Archivos en la Categoría ‘4esquinas’

29
Ago

Perfiles

perfilesDel perfil de un rey se obtiene el perfil de un pueblo. Del perfil de un maestro se dibuja el perfil de la mueca de un niño detrás de sus libros. Del perfil de una montaña, se obtiene el perfil del mar. Disperso, de tu perfil se obtienen los silencios de la noche y el silbo de los pájaros que te encierran en su círculo del cielo. Siguiendo a un burro encontré un pueblo. Siguiendo tus pasos encontré un desierto. Escritura ficticia de orillas dispersas. Confuso, en los tiempos de la furia, busqué cobijo bajo el volcán. Ni que decir tiene que la bruma de brasas calcinó mis pulmones, y mis ojos se incendiaron en ausencia de ti. Maravilloso jardín de cenizas, era el paraíso perdido de los elefantes y sus enigmas. Del perfil de la lava se obtuvo el perfil de las cosechas. Del perfil de las tinieblas se obtuvo el perfil de la vida que reposa. En el insomnio de lo por fin desconocido, me atrevo ahora a plantarle cara al silencio.

Escuché con los ojos cerrados una tarde de viento y no encontré la respuesta a tu pregunta. El viento no me dijo de dónde venía, pero me abrió el corazón en gajos de una naranja ensangrentada. Un salto mortal era el perfil de la concha de una caracola. La muerte me pareció tímida en su llamada, y mi corazón abierto se cerró. Del perfil de aquellos días se obtuvo el perfil de los verdes campos. La mañana es el perfil de la tarde, una tarde de la mano de nadie. Lánguida se extingue la luz del fulgor transparente. Desde el lago donde beben los pumas grises al diluvio de lágrimas del amazonas. La ostentación pide permiso para irse a la cama, y mi juventud se arrincona en una esquina del tiempo. Arde la derrota. Arde el deseo del idiota. Arde el amor incombustible. Sueña Ícaro alas de cera. Sueña el niño caballos de madera. Sueña ella en el umbral de los besos.

drjperfiles.jpgCaminan los tristes de forma triste y a veces los ojos ya no sienten. Añoro el día que anunció en su perfil de muerte, la muerte de los días. Camina la noche en la línea rota de su sueño. Quebrada la espalda con mi semen blanco y rojo. A un lado el perfil violento del deseo, y al otro el nombre de una ausencia sin nombre. Nada más se obtiene de lo que ya no es un regreso, sino una decadente resignación. El perfil de lo que se fue. El perfil. El perfil de un humo impreciso exhalado donde dormitan los enfermos. Sueño perfiles salvajes donde habita la enfermedad. No soy culpable de descuidos, soy cuidador de sonrisas y mal hacedor de camas. El perfil de un barco es el perfil de un verso celador del insomnio. Alerta buscando estrellas en la tarde, veo el perfil de las estatuas congeladas de añoranza e infortunio. Del volcán escapé. De la lluvia no. Ahora noto cómo crece discreta en mi pecho una trompeta de oro. La vida se pierde a veces como el humo. Del perfil de mi trompeta surge el perfil de la tormenta. Esparadrapos de granizo, la multiplicación esconde la sangre de un pez. Al irte, de tu perfil se obtuvo mi perfil.

Prepara tu esqueleto;
hay que buscar de prisa, amor, de prisa,
nuestro perfil sin sueño.”

Ruina. Poeta en Nueva York. F. G. Lorca

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  • 7
    Ago
    Escrito por Dr. J. » 4 Comentarios »

    La Ciudad de las Columnas

    La Ciudad de las ColumnasEl cielo estaba nublado por los vientos del Atlántico. A vista de pájaro la ciudad de la Habana se antoja extensa como una mancha de cera derretida. Estaba atardeciendo cuando decimos ir a cenar a La Torre, un restaurante situado en la última planta de un pequeño rascacielos. La Habana estaba iluminada por mil lucecitas. En Cuba la luz no se va, sino que viene a veces, y esa noche las farolas iluminaban la ciudad perfilando el límite del océano. Tras la cena nos zambullimos en la noche cubana. El taxi era un moskovy ruso de los años setenta, con un hueco en el suelo por donde se veía las pisadas sobre el asfalto. Pero había buicks y algún cadillac. Los coches no pueden venderse ni comprarse, se heredan. Las piezas para su reparación sólo existen en esta ciudad que se perpetúa a través de sus moldes. El Gato Tuerto fue la primera estación. Un mojito escuchando boleros en la voz rota de una vieja mulata. De ahí al delirio habanero. Las jineteras se acercaban sinuosas, ofreciendo sin remilgos los secretos de su intimidad erótica. Se sucedían en su asedio, unos cuantos pesos bastaban para detener la batalla, una habitación alquilada en una casa sin puertas era el tálamo, antes de que la corneta del cazador sonase para romper la noche. Con sabor a Ron y salsa llegó el amanecer. Por la mañana merecía la pena recorrer la ciudad. Siguiendo el rumor de los bares que frecuentó Hemingway, tomamos un daiquiri en la Floridita, un mojito entre los grafitos de la Bodeguita de en medio. Desde la Terraza de Ambos Mundos, la catedral que imaginó Borromoni sobresalía con su baño de tejas. Las calles de una arquitectura imperfecta, huían de los vientos y buscaban la sombra. La gente se refrescaba en los portales de esta Habana vieja, conversando con pausa de las cosas que tiene la vida. En la plaza de adoquines de madera, compré un libro de Carpentier (“La ciudad de las columnas”) que me sirvió de tergiversada guía. Recorrí así de nuevo las calles, fijándome en sus columnas, sus rejas y sus medio puntos. Las columnas sostenían un barroquismo decadente, columnas de mil estilos que sustentaban aún los soportales de una ciudad que se cae a pedazos. Los balcones mostraban sus grietas como una boca mellada que sonríe, donde se asomaban las mujeres recién bañadas a escudriñar las calles. Los hombres en los zaguanes, guardaban la confianza de sus patios interiores. Las rejas no protegían de la luz, sino que disimulaban lo que no se esconde. Los medio puntos, eran acuarelas de cristales multicolores, que moldeaban la fuerza abrasadora del sol caribeño. Vestían al sol de verde, de azul, de naranja, para que entrase en las casas sin alterar sus silencios. La ciudad de la Habana es la muestra de una arquitectura andaluza, morisca, barroca. Es una mezcla de estilos, con casas increíbles, testigos de lo que un día fue la perla del caribe. Una ciudad abierta al mar por el Morro, con sus cañones apagados, que los españoles dejaron olvidados hace tanto tiempo. Un mar contenido por una muralla de siete kilómetros que forma el malecón. En este balcón del mar rompen las olas mientras los niños se bañan en las pozas de las piedras. Un hombre pesca y otro toca la trompeta con la mirada perdida en los barcos que tal vez no regresen nunca. Me fumé un puro en el malecón como despedida. Pensando en las cosas que dejé tan lejos, en el amor que se estrella como una ola contra la roca, me imaginé pirata de siete mares. Los bucaneros amaban esta isla. El tiempo ha dejado sus calles desconchadas y lo que fue ya nunca será. Un aire de inconformismo soplaba en el ambiente. Esto fue el fin de semana antes de que la televisión nacional comunicara que al Comandante se le habían roto las tripas. Ahora nuevos bucaneros se preparan para el abordaje. Me temo que la Habana está a punto de cambiar y que el último reducto del comunismo agoniza, se desangra por sus calles como el viejo comandante se desangra por dentro. Espero que el mar vuelva a limpiar esta ciudad de luces, barroca y decadente que está cansada de ser el sueño que fue.

    Alejo Carpentier amó y dibujó la habana con sus palabras. Fue el inspirador del llamado Realismo mágico, aunque más bien se trata de un realismo mítico. Nació el 26 de diciembre de 1904, en La Habana (Cuba). Fue estudiante de arquitectura, pero el arte de la escritura lo alejó pronto de los pasos de su padre. Se inició en los estudios musicales con su madre, desarrollando una intensa vocación musical. Fue periodista y participó en movimientos políticos izquierdistas. Fue encarcelado y con su puesta en libertad se exilió en Francia. Regresó a Cuba donde trabajó en la radio y llevó a cabo importantes investigaciones sobre la música popular cubana. Visitó México y Haití donde se interesó por las revueltas de los esclavos del siglo XVIII. Se trasladó a Caracas en 1945 y no regresó a Cuba hasta 1956, año en el que se produjo el triunfo de la Revolución Castrista. Trabajó en varios cargos diplomáticos para el gobierno revolucionario. Falleció el 25 de abril de 1980 en París. De sus obras me permito recomendaros “Los Pasos Perdidos”, el viaje de un músico cubano por el amazonas que revisa la historia latinoamericana, pero no sólo refleja esta realidad imaginaria, sino que la interpreta.

    De aquellos obligados caminares por La Habana Vieja me quedó una siempre renovada emoción al contemplar, de años en años, sus casas antiguas, sus rejas andaluzas, puertas claveteadas, pórticos barrocos, portafaroles, guardacantones y guardavecinos… Muchas páginas he escrito desde mi adolescencia acerca de La Habana Vieja ‘de intramuros’, con sus calles eternamente abocadas al mar, completadas en su panorama por un velamen, la proa de una balandra, la quilla de un buque, se hace ciudad de misterios, de nocturnidad, de cuchicheo detrás de persianas, de invitaciones al viaje que, con solo cruzarse el puerto, puede conducir a las suntuosas coreografías de una iniciación mágica, a un encuentro fortuito con gente de otras latitudes que remozan en pleno trópico, la literatura del anhelo de evasión y del muelle de las brumas…”

    Alejo Carpentier, un hombre de su tiempo

    P.D.- Sirva de pequeño regalo a mi hermano por su veintisiete cumpleaños. Gracias por todo, $VM$.

    Siempre vuestro, Dr J.

    27
    Jul
    Escrito por Dr. J. » 7 Comentarios »

    Fuga Mundi

    Fuga Mundi

    Al avanzar surge el desierto. Un hombre que rechaza el sufrimiento, elige para sí una vida de sufrimiento. Un hombre que teme los males, no tolera ninguno de lo bienes de esta tierra. Al avanzar, un hombre encuentra en el desierto su sórdido escondrijo, su guarida de pestilente soledad. Lejos de los hombres y de los dioses, un hombre descubre entre sus ruinas la inspiración de un alma celeste. El castigo es severo y no mengua. El camino son las diez palabras de Moisés. Serpientes ponzoñosas intimidan con sus movimientos, pero el hombre del desierto cruza a su lado sin cambiar su ánimo, impulsado por la muerte de sus furias. Las bestias agazapadas no lo despiertan. La bestia lo acecha sin mellar su voluntad entregada ya a otros designios. Un año atrás había intentado renunciar al mundo, pero aún se guardó alguna riqueza. Abba Antonio le dijo que volviera a la ciudad, comprara trozos de carne, que se los atara al cuerpo desnudo y luego regresara al desierto. Así lo hizo. El hombre del desierto volvió sobre sus pasos y antes de caer la noche perros y pájaros le desgarraron el cuerpo. Cuando llegó ante Abba Antonio, le mostró el cuerpo lleno de heridas y mutilaciones. El hombre del desierto comprendió, los que renuncian al mundo y quieren conservar bienes, quedan destrozados en su lucha contra los demonios. El hombre del desierto camina ahora descalzo sobre la arena caliginosa y tórrida. En su pies hay durezas que han sustituido las yagas. En su boca lleva una piedra para poder guardar mejor el silencio. Ora, camina, ayuna. El hombre del desierto está cada día más flaco, se le ven las costillas marcadas como a un perro abandonado. Sin embargo su ánimo engorda. Ha recibido el consejo de sabios pneumatófaros, la humildad es la vía para combatir las tentaciones. Su cuerpo, saqueado por el desierto, sobrevive lejos de los pueblos. Sondea un pozo ciego situado en su alma, busca allí agua que quede pura y saca lo preciso para no cansarse en vano. Persevera en la oración, diariamente, hasta el último suspiro del día, como Agatón, para desenterrar la serenidad que oculta el desierto. Con sus pasos va descubriendo que lo grande se reproduce en lo pequeño. Sus fatigas cotidianas van conquistando poco a poco su divina locura. Como Amón, no juzga y no condena. Esta noche dormirá en un templo pagano semiderruído, un antiguo cementerio donde abundan los demonios. La prueba le hará más humilde, como a Abba Elías. A través de la lucha progresa el alma, como Abba Juan el enano, ha pedido paciencia para sus combates. En la noche, recostado sobre un leño, tiene visiones de dagrón, tiene anhelos de gloria, tiene en su memoria los senos de una mujer. Hace caso a la prueba de Abba Macario. Primero insulta a los muertos, luego los alaba. No ha recibido respuesta de los muertos. Tras toda una noche de combate, el hombre del desierto abraza el olvido, ata sus visiones a una piedra y la arroja fuera de aquel lugar. Por la mañana sigue su camino. El olvido y la humildad son ahora sus compañeras de viaje. Ha aprendido de los muertos a no hablar, a no tener en cuenta los desprecios ni las alabanzas de los hombres. Mantiene su camino, mantiene el ayuno sin jactarse. Cuando sus pasiones se apacigüen, habrá alcanzado la virtud, su luchas internas cesarán, y su sangre se detendrá como la sangre de la mujer que sabe que ha concebido. Ese día, el hombre del desierto sabrá que ha sido preñado por el Espíritu.

    A partir del siglo III, se inicia un movimiento monacal en distintos lugares, despoblados primero y luego el desierto egipcio. Mujeres y hombres, inician su camino ascético retirados de las pasiones del mundo. En su soledad cultivan la oración y el ayuno para conseguir los frutos del Espíritu. El silencio, la humildad y la pobreza son sus señas de identidad. Hubo hombres y mujeres llenos de sabiduría, ellos son los llamados padres del desierto (abbas y ammas). Algunos de sus consejos y reflexiones, que servían de ayuda a los nuevos iniciados, fueron recogidos en los llamados Apotegmas (dicho breve) del desierto. Hoy los encontramos en una edición llamada “Los pequeños Libros de la Sabiduría”. Ammas y Abbas ponían su alma a disposición del desierto para alcanzar la pureza de corazón. El camino espiritual requiere un gran esfuerzo, enfrentarse a uno mismo. El combate se hacía frente a la gula, la lujuria, la codicia, la tristeza, la cólera, la acedía, la vanagloria y el orgullo. La finalidad es lograr la paz interior, y ser capaces entonces de amar verdaderamente. Transformar el dolor y los demonios en amor. En uno de los dichos, Abba Antonio dijo: «El que permanece en el desierto para guardar el sosiego de Dios, está libre de tres guerras: la de oír, la de ver y la de hablar. Le queda una, la del corazón.»

    Después de regresar de los trópicos, el desierto ofrece la distancia necesaria para poder reflexionar en silencio. Pero el objetivo no es pensar, sino actuar. Encontrar las razones de vivir esta vida con cierta armonía. Si no encuentras tu sitio, tu paz interior, el desierto te ofrece un duro camino para sosegar el Espíritu. La ciudad cotidiana es a veces otro desierto. Alejarse es un camino para encontrar respuestas. Fuga mundi, huir del mundo para encontrarse a uno mismo. Estoy seguro que cuando espante a la tristeza, el mundo volverá a sonreír. Entonces podremos liberar de su carga a los pájaros que llevan en sus alas los mundos que ya han fracasado. Feliz veranito.

    Siempre vuestro, Dr J.

    23
    May
    Escrito por Dr. J. » 14 Comentarios »

    Los Trópicos de Capricornio

    tropicoLa paz interior es el mito de la felicidad. La insatisfacción es mi losa. Esperaba que tu amor la abriera, que me llamara desde fuera con voz cálida. Pero la palabra que más hiere es la que se calla. La hostia que más duele es la que no se da. El dolor más terrible es el que se espera, no el que se pasa dejando en la superficie de los nervios la huella de su nombre. El final que se vislumbra es la esperanza que muere. Y muere porque tiene que morir. Como la fruta tiene que madurar y el sol alumbrar. Así mi corazón mastica palabras de muerto que nunca te digo por miedo a perderte, por miedo a retenerte. Busco consuelo en esas ruinas que te enseño para que te enamores de mi. Recojo palabras en las calles, cuánto más sucias mejor, para transformarlas en conocimiento escrito y honrarte. Esmegma pútrido y lefa grumosa, se convierten en un te echo de menos, en un no te marches por favor. Cúrame te digo, pero es sólo una tregua para volver a herirme. Las noches son frías en esta primavera de castigos carnales. Busco palabras que te bendigan, que limpien mi guarida pestilente de soledad. Como un nómada que pide permiso a los dioses para acampar con su rebaño, pido permiso para acampar sobre tu cuerpo cansado. Luego busco oraciones en el aire y las dejo prendidas en el viento. Escribo oraciones en las piedras que amontono a las orillas de tu corazón. Voy saltando sobre ellas e intento cruzar el río que nos separa, como cuando era niño y jugaba a piratas con espadas de juncos. Cruzar un río que es un océano para ganar tu corazón sin dueño. Añoro ese río y el océano, donde la culpa se transformaba en algas soñadoras. Donde puedo escuchar el mar, si acerco tu nombre a mi oído. Añoro una vida plena lejos de los errores del pasado, limpiando las manchas del alma con un beso y sin preguntas. Pedir perdón será dar las gracias. Así el amor transformará el coño seco de una prostituta, en el origen del mundo.

    A veces mi ánimo se resquebraja, como mis vaqueros en aquella bolera. Como una boñiga seca, frágil y descompuesto, sustento de las flores de tránsito que crecen en las carreteras que recorrimos. En medio de todo esto, mi único objeto y sujeto, es tu expresión. Llevo una vida entera esperando verte sonreír. Si me voy es por recordarte. Si me voy es por volver al lugar donde dejé mi coraje, mi respeto, mi armadura de caballero. Si te busco encuentro la misma tristeza mordida en tus dedos. Si te busco me encuentro con tu prisa. Dejas que te abrace, porque amar siempre fue de cobardes. Y sin ti, apenas sé qué es lo que significó Roma, y porqué Cartago cerró los caminos de África. La falta de sentido es haber inventado el lenguaje, para hablar sin cambiar nada, para hablar sin que pesen las palabras. Ver Roma es ver Roma sin ti. Roma ha perdido en sus colinas el diluvio de las piedras y el fuego eterno de los dioses. Mientras uno se obstina en perseverar el deseo del inicio, la llama primigenia no debe extinguirse y el sacrificio exige el cuidado atento de cada brasa, de cada ráfaga de aire que amenaza. Antes, en los templos romanos, había vírgenes consagradas a mantener encendido siempre ese fuego, que pagaban con su propia vida. Hoy las doncellas ya no tienen que cuidar el fuego, sólo recalentarlo. Y yo siempre estoy ahí. Persevero, como persevera la enfermedad, como quien se siente enfermo del hígado. La perseverancia crece y se reproduce sola, anulando el resto de deseos, es un cáncer moral que redime la conciencia. La perseverancia es una manera de atrapar el deseo. Manteniendo las mismas ganas de besarte que el primer día que te besé. Ahí estábamos los dos, como dos estudiantes abrazados en la noche de piedra, compartiendo las mismas dudas y dolores, los dolores cotidianos en los que vivimos, los abismos cotidianos que cruzamos sobre un alambre y sin red. Hay instrucciones para subir una escalera, para darle cuerda a un reloj, para andar sobre un alambre, pero no para amar y mucho menos para vivir. Sufro tu desapego y ansío el mío. Ahora buscamos en los Trópicos de Capricornio nuevos aires venidos del sur para remontar el vuelo. Me voy con la mirada abierta, con el corazón atento, en busca de nuevas lenguas y nuevos licores. Nos vamos para poder hablar mejor de la vida, para conocer mejor tu saliva y la mía, la savia de las secuoyas, la piel de las yucas, las picaduras de los mosquitos, la laguna de los hombres adormidera, los caprichos de una botánica confusa, los maestros-magos que enseñan en las aldeas el valor del cero y cómo tejer vestidos con hilo de palmeras. Los pájaros, los sueños, la pobreza y los silencios de la muerte en las postas de San Ignacio. A la vuelta habrá tiempo para la ética de la autonomía, la beneficencia, la no maledicencia, la justicia. Habrá tiempo de hablar de la muerte… porque un día empecé a ver muertos. De la morfina, de la agonía, de los besos de coca, de la sangre de las cerezas, de los rojos de Chagall, de cómo atraer la lluvia sobre las cosechas. De cómo el cuerpo que sufre empieza a decirle al alma que su tiempo se apaga. Y entonces me olvidaré de ti, para poder pensarte de nuevo, para poder conocerte de nuevo, para poder amarte otra vez. Amarte con todo lo que soy. Hablarte a tu corazón, con las palabras precisas. Hablarte a los ojos. Entonces comprenderé que todo está bien, que todo era bueno. Renuncio a la prisa y al humo de mi boca. Renuncio al desánimo y a la deserción. Así me voy. Me llevo todo lo que soy para dejarlo en algún lugar y regresar renovado, de tu mano.

    Por cierto, esta especie de confesión en vísperas de un viaje a Sudamérica, tiene poco que ver con Los Trópicos que nos dejó escritos H. Miller. Y dicho sea de paso los trópicos de Miller son libros que uno debería leer al menos una vez en la vida. Su mirada olfatea las calles del deseo y los abismos del alma. Pero de eso hablaremos en otra ocasión, quizá a mi vuelta. Un abrazo.

    Siempre vuestro, Dr J.

    29
    Mar
    Escrito por Dr. J. » 16 Comentarios »

    El Peregrino Querúbico | Angelus Silesius (1624-1677)

    Me llamo Johannes Angelus Silesius. Una vez vi al diablo y tuve miedo. No tenía una forma infernal, no era un macho cabrío andando a dos patas, ni una figura envuelta en llamas con rabo y tridente. Más bien tenía rasgos familiares y una silueta que me recordaba… a mi madre. Sí, era como mi madre, pero con los ojos de un enemigo que medita. Fueron esos ojos los que me estremecieron. Escondían el tormento de la desesperanza y la falta absoluta de amor, la guerra y la crispación del mundo. Esa visión me condujo a un profundo abismo, pero tuve la suerte de encontrar en ese abismo la ternura de Dios. Sin amor nada tiene sentido, con amor tiene sentido la nada. Eso fue lo que aprendí.

    Johannes Angelus SilesiusNací el día de Navidad de 1624, en Breslau, capital de Silesia, hijo de familia protestante y educado en el gimnasio luterano de Santa Isabel. Mi madre falleció cuando contaba yo la edad de quince años, mi padre había muerto dos años antes. Cultivé la poesía de los grandes maestros y mi alma siempre buscó el sosiego que la vida no me brindaba. A mis veinticuatro años era doctor en Filosofía y Medicina por la Universidad de Padua. Comprendí entonces que la curación del cuerpo y la curación del alma, seguían a veces caminos distintos. Empezaba a entender el mundo de otra manera, más amplia que la otorgada por mi educación ortodoxa. Todo lo centré en la búsqueda de la personalidad viviente de Cristo. En esta época comencé a escribir mis inquietudes y lo que mi corazón más anhelaba. Aprendí a utilizar el lenguaje para expresar lo que sentía mi alma y conocí el arte de los versos alejandrinos y los epigramas. Buscaba la libertad del eterno presente. Buscaba dar forma a mi religión interior. Por ese entonces era yo un médico de pueblo pero que no encontraba la plena satisfacción en las curas del maestro Paracelso, porque todo parecía depender del tiempo y de los designios de un Dios que no podía comprender. Un Dios que cogía higos de los cardos y examinaba el fondo de las cosas. Mundus pulcherrimun nihil. Me convertí al Catolicismo en 1653, tomando el nombre con el que me he presentado al principio. La visión demoníaca que me aterrorizó, ejerció una gran influencia en este proceso de conversión. Entendí que era necesario luchar, que si no se le hace caso al amor, se muere de frío. Que el pecado se acompaña de tumulto, y en el silencio está la humildad y la sabiduría del que busca una sola cosa. Aquella visión me enseñó a la bestia, pero también el camino de su derrota, que no es otro que la transformación de bestia en hombre, y de hombre en ser angélico. Esta es la peregrinación del alma, el camino del ser angélico, la transformación que nos conduzca a la contemplación de Dios. Este era el milagro, que el lodo une a Dios con el hombre. Que el corazón es el reino, el corazón es el templo, el corazón es un sepulcro viviente. El fruto es la belleza, una rosa mística que crece aquí y ahora y siempre, rodeada de espinas, sangrando sin marchitarse en las penas. El amor debe ser la senda y el epitafio. La llave para saber que nada es imperfecto, que una rana es tan bella como un ángel. Desde mi ordenación como sacerdote jesuita, mi vida se ha basado en la búsqueda contemplativa de Dios, reposar en la acción es la vía de la santidad. Me dediqué a escribir obras para educar en la fe, pero de todas las poesías de mi alma iluminada, me quedo con las ideas que tuvo mi corazón en su viaje hacia Dios. Un viaje que toda alma debería hacer. El viaje del peregrino querúbico. Este libro que edité hace dos años, es el libro que recoge toda mi vida. Es mi legado de amador seráfico que proclama los santos deseos del amor para aquellos lectores que intentan inflamar santamente su corazón de Dios. Pero al final me cansé de escribir. Amigo, basta ya!, si quieres leer más ve y conviértete tú mismo en la escritura y la esencia.

    Siguiendo la doctrina de Gerson, me instalé en la pobreza absoluta, el ayuno y la contemplación dentro de una vida cotidiana. Y a mis cincuenta y tres años sé que los abismos del alma conducen a la virtud y hacen más soportable los achaques infatigables de la terrible enfermedad que me aflige en estos últimos meses. Hoy apenas tengo fuerzas para sostener la pluma con la que escribo. La muerte se acerca al mismo tiempo que se divisa la luz de otra vida. Ahora es necesario volver al principio. Os dejo esta carta como manifiesto de mi tímida existencia. Quedad en paz, hermanos.

    Breslau, 9 de julio de 1677.

    Dedicatoria de El Peregrino Querúbico.

    «A la Sabiduría eterna, Dios. Al espejo sin mácula, que contemplan los querubines y todos los espíritus bienaventurados con una admiración eterna. A la luz que ilumina a todos los hombres que vienen a este mundo. Al manantial inagotable y a la fuente original de toda sabiduría, les dedica y dirige estas mínimas gotas vertidas por la gracia de su gran Mar, su, con el deseo de contemplarlo y siempre muriente, Angelus Silesius.»

    Siempre vuestro, Dr. J.

    10
    Mar
    Escrito por Dr. J. » 3 Comentarios »

    31 (Once elegías para los poetas que no beben cerveza)

    31

    A mis treinta y uno, me sorprendo cada día con todo lo que olvido. No me gusta, pero reconozco que algún amigo ha llegado a decirme que es por la cerveza. Sin embargo los poetas no beben cerveza, dije yo. Los poetas beben vino, güisqui sin soda, ginebra color zafiro con tónica, pero nunca beben cerveza. Cómo un ser que ha rozado las mieles del abismo y la felicidad, de lo real y lo imposible, de lo futuro y de lo pasado… Cómo un ser adiestrado en las sutilezas de la vida, etérea a veces, trágica siempre, puede saciar su sed con bebida tan vulgar. El vino es otra cosa. Está presente en todas las culturas, es y será bebida de dioses. Hasta fue un eximente ante de Dios, cuando Noé, borracho, penetró incestuosamente a su hija en el arca del diluvio (y vaya si diluvió). Pero la cerveza es una resaca dicharachera de color indecente. Yo bebo cerveza, porque aborrecí el vino. Últimamente una mujer se empeña en que lo disfrute, y voto a bríos que lo hago. Pero la cerveza sabe a música, amigos, viernes por la mañana en la facultad, botellines que eran ladrillos de una torre de babel imposible. Sabe a locuacidad, del misterio de las drogas a la danza desnuda de los calamares en las costas de motril. Por eso bebo cerveza y por eso no soy poeta. Pero sí escribo y sigo olvidando más de lo que debo.

    Hay un poeta que bebía vino y cantaba siempre a la libertad, hasta que falleció exilado de su tierra coaccionada por el hambre y el miedo. En sus últimos poemas exploraba los fines y límites del lenguaje. El lenguaje como una elegía de la poesía. Recuerdo que compré este libro después de mi primera guardia de Medicina Interna. Tengo escrita en la primera página un escueto resumen para que no la olvide. En una letra casi ilegible de tinta azul, aparecen las palabras ingresos, óbito, hemorragia por traqueostomía e indefenso. Indefensión ante la infeliz realidad que nos toca vivir. Ante esto queda la abstracción y las palabras que quieren sobrevivir y perdurar. Aquí las palabras son el vínculo entre la humanidad y la trascendencia. Una trascendencia Hiperbórea y cálida que se alza sobre las aristas del frío invierno. Respiramos o somos respirados. Miramos o somos vistos. Inmersos en la ceniza no dejamos de imaginar el fuego. El huevo tiene ahora cascarón de piel. La razón de vivir está en las cosas que somos, en las cosas que amamos, en el ser que seremos en paisajes aún no creados. El cuerpo prepara su vuelo, el alma reivindica una nueva ciencia, la luz del corazón prepara al hombre para morir. La poesía devuelve aquí al hombre a sus orígenes. Se inicia una cacería de miradas infinitas. Las palabras, en un gesto brusco y atávico, se desprenden del envoltorio de lo cotidiano como un perro de sus pulgas. Así se aprende a ver más allá. Tenemos todo el tiempo para respirar todavía… y nos queda cerveza para olvidar.

    Nichita Stanescu (Ploiesti 1933, Bucarest 1983). Poeta con todas las letras. Nominado al Nobel en 1978. Cuando recibió el premio Herder y Struga, se presentó en la sala del jurado vestido con un camisón de confección popular y un corazón pintado en la mejilla. El papel del poeta siempre será el papel de un bufón, que nos permite reírnos de lo que somos, y de lo que siempre fuimos… seres de materia intranscendente.

    Me muero de una herida que no ha cabido
    en este cuerpo mío apto para heridas
    gastadas por palabras, pagando arancel de rayos en aduanas.
    Aquí estoy, tendido sobre piedras, y gimo,
    los órganos hechos trizas, el maestro,
    ah, está loco porque él padece
    del universo entero.”

    Once elegías. La última cena. Nichita Stanescu

    9
    Feb
    Escrito por Dr. J. » 15 Comentarios »

    El Espejo de las Almas Simples

    Place de Gréve, frente al Hotel De Ville, Paris, 1 de junio de 1310. Una mujer es devorada por las llamas de una hoguera. Junto a ella arde su libro Espejo. Ese manuscrito es la razón de su vida y de su condena. El dominico Guillermo de París, que también llevaba el juicio de los Caballeros del Temple como Inquisidor general de la Santa Madre Iglesia, la ve calcinarse al fin. Desde su detención en 1308 por el obispo de Cambrai, esa mujer hereje relapsa ha permanecido en silencio. No ha pronunciado una sola palabra en esos dos largos años. Ella habla de igual a igual, y ellos no son de su linaje. El alma libre, si no quiere, no responde. Veintiún teólogos y cinco canonistas han examinado y condenado este extraño libro y a su autora. Margarita Porete es la herejía del libre espíritu. Una mujer que vive una vida religiosa sin haber sido ordenada, una mujer que avanza en la senda de la santidad a través de la vida laica, al margen de cualquier institución monástica. Independiente en su manera de pensar y de vivir y de escribir. Sufraga sus propios textos, escritos en lengua vulgar y en clave amorosa. Un diálogo íntimo y simbólico entre Amor, Alma y Razón. La búsqueda de Dios es la búsqueda del camino de la libertad. Un camino insondable a través de la lejanía. La lejanía de Dios. Alejarse del deseo para encontrar a Amor. La lucha intestina y espiritual del alma incompleta que busca un sentido a todo lo que queda por vivir. Una lucha que debe librar el corazón, y no las palabras. Un alma libre que lo tiene todo y por ello no tiene nada, lo quiere todo y no quiere nada, lo sabe todo y no sabe nada. Un libro cuyo argumento es el amor y su desdicha, su camino al final del verbo. Un libro de luz que debe ser destruido al tiempo que la mano que lo creó. Un ejemplo más de cómo Dios se manifiesta al hombre a través de toda la historia. Otro ejemplo frustrado de cómo nunca entenderemos el mensaje del amor supremo… y por eso lo aniquilamos.

    drjGranada, febrero de 2006. El hombre invisible vuelve a cambiarse de traje. Unas paredes de humo taciturno protegen la anatomía de su soledad. Un silencio no pactado recorre su cuerpo como un escalofrío. Su mente bucea en la tinta de unas palabras escritas hace siglos. El océano que se vislumbra en ellas es demasiado profundo para ver con claridad. Palpa con sus dedos transparentes la impronta de un Amor inalcanzable. Tanta grandeza tiene que tener un soporte de verdad innegable. Pero no puede más, le duele el pecho de aguantar tanto aire. Vacía sus pulmones para salir de la inmersión. En un camino de silencio hay abrevaderos táctiles para las almas más pesadas. Reconciliarse con la carne es una tregua para poder resistir en la lucha del espíritu. Reconciliarse con el dolor es aprender a vivir con lejanía. El hombre invisible sabe que aún se le ve si se pone a contraluz. Que los años dan peso a sus actos y que lo lento es a veces más amargo porque se aprecia más y no por estar en la punta de la lengua. El hombre invisible quisiera tener un lenguaje más lúcido, pero la contradicción le hace refugiarse en las palabras. El hombre que cambia su traje, aún desea mirarse en el espejo claro de una fuente, de unos ojos bañados por lágrimas, de una mirada limpia repleta de amor. Hay caminos que todos recorren, en busca de lo importe, en busca de lo que tiene importancia. Su palidez cérea de fantasma frustrado está empanzando a sonrojarse. El hombre invisible se está viendo las manos mientras teclea en su ordenador. Y aunque desearía cambiar su alma llena de complejidades y complejos por un alma simple que reflejara el amor que todo lo tiene y a la vez no tiene nada… el hombre invisible se alegra de volver a ver su carne trémula con las luces artificiales de esta noche que promete de nuevo el insomnio. El objetivo de este año será limpiar su mirada. Hacer mudanza en el alma y desprenderse de lo que más le pesa.

    Ahora, los que escucháis este libro, oíd y entended bien el verdadero sentido de lo que dice en tantas ocasiones, es decir, que el Alma anonadada no tiene en absoluto voluntad, ni puede absolutamente tenerla, ni puede querer tenerla y que en ello se cumple a la perfección la voluntad divina; y también que el Alma no se sacia de Amor divino, ni Amor divino de ella hasta que el Alma se halla en Dios y Dios en ella, de sí y por sí, en ese estado de fundamento divino, entonces halla el Alma plena satisfacción.”

    El Espejo de las Almas Simples – Margarita Porete

    Siempre vuestro, Dr J.

    Nota de J.: … y felicidades otra vez!

    1
    Nov
    Escrito por Dr. J. » 7 Comentarios »

    Matar a Platón.

    Matar a PlatónHace tiempo que intuyo que la Verdad está en los límites de la razón. En esos abismos inconscientes que te enfrentan a lo inefable. En esa sutil experiencia donde sólo la mutilación de los sentidos es comparable. Hace tiempo que percibo que los instantes desperdiciados aportan más que los instantes aprovechados. Que la nada aporta toda la solidez necesaria a esta contingencia de cuerpos saturados por el infortunio del conocimiento. Hace tiempo que percibo llegar siempre a deshora, ni tarde ni temprano, simplemente a deshora. Hace tiempo que sé que la belleza redime y la fealdad exonera de responsabilidad a los reptiles que buscan su origen a ras del suelo. Hace tiempo que busco en la poesía ese lenguaje estremecedor del instante, que se evada de las abstracciones de la razón, para no mentir en lo que se cuenta. La sinceridad como bandera, la honestidad como método para derrocar las apariencias. Hace tiempo que pienso en esto sin haber llegado a asumirlo del todo, sin llegar a vivirlo del todo.

    Hace tiempo que observo el cielo desde un domingo sin postre, a la hora de esconderse el sol tras los tejados de nuestra ciudad. Desde la atalaya del insomnio. Desde la contemplación de la muerte ajena como una plegaria, donde reconocer la herida mortal que nos precede. Desde el agua transformada en vino, desde la bala que nunca se dispara, desde las republicas de los amores perdidos. Desde mi reloj de arena desértica, donde veo dunas en las calles de esta provincia invisible que es la trascendencia. Los espejismos de la razón son infinitos. La razón nos contenta con el engaño. Con la falsa sensación del que parece dominar su destino. Pero el único que dominó su destino fue aquel Sísifo que sabía exactamente que después de subir la roca a la cima de la montaña, debería bajarla y volver a subir de nuevo. Camus dijo que Sísifo fue feliz porque dominó a su destino. Pero lo único que hizo fue olvidarlo. Como nosotros nos olvidamos con facilidad de lo que somos, e ignoramos el origen de nuestra materia. Nuestra materia que vibra vinculada al todo y a la nada, y que parte de una misma fuente a la que tiende. No somos razón y materia. Somos materia consciente que explora la vida a la que pertenece.

    Hace algún tiempo que escucho con atención las iluminaciones de los que aferraron sus manos a una reja para no desfallecer. Que escucho las alucinaciones de la meca. Las palabras de los que renunciaron a la tiranía de lo sensible. Hace tiempo que intento comprender la ciencia que profeso, la fe que he perdido. Y me veo sentado todavía en ese banco de piedra delante de la basílica, esperando un beso que me haga despertar. Esperando un beso que de sentido a los pasos andados, a los pasos por andar. Un beso que limpie el moho del rayo que un día blandí en mis manos. Esperando que vuelvas. Desde hace un tiempo sé que los charcos no sólo se forman con la lluvia. Hace un tiempo que sólo hablo de anhelos. Por eso creo que ha llegado el momento de matar a Platón.

    Chantal Maillard, doctora en Filosofía y poeta de nuevos textos sagrados, nos presenta en su libro Matar a Platón las dimensiones de un instante. Porque en un instante cabe un universo entero. Nos hace reflexionar sobre la importancia de un suceso, que es como es, que se vive como es, que se observa como es. Sin abstracciones. Matando nuestra estructura de pensamiento. Observando la realidad sin mentiras. Todo puede confluir en un mismo suceso que da realidad a lo real, sin concesiones, sin pretensiones. Hoy os lo presento porque es lo que he leído cuando he llegado a casa después de una guardia. Y aunque se que no debería tomar decisiones estando saliente… ni escribir, hoy su título me ha inspirado a escribiros lo anterior. Aunque sólo sea por leer este libro, merece la pena haber llegado hasta aquí.

    Yo no soy inocente. ¿Lo es usted?.
    La realidad está aquí,
    desplegada. Lo real acontece
    en lo abierto. Infinito. Incomparable.
    Pero el ansia de repetirnos
    instaura las verdades.
    Toda la verdad repite lo inefable,
    toda idea desmiente lo-que-ocurre.
    Pero las construimos
    por miedo a contemplar la enorme trama
    de aquello que acontece en cada instante:
    todo lo que acontece se desborda
    y no estamos seguros del refugio.

    Bien pensado, es posible que Platón
    no sea responsable de la historia:
    delegamos con gusto, por miedo o por pereza,
    lo que más nos importa.

    (voy a volver sobre mis pasos: ha sido justo detrás de la esquina).”

    Matar a Platón. Chantal Maillard, 2003.

    P.D.- Creo que ya he dicho suficiente por algún tiempo. Gracias a aquellos que siguieron con interés estos escritos y reflexiones. Ha sido un placer tener abierta esta ventana. Siempre vuestro, Dr. J.

    29
    Oct
    Escrito por Dr. J. » 16 Comentarios »

    Himno del Universo

    chardinEl refranero suele rezar verdades cotejadas por la experiencia, por eso sé que después de la tormenta siempre se ciñe sobre nosotros un manto de quietud. Pero ahora estamos en plena tempestad, en pleno centro del huracán, dando demasiadas vueltas como para conocer el alcance de sus daños colaterales. En esta sociedad de incertidumbres, la ciencia es dueña de la virtud, pero toda la fe está en la ciencia y la ciencia no tiene fe. Asistimos atónitos al estancamiento del ocio profiláctico y de tertulias de bufones consumidos por el hastío. Se abre una brecha de injusticias y desigualdades difícil de tolerar. El dolor se anestesia sin dejarle que nos hable, que nos cuente cosas de nosotros mismos. El amor se desperdicia con esqueletos de margaritas. Así es fácil preveer un final catastrófico de nuestra era social, y no me tachéis de agorero superficial, en todo caso de agorero esperanzado. Esperanzado en un rayo de luz de una nueva humanidad que ha de crecer.

    chardin2En este lugar he comentado autores con diversas respuestas al dolor de la existencia humana, diversas actitudes y vivencias. Hoy os muestro una opinión valiente y generosa, la visión gloriosa de la humanidad que nos ofrece Teilhard de Chardin, el padre Pierre. Una visión creativa y progresiva del hombre, usando como herramienta de conocimiento la ciencia. Pero una ciencia en evolución y emergente, hermanada con la mística, tendente a un mismo fin. Una ciencia rica en la dispersión de la multiplicidad, y consolidada en la convergencia de la Unión, del Punto Omega. Una ciencia que optimiza, que redime, que profundiza en la naturaleza y en su conocimiento para llegar a los lugares privilegiados por la vida. La ciencia descubre el camino de los seres hacia la consciencia. Las mónadas perdidas encuentran su reposo en un mar cada día más profundo por las lluvias de las tempestades, más sabio por el color de sus habitantes. Ciencia y mística. Espíritu y materia. El espíritu se derrama sobre la meteria orgánica como el vino sobre un cáliz de arcilla, y la piedra cobija en su interior la lava ardiente que espera salir y reventar licuando cada existencia. Licuando fuego a fuego todo lo viejo para dejar paso a lo nuevo. Así como las plantas crearon en un principio la Biosfera, la conciencia crea ahora una nueva atmósfera para el desarrollo del pensamiento, la Noosfera. La autoconsciencia.

    Imaginad una humanidad de buena voluntad que deje a un lado la diferencia, para converger en lo esencial y tender como el cauce de un río a su Unidad en el Punto Omega. La piedra tendría un himno encarnado en la materia, los triges cotidianos y tercos se alejarían del combate, el verbo volvería a habitar la carne. Lo divino participa de la materia y está en todas partes, como el aire. El despertar cósmico de la consciencia es la puerta para el amor apasionado por Dios. El futuro de la humanidad pasa por este despertar de la autoconsciencia. La contemplación de la naturaleza, la contemplación de la humanidad, te lleva a entonar nuevos salmos de gloria, Himnos del Universo. La realidad se revela con sus mil caras, como los mil destellos de un diamante, como las notas que nacen de una misma joya mística que hace rodar cabezas, como las siete Visones del Amén de Messiaen.

    Teilhard de Chardin (1881-1955). Murió un domingo de Pascua en Nueva York, lejos de su Francia natal. A los 18 años entra como novicio de la Compañía de Jesús, intentando dar formar a sus ideas. Su bautizo ígneo de realidad fue en la Primera Guerra Mundial como camillero. Cursó estudios de Paleontología y Geología en la Sorbona de París. Desarrolló su carrera en Asia, descubrió al Hombre de Pekín (Adán era asiático), y fue en China donde escribió El Fenómeno Humano. Fue apartado a Estados Unidos y sus escritos siempre fueron perseguidos y repudiados por la Iglesia. Hasta el final sólo quiso formular lo esencial en su mensaje. En su diario, días antes de morir, escribió:

    Lo que yo creo – Síntesis: 1) San Pablo… los 3 versículos (1Cor 15,26,27,28): Dios todo en todo (¡confirmación teológica!… Revelación ultra-satisfecha); 2) Cosmos = Cosmogénesis – Biogénesis – Noogénesis – Cristogénesis; 3) El Universo está centrado (Evolutivamente, Hacia Arriba y Hacia Adelante); Cristo es el centro de ello”

    …y se fue mientras Él venía. Su obra cada día es revisada con ojos cada vez más despiertos.

    Bendita seas tú, áspera Materia, gleba estéril, dura roca, tú que no cedes más que a la violencia y nos obligas a trabajar si queremos comer.
    Bendita seas, peligrosa Materia, mar violenta, indomable pasión, tú que nos devoras si no te encadenamos.
    Benditas seas, poderosa Materia, evolución irresistible, realidad siempre naciente, tú que haces estallar en cada momento nuestros esquemas y nos obligas a buscar cada vez más lejos la verdad.
    Bendita seas, universal Materia, duración sin límites, éter sin orillas, triple abismo de las estrellas, de los átomos y de las generaciones, tú que desbordas y disuelves nuestras estrechas medidas y nos revelas las dimensiones de Dios.

    ¡Arrebátanos, oh, Materia, allá arriba, mediante el esfuerzo, la separación y la muerte; arrebátame allí en donde al fin sea posible abrazar castamente al Universo.

    (Himno del Universo; T. de Chardin).

    Siempre vuestro, Dr. J.

    16
    Oct
    Escrito por Dr. J. » 26 Comentarios »

    El Misterio de las Catedrales

    fotoLlegué despacio, por detrás, a través del paso del Pont Marie, donde se besan los amantes a escondidas para pedir sus deseos. Llegué temeroso de despertar su sigilo de campanas antiguas, de cristales ígneos y esculturas de piedra viva. Llegue de la mano de una mujer que vestía los colores de la revolución. Llegué en un día de otoño con el cielo despejado para poder observar ángeles de luz cayendo sin reposo. Atravesé el jardín que decora la girola con verjas de hierro forjado hace siglos. Llegué a la plaza de los comerciantes de tiempo e instantáneas, atestada de turistas con más ganas de ver que de conocer. Llegué con la mirada cautivada por los juegos de luces de esta ciudad embriagadora que te acoge, en esa isla destronada en medio del vendaval.

    Me paré ante sus puertas de madera que un día talló la mano del diablo, menos la puerta central donde se impone la imagen de la madre protectora, la imagen de Notre Dame. Allí donde hace años se detuvo Víctor Hugo a contemplar el vuelo de los cuervos sobre su perfil. Su fachada está orientada al noreste. Al entrar se camina de occidente a oriente, para que el peregrino siempre se dirija hacia donde nace el sol. Pasé con el gentío y me acogió el silencio de su luz, luz acrisolada por las vidrieras que hornearon maestros ancestrales. La alquimia sostenía desde los pilares su figura, sus formas, sus símbolos, sus gestos. Un sabor de miel silvestre anunciaba que allí hubo más que una historia, más de una mirada que nadie vio. Incienso y luminarias desde el umbral hasta el final de ese palacio reservado, como un velo que oculta su encanto a los profanos, a los profanos como yo. Como un niño me sentí refugiado en sus entrañas de piedra calcárea común animada por maestros, en su edificio vivo y palpitante que socorre la impiedad de los presos de lo sentidos. Piedra desechada y ahora piedra angular, muy alejada del concepto ornamental de los fríos mármoles renacentistas.

    Paseé por su planta de cruz, la cruz como jeroglífico del crisol alquímico, la cruz como triunfo del espíritu. Al volver mis ojos observé el fuego de rueda que entraba a través del rosetón, con el calor necesario para la licuefacción de la piedra de los filósofos. La evolución de las sombras hacia la luz circular de una órbita más elevada. Y así asistí al conjuro del mercurio. Subí por sus escaleras de caracol para conocer al alquimista de Notre Dame, rodeado de gárgolas seductoras que contemplan inertes el paso del tiempo con su cara apoyada en sus manos y la boca entreabierta. Terminé palpando su campana en su cárcel de madera. Salí luego al aire para estampar mi frente contra las nubes, y así descendí, con el dedo en los labios, multiplicando el azufre, entre la pirotecnia extática de juegos animales. Una vez en la calle volví a caminar… pero siempre con la confianza de ser observado por los misterios de Notre Dame de París.

    Fulcanelli decidió revelar su sabiduría hermética a los profanos a través del estudio del arte gótico, tomando como ejemplo la magnífica obra de la Catedral de Notre Dame. Su persona ha sido admirada por hombres de todas las clases, y su vida está llena de leyendas, como la de los grandes alquimistas. Los ignorantes no llegaremos nunca a conocer todos sus secretos, los misterios de una realidad no ordinaria que ha dejado su huella a lo largo de la historia de la humanidad, dispuesta a ser descubierta por ojos más atentos que los míos.

    La más fuerte impresión de nuestra primera juventud, de la que conservamos todavía vívido un recuerdo, fue la emoción que provocó en nuestra alma de niño la vista de una catedral gótica. Nos sentimos inmediatamente transportados, extasiados, llenos de admiración, incapaces de sustraernos a la atracción de lo maravilloso, a la magia de lo espléndido, de lo inmenso, de lo vertiginoso que se desprendía de esta obra más divina que humana “. (El Misterio de las Catedrales. Fulcanelli, 1925).

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