The Places We Live de Jonas Bendiksen (Magnum Photos).
“El año 2008 ha sido testigo de un cambio importante en la forma en la que viven las personas de todo el mundo: por primera vez en la historia de la humanidad viven más personas en ciudades que en zonas rurales. Este triunfo de lo urbano, sin embargo, no representa totalmente un avance, ya que el número de personas que viven en barrios de chabolas y asentamientos precarios pronto excederá los mil millones.”
Cómo hacer música con una bobina de Tesla (que si lo uniésemos a un cencerro y la voz de Christopher Walken podrían salir cosas interesantes) es uno de los “10 increíbles vídeos de física” que han seleccionado en Wired.
Salvajemente Amateur 2008
He visto amanecer en la subida al monte, he visto a dobles de Mick Jagger correr como locos entre las zarzas de las tres de la mañana, he comido carne caliente con menta, me he desollado los dedos con las cuerdas de una guitarra atronadora y sucia, he sonreído a la mujer de mi vida tocando una canción de Matilda, y he abrazado y besado a mis amigos con todas las ganas del mundo.
Salud.
Escrito originalmente en perdona de verte, me alegro que te moleste

Nos proponemos, mediante el presente ensayo, ofrecer al lector la posibilidad de, a través de la combinación acertada de una serie de elementos, convertirse en un vigoroso trazador de pedazos de realidad estilo lumpen al modo del Sr. John Fante.
A saber :
Se requiere un ambiente sórdido. Por ejemplo, una introducción comentando una monumental resaca puede ser buena. El comienzo debe ser crudo y de impacto, nada de mariconadas, el aterrizaje debe ser en la misma mierda en que vive el protagonista, aunque hay que aclarar que el muchacho no es de baja extracción social, sino que debe dar siempre la impresión de tener estudios y ser tan burgués como su lector, pero que por mor de diversas circunstancias, la vida aún no le ha pagado lo que le debía y él, por su parte, se desvive por hacer paté su hígado y provocar a la policía (municipal) sólo cuando está en condiciones de correr. En nuestro relato se ha pasado dos o tres pueblos y amanece tirado en la calle, aunque hemos de reseñar que ésta no es la tónica general de sus matinés de incorporación al mundo real. Y no nos llamemos a confusión: estamos hablando de un tipo leído, no de un mentecato, lo que le pasa es que vive en el lado salvaje. Ha de quedar claro en todo momento que no es un vulgar borracho que anda con la noción de las cosas totalmente perdida. Hecha esta glosa, empezamos:
Me habían meado los perros. Obtuve tal evidencia cuando me despertó la bocina de un camionero hijoputa que tenía que pasar por aquella calle. Abrí los ojos y vi que estaba tirado en el suelo. Me habían meado los perros y no me encontraba precisamente bien. No podía ser de otro modo, aquella noche las botellas habían sido bastantes y no estaban llenas de agua bendita sino de la ginebra más correosa y con más poco enebro que se podía destilar.
Me levanté sin mirar y como pude llevé la ceremonia de huesos de mi cuerpo hasta la pocilga infecta que era el apartamento donde vivía. Abrí la puerta mientras me estallaba la cabeza con ése amargor de bombo milenario, de gong sordo acompasado con cada latido de mi corazón y ese pedazo de carne hinchada de sangre que era mi lengua se hallaba pegada para siempre al paladar. El colchón me abrazó con el mismo cariño que otras tantas mañanas.
Ya vemos con que tipo de sujeto nos estamos jugando los cuartos. El resto del relato promete ser de lo más jugoso: quizás un poquito de hostias y discusiones, otro poquito de copas, y lo más importante: ¡a ver si folla o no, este cabrón!
Las seis de la tarde era una buena hora para que mis tripas recibieran otra dosis de alcohol, así que me despertaron y estuve un buen rato hurgando en los bolsillos de mi aséptico ropero en busca de un poquito de billetes que facilitaran el trueque comercial que me había propuesto realizar.
Atención lector, porque los vecinos entran ahora en acción. Hay una variada gama, desde la familia con el padre en el desempleo y dos niños con algo de retraso mental que se pasan todo el santo día vociferando con la madre, pasando por el matrimonio que anda a golpes a cada momento, por el camello que ejerce su actividad en casa, o por la vieja que no se entera nunca de nada. Puestos a elegir, nos quedamos con ésta última.
Nada. Pero quizá la vieja Gonsi pudiera concederme algún crédito. Gonsi no era otra que mi vecina del apartamento contiguo. Como siempre la puerta abierta, y como siempre el monitor de televisión a todo trapo. Fui a la cocina, tragué dos cucharadas de puchero sobrante y tomé, a cuenta de nada como siempre, un puñado de monedas de la botella del refrescante imperial que todos conocemos donde ella guardaba los restos de sus compras. Me tiré dos buenos pedos a la salud de la vieja por ver si me oía. No obtuve respuesta y me largué.
El súper bar «Burros y Caracola» estaba abierto. Su puerta, como una boca que me hablaba, mostraba sus dientes, sus bazares repletos de deliciosas botellas de vino blanco brillando al fondo, transparente como orines, que salía como entraba y a su paso por las deshechas tuberías de mi cuerpo se destilaba en albaranes de felicidad y estrellitas de colores.
Empecé la primera.
Empecé la segunda.
A las siete de la tarde podría decirse que ya estaba un poco borracho. A eso había venido, y no a rezar el rosario.
Va siendo hora de poner en acción el dedo veinte y uno del chico, que es lo que está esperando el lector, un poco de metesaca estimula mucho y obliga a las piernas a cruzarse en el sillón.
A las siete y cuarto entró una tía en el bar, parecía algo ajumada. Su cara tenía aspecto de haber vivido tiempos mejores. Tenía las piernas largas como una misa de cura viejo y las caderas contorneadas como una gran chicane, con unas curvas difíciles de seguir con la vista sin trastabillar; sus pechos bajo aquel traje de punto que se pegaba a su cuerpo, eran comos dos titanes, como dos mundos demoledores sin explorar, esperando a que un mamón como yo los cartografiase, midiera sus picos y sus desniveles con mis dientes y probase los frutos de sus riquísimas huertas salvajes. Mi polla comenzó a hincharse de sangre, así que me acerqué a ella y le espeté:
— ¿Quieres follar?
Ella contestó:
— ¡Digo!
Podemos optar ahora por terminar de forma escueta y cortante nuestro relato, masacrando los rijosos pensamientos del lector, con una frase que pretenda ser tan destroyer (perdón por el término) como la inicial (Recordemos: “Me habían meado los perros”). De tal modo, combinaremos los siguientes elementos:
La palabra “follar” y sus conjugaciones + alcohol + emisión incontrolada de algún humor interno + Insultos a la chica + evaluación de daños.
F I N
Imagen original de Katarsis