Asamblea

asamblea Salí­ de oí­r misa con la misma sensación de otras veces. El cura habí­a estado diciendo todo el rato lo mismo: «Hay que ser buenos».

Fui a cenar a casa de mis padres. Habí­a reunión familiar. Mi padre abrió la puerta y me dijo:

    – ¿Como estás?
    – Yo bien, ¿y tú?
    – Yo bien.

Durante la comida no dije nada. Una cuñada se dirigió a mí­:

    – ¿Como estás?
    – Yo, bien.
    – ¿Como te va ahora?
    – ¿A quién? ¿A mí­?
    – Sí­.
    – A mí­, bien.
    – Estupendo.

Mi madre intervino cortando aquel espeso y maravilloso silencio.

    – Hijo, ¿quieres más postre?
    – No. Yo voy a salir ya.
    – ¿Dónde vas?
    – Yo, a casa.

Me fui a casa.

Al dí­a siguiente en el trabajo, habí­a una reunión de las de ése nombre. Durante la misma, mi jefe dijo:

    – Así­ hacerlo debemos. Creo.

No tengo por costumbre contradecir a mis jefes, así­ es que dije:

    – Bien.

El contestó:

    – ¿Harás tú eso?
    – Confiar. En mí­ se puede. Sí­ haré
    – dije.

Cogí­ un caramelo antes de marcharme a hacerlo. Dije a la secretaria:

    – Creo que volveré.
    – Bien
    – respondió.

No volví­. Fui a comer bocadillos de salchichinas con salsa de tomate. Comí­ cuatro y llené en silencio ese vací­o acogedor.

Por la noche, dormí­ bien.