El cielo de aquel octubre

El cielo de aquel octubre

Capí­tulo 1

Hací­a semanas que era otoño. La mañana, de finales de Octubre, amaneció frí­a en Moscú. J, miraba a Marí­a que dormí­a a su lado. La despertó mordisqueando su mano helada. Ella sonrí­o con los ojos cerrados aún. La besó, y poco a poco la saliva aliviaba el mal sabor de boca que tení­a desde la noche del 2 Octubre de ese 1937.

Como cada mañana, J se levantaba para cocer un poco de leche diariamente diluida en agua. Marí­a se quedaba en la cama un rato más, bajo un recorte de periódico enmarcado del levantamiento obrero, que ya estaba amarillo. Luego como cada mañana desde hací­a dos meses, ella se aseaba en la palangana del fondo, se poní­a la blusa blanca y el abrigo negro que tiene ancha la solapa. Tomaba el vaso de leche, apoyaba sus grávidos pechos sobre el hombro de J, y se despedí­a con un cálido beso. Él no necesitaba darse la vuelta para ver su oscuro pelo rojo desordenado en la espalda antes de ser recogido por una cinta. Era lo más hermoso que J habí­a conocido nunca, desnuda de todo romanticismo, dando importancia a lo importante y belleza a las pequeñas cosas. Marí­a iba a su nuevo trabajo en la metalúrgica.

Entonces J, se quedaba solo en aquel piso sin calefacción, mirando los azulejos sucios y las baldosas rotas. Baldosas negras y blancas como aquel tablero de ajedrez donde Antonov planeó el asalto al Palacio de Invierno. Pero que lejos quedaba el Instituto Smolny, St. Petersburgo y 1917. La victoria fue escasamente duradera. La utopí­a al servicio del Estado. El partido de 1917 tení­a su fuerza en el mesianismo, el socialismo de base marxista con Lenin, Trotsky y la lucha de clases para conseguir la evolución de la Historia, el progreso, en el difí­cil mundo del auténtico humanismo. Pero la Revolución Rusa se quedó sola en Occidente y el socialismo a partir de entonces se improvisó. Desde 1932 ya no existí­a sociedad. Stalin, el fuerte hijo de zapatero, habí­a hecho creer que él era el socialismo. Una dictadura vestida de falsedades ideológicas, una esclavitud estatalizada, y ya no habí­a marcha atrás.

Utilizando la metapsicologí­a freudiana, podrí­a decirse que el principio de escasez se impuso al principio del placer y el pueblo ruso se encerró en sí­ mismo, negándose al Eros, al impulso asociativo. Reprimido, enajenado, no luchó ya por transformar el mundo, sino que lo aceptó como inclemente morada. La revolución puesta al servicio de una bandera, como el Bolchevique que pintó Kustodiev. El pueblo ruso quedó herido, alcoholizado, miope y sin esperanza. Cráneos ingenuos dispuestos al pacto sellado con sangre. Gris acero, Partido-Estado, el telón se desplomó.

J, sabí­a que Rusia estaba enferma. Viví­a en el segundo piso de una vieja casa del bulevar Pokorvski. Consiguió el piso cuando pertenecí­a al Comité de la Vivienda. Ahora era profesor de Economí­a en la Universidad, a orillas del rí­o Moscova. Pero pertenecí­a a la sección que no interesaba a Stalin. Los trotskistas se habí­an convertido en cabeza de turco, culpables de la mala situación social y declarados como antipatriotas. La Policí­a Polí­tica le seguí­a los pasos. Ya habí­a comenzado la purga. Pero desde que conoció a Marí­a nada importaba más. Habí­a llegado como un bálsamo tranquilo.

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8 Comments

  1. Este relato tiene muchos años (primera época universitaria), pero aún conserva su encanto y su frescura… por eso no lo he modificado (aunque muchos opinan que el éxito del escritor está en las correciones). Así­ que gracias J por publicarlo… y hacerlo a la antigua usanza, por capí­tulos. El nombre del protagonista, aunque bien podrí­a ser un homenaje a su persona, no tiene relación con el í­nclito maestro de bruto… es más bien un recuerdo kafkiano a los mitos de Occidente. Así­ que gracias de nuevo y espero que os guste.
    Saludos.

  2. Te lo puedes imaginar, pero te lo digo: a mí­ me ha encantado, como es natural. Sólo puedo añadir que los bolcheviques seguidores de Trotsky fueron perseguidos porque eran los únicos que tení­an una alternativa socialista viable al totalitarismo de Stalin. Y que Stalin no surge porque sí­, sino que es el representante de la casta que secuestró el socialismo soviético, la burocracia travestida de «bolchevismo».
    La descripción de la casa como ejemplo de la roña que se come a la URSS en aquel momento es muy potente, doctor. Espero impaciente el segundo capí­tulo.

  3. Recuerdo cuando leí­ este relato, era lo primero que leí­a tuyo en prosa, aparte de tus apuntes. Todaví­a hoy me encanta.

  4. Inegable acierto J publicar el Cielo de aquel Octubre. Dr. J sabe que para mi es una de sus creaciones mas queridas.
    Para los que no conocen el texto animo a esperar todas las entregas y al final leerlas todas en conjunto. Como el vino, primero pruebas una copa de una buena botella, luego tomas otra para saborear y deleitarte, luego otra para regocijarte y posteriormente te pide otra botella y te la trincas del enterita para emborracharte con un buen vino

  5. Vengan más entregas… Dr. J, pensaba que era un texto actual, enhorabuena. Y más vino al borrachuzo, claro que sí­.

  6. Si desde luego sabe a poco, no creo que pueda ser capaz de seguir el consejo del doctor Babinsky y esperar hasta el final. Crataegus Monogina

  7. Espinoso pero correcto comentario, Sr Crataegus. Imagino que sus espinas se benefician de otro tipo de aire.

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