Veías las redes rotas sobre las aguas tumultuosas y grises. Mástiles y velas, motores de gasolina, quillas de barcas flotando en la resaca de pleamar. Veías los naufragios en tus sueños y luego te ponías a llorar. Al principio no lo decías, sólo salías a la puerta de la casa, o te ibas a las rocas del faro, más allá del espigón, para confirmar los desastres. Cuando sucedía lo que temías no era como verlo de nuevo, era más bien como recordarlo. Luego lo dijiste una mañana cuando desayunabas leche con pan migado. Lo dijiste alto. Tu madre te abrazó con cariño y secó con su mandil tus lágrimas desatadas. Termina de comer, no te preocupes, sólo es una pesadilla. Lo peor fue confirmar la noticia al llegar la tarde, con el redoble de las campanas de la iglesia que llamaban a las velas y a la tristeza de una noche sin dormir. Tu augurio no era una locura, pero eso no te reconfortaba. Los presagios que llegaron fueron dando peso a tus sueños. Te hiciste mayor y tus augurios salvaron vidas de hombres crédulos e incrédulos. Antes de salir muchos barcos esperaban en tu ventana el mensaje agorero de tus ojos. Si en tu cara no había lágrimas, echaban las redes a la barca y salían a pescar. Tu casa se llenó de ofrendas y el mar dejó de arrastrar restos de naufragios, vasijas, anclas… tan sólo de vez en cuando se pudo ver morir un delfín en la playa.

    Pasado el tiempo soñaste otros desastres. Pero ya no hubo más naufragios. Cuando el amor llegó una vez a tu ventana el mundo dio vuelco. Todo se perdió y a veces soñabas con lo que nunca fue. Era como si los dioses te hubieran devuelto el regalo de la ceguera. Se marchó tu don y tu tristeza. Tus sueños se llenaron de flores y árboles crecidos en la tarde. La primavera fue dejando a tu paso coronas de agua. La brisa sonrosó tus mejillas. Ibas y volvías con los andares de una mujer qe le sonríe al mundo. Pero tu belleza insultó al cielo. Tu amor fue a la mar una mañana que tú soñaste besos y mordiscos indecentes. Te traicionaron tus sueños y se perdieron tus ojos. Ese día hubo tormenta y el agua se tragó lo que había en ella. Las campanas te destrozaron el alma. Tus ojos se secaron de tanto llorar.

    Ahora ya nunca dices lo que sueñas… ni siquiera se sabe si has dejado de llorar. Te fuiste a un pueblo cerca del desierto. Las dunas enterraron tu dolor. La terraza te bendijo con vistas al vacío. Sólo cuando pasaron algunos años, una tarde, en medio del silencio, en mitad del desierto, empezaste a ver árboles y oíste de nuevo el rumor del mar.

    “Los estandartes rojos se fueron haciendo más nítidos, y cuando los raudos pesqueros que avanzaban hacia alta mar se aproximaron al Kamikaze-maru, las voces de los cantores transportadas por el viento se hicieron casi estridentes. Una vez más, Chiyoko se repitió: me ha dicho que soy bonita”

    El rumor del oleaje, de Yukio Mishima (1925-1970)

    Un sueño puede limpiar el cielo y el mundo. Dedicado a la abuela de Pedrito Sosa. Dedicado a las mujeres que sueñan… que nunca dejen de hacerlo.

    Siempre vuestro, Dr J.

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    14
    Ene
    Escrito por Dr. J. » 12 Comentarios »

    El Hilo

    hilo

    La mañana amaneció de niebla. Una niebla fría y espesa, que aturdía los sentidos y hacía que todo pareciera más lejano y distante. Era un día de primeros de enero. Comenzó la guardia como siempre, con el ceño fruncido, esperando las llamadas de los enfermeros, sin miedo y tranquilo, como don Tancredo esperaba el toro inmóvil en el centro de la plaza. Pasó por los controles de enfermería, paseó por la planta y saludó al personal con un gesto. Todo parecía calmado. Vio un par de analíticas, repasó unas cuantas historias y luego se fue al despacho. Al rato alguien entró. Le sonaba la cara, era un paciente que hacía años no veía. Lo había diagnosticado de una rara enfermedad, sobre todo para un hombre, como era el lupus. Le preguntó cómo se encontraba. El interlocutor hablaba despacio, con un tono de voz apagado como por una sordina de trompeta, le dijo que al final todo se complicó por el riñón, pero le agradeció su ayuda en aquel tiempo y le dijo que ahora estaba bien, que sólo quiso saludarlo. Como vino se fue. Luego entró otro, un paciente joven con una infección por VIH en estadio terminal, con poco aliento para respirar, cansado y enflaquecido por el virus, sólo quería un poco de agua, unas palabras y un cigarrillo. Al salir entró un paciente con cáncer que diagnosticó hace tiempo, ya extendido, con su esposa a su lado. Les recetó morfina para sofocar los quejidos y quebrantos del cuerpo resentido, cogieron el papelito y se marcharon con una sonrisa. Así fueron pasando enfermos hasta la hora de comer. La niebla seguía abrumando la ciudad donde el sol ya debía estar alto. No tenía hambre, así que paseó por los alrededores del hospital. Luego subió de nuevo a la planta. Cogió unos números atrasados del New England y los estuvo ojeando hasta media tarde. Le extrañó no recibir llamadas de urgencias, así que bajó al sótano donde estaban las consultas. Paseó por ellas despacio, casi ajeno al habitual ajetreo de camillas y pacientes. Miraba el quehacer de sus colegas, el trabajo de las enfermeras con los enfermos, auxiliares manipulando sondas y pañales, celadores llevando carritos y camas. Se acercó a leer las historias de algunos pacientes, un internista no sabe decir que no a un paciente ni a un problema. Llegó la hora de cenar y se dirigió al comedor. Había poca gente y no los conocía. No había ningún compañero de su promoción, eran médicos jóvenes los que cenaban entre animadas charlas sobre enfermos, mujeres, deportes y blasfemias al gerente. Cogió una naranja y se fue de nuevo a su despacho. La noche había llegado pronto. La niebla no se disipaba. Intentó llamar a casa, pero el móvil se había quedado sin batería. Encendió el ordenador y consultó su correo. Anuncios de viagra y de revistas musicales con las últimas novedades del mercado. Hacía tiempo que no recibía correos de sus conocidos. Visitó páginas de amigos, blogs de literatura, de viajes, de música, de chulopollas dando lecciones de sabiduría. Así se adentró la noche en sus ojos. Se asomó a la ventana y vio las luces de la ciudad aplastadas por esa incesante niebla. Ya era tarde, pero no tenía sueño. Era como si las ganas de dormir se hubieran marchado. Sin embargo tampoco tenía ánimo para hacer nada más. Se encontraba vacío, repleto de demasiadas experiencias suicidas, de demasiado dolor, de demasiados ardores de estómago, de demasiadas oportunidades disponibles en estas guardias tan largas. Demasiados amaneceres contemplados desde la atalaya del insomnio. Se fue al cuarto a descansar un rato. Se tumbó en la cama con los ojos abiertos. Pensó en sus padres, en la recogida de aceituna de su pueblo, que siempre fue más tardía, y en aquellas tardes de fiesta que hace tanto dejó atrás. Pensó en su mujer, en las raíces que el viento no arrancará. Pensó en eso y en otras cosas.

    A la mañana siguiente la niebla se fue despejando con los primeros rayos de sol. Notó algo raro en su aliento. Se miró a sí mismo. Fue entonces que descubrió su pecho manchado por un hilillo de sangre. Fue entonces que supo reconocer el porqué de aquellas extrañas cosas. Ese era el hilo que unía el corazón al alma. Lo que no supo determinar fue el tiempo que llevaba roto.

    “El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida. Con tal de que no sea una nueva noche, pensaba él. Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrase con sus fantasmas. De eso tenía miedo.”

    Pedro Páramo. Juan Rulfo.

    Siempre vuestro Dr J.

    Imagen original

    8
    Ene
    Escrito por Dr. J. » 9 Comentarios »

    La ciudad y el laberinto. New York

    Nueva York

    Caminé por New York. Caminé como quien camina por un diagrama, recorriendo sus calles rectilíneas, su laberinto de manzanas, la ciudad de cristal que Auster nos reveló a través de su detective metafísico. Al llegar me dirigí como una polilla a las luces de Times Square, con sus luminosos de a millón de coca-cola y panasonic. Esperaba encontrarme un negro saxofonista en cada farola, exhalando melodías de Coltrane, pero sólo encontré la música apilada en los tres pisos de la Virgin. Los musicales de Broadway con sus miserables y sus jovencitos frankensteins, estaban en temporada alta, mientras un dragón con el aliento congelado te invitaba a descubrir las maravillas del lejano oriente en una función corredera de candelas y duermevelas. De cena hamburguesa reseca con salsa de Jack Daniel’s número 7. Techos altos y paredes estrechas, me dieron cobijo en un hotel durante una semana. En las mañanas salía a la calle en busca de un café americano en el Starbucks, con su raspberry, para calentar las manos y el cuerpo en esa maldita semana de frío y nieve congelada. En New York siempre olía a comida, comida de puestos callejeros, hot dogs y carne turca. Las alcantarillas vomitaban nubes de vapor que envolvían las ruedas de los taxis amarillos. De medio en medio, se oían todas las lenguas de las aves migratorias que perdieron su vía de regreso. Alguien rumoreaba en un castellano medio loco que hay quien dejó el camino por seguir la vereda. De visita al barrio de Chelsea, se me hacía indispensable entrar en el Chelsea Hotel, con sus placas en las paredes de quienes lo habitaron, de Dylan Thomas a Tom Wolfe. En sus habitaciones Syd Vicious asesinó a su poco virtuosa novia, Cohen se benefició a Janis (eran feos, pero tenían la música), Keruack escribió de un tirón su camino en un roído pergamino y Dylan compuso su sad eyes lady of the lowlands para ti. De ahí hasta el fondo estaban los puertos del río Hudson y el mercado de la carne, que siempre expone al comprador sus pequeños milagros. Si se bajaba, se llegaba al downtown, a la zona cero, a Wall street, y a los jardines de Battery Park, donde se podía ver la estatua de la libertad temblar de frío. La noche llegaba siempre pronto, así que o te refugiabas en un triste pero iluminado bar a emborrachar tu cuerpo con una insípida cerveza, o te ibas a dormir. Al día siguiente, nuevo café y nueva disposición a ver la ciudad por dentro. Una de museos en la parte alta, el MoMA, cerca de la quinta, presentaba dinosaurios de madera y mujeres contundentemente feas pintadas por Picasso. Rothko ponía la sobriedad y Warhol la sopa fría. Luego a pasear por la quinta avenida, con sus tiendas de lujo y sus torres imposibles aguijoneando el cielo. En Tiffany´s, la dulzura de Audry la sustituían las espaldas de un fornido guarda de seguridad. Era difícil imaginar en estos tiempos navideños la llegada de Cristo con tantas luces, con tantos brillantes, con tanto ruido de agoreros, con tanto estruendo, con tantas calles decoradas con palmas y flores de Cartier. Tal vez hubo un silencio antes de Manhattan. Luego a comer en algún lugar del mundo, por ejemplo Italia. La tarde se podía pasar coleccionando sirenas de barrio o leyendo libros prestados en una biblioteca custodiada por leones de piedra. La noche se mereció esa vez un pequeño espectáculo en Broadway. Tras soñar con espejos, la ciudad te volvía a citar. Central Park escondía un campo de fresas, un imagine para Lennon, una Alicia desmedrada en su estanque, con un conejo a deshoras, mudas setas que escondían excitadas caricias y ardillas curiosas que fumaban hierba bajo el castillo de torres almenado. A un lado el edificio maldito de Dakota, con los tiros que mataron al bueno de John, al pie donde se rodó el nacimiento de la semilla del diablo (tenía los ojos de su padre). El museo de historia natural escondía animales paralíticos y piedras y huesos que hacen música. Al otro lado estaba el Metropolitan, el barrio del East Side y el puente de Queensboro, donde podías sentarte un rato en sus bancos, y charlar con Woodie Allen de sus últimos fracasos. Más al sur de esa rivera, estaba el puerto y para comer sentó bien algo de comida cubana. Por la noche un paseo por el puente de Brooklyn, un café en la casita de sus orillas viendo las luces de la ciudad desparramarse por el cielo. Para terminar en la azotea del Empire, leyendo en su antena las huellas que dejó King Kong. La aurora de NY tenía, como pensó Lorca, cuatro columnas de cieno, y cuando llegaba nadie la recibía en ese reino de números y leyes, sin mañana ni esperanza posible. Así, se recorrían a veces sus calles verticales, sus inmensas escaleras. Se podía respirar en calles más bajas por el Village, cuna del jazz, de artistas y homosexuales. Al final de la Gay Street, se me antojó comer en un restaurante griego. En el hospital de St Vicent, Poe se curó de un resfriado y Dos Passos cogió un billete para ninguna parte. El Village Vanguard escondía la vida de negros santos que hacían sonar trompetas en las puertas del cielo, con sus pecados, con sus mujeres de notas y pies ligeros a las que escribir canciones de amor. Otra nueva mañana te permitía recorrer el SOHO de compras, con su apple store de dos plantas, y sus DKNYs y sus CKs y sus queridas madres y más… hasta un bonito belén colombiano con tejas de arcilla roja. Bares de tapas y pliegos grasientos de aceites medicinales. Cachivaches y reliquias postpunk en la ciudad que no te dejaba dormir. Podías seguir paseando, recorrer mil calles, sus barrios y sus fachadas de hierro colado… podías coger su metro o vagar por su superficie, podías volar o mirar siempre adelante… podías ver lo que quisieras ver… hasta su vida oculta de alcantarillas, de mendigos sin hogar, con el lema no direction home cosido en la solapa del abrigo, miles de mutilados de guerras antiguas que se consolaban con un donut herido en su centro. Gente invisible que se suicidaba a media voz en las orillas de los lagos de central park, almas presas en los móviles que decían te quiero antes de caer de las torres del mundo, almas que resbalan en la pista de hielo del Rockefeller. Mercado y puerto, hotel y burdel. NY era y es lo que uno quiera.

    Cuando paseas por sus calles es posible desentrañar su laberinto, si llevas en una mano el hilo de Ariadna y en la otra la espada de Minos. Así podrás llegar a su centro, mientras llegas al tuyo, cuando te duelen los pies debes seguir caminando y no perder ningún encuentro. Y después de llegar hasta el fondo, sólo queda saludar a la bestia, no matarla, dejarla viva en su universo de oscuridad, y salir hacia tierras más cálidas, donde la nieve se derrite. Yo salí a duras penas, de la mano de C y sus hilos de armiño. Un pedazo del alma siempre se queda atrás… como la piel exfoliada con sales de mares muertos en la ducha de un triste hotel.

    “…Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar a la obligación de pensar…”
    Ciudad de Cristal, Paul Auster

    Siempre vuestro, Dr J.

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