Magenta Comunicación ha renovado su web. Os ha quedado muy bien.
bruto
tu también hijo mío
El funambulista

Camina discreto por el horizonte delgado de una cuerda en equilibrio. Frágil equilibrio de tiempo y hambre. Seduce su paso. Seduce su altura. Fractura una vida un solo instante. A un lado el abismo y al otro el avispero de la vida. Tu ausencia y el disparo de fuego. Ya no hay saltos de gacela sobre la cuerda temblorosa. Puente de arena trenzado. Arriba el silencio estéril de las órbitas errantes de los astros. Un ángel dormido en una suma frente a la pizarra estrellada. Abajo el canto de un ruiseñor enfermo de palabras. Caen las cenizas de lo calcinado bajo la rabia del volcán. Un coche verdea la cortina infame de la noche traviesa. Cárcel de bragueta y liebre de montera. Aguijón en la empuñadura del manto. Arancel propicio y desatinado. Un paso más. Despacio que piensa. Una sonrisa en el aire, Chesire se frota los bigotes con cocaínica fruición. Un ojo desea una lluvia de ansiolíticos machacados y mezclados en la comida. Olor a almendras amargas en los días del verano. La leyenda del reventón masturbatorio. Casi se cae por miedo a lo desconocido. No desesperes amigo domador de líneas. Una línea fina y recta es un horizonte tranquilo, una línea ondulada el sueño del mar, una línea quebrada el seísmo de un dios tuerto y flatulento. Ballenas lejanas y cuernos de oro suplicando tierra. El baremo existe y no es cordial. Ángel detenido en la suma, dónde te perdiste. Camina un poco más. Anda un poco más. No titubees. Aleja el duelo con un canto de sirena, mujeriego inútil. Aleja el duelo con el silencio del hombre y la muerte sonriente del mar. Funambulista de carne y hambre, decide un día el verso recto, la página escrita que reposa en la culminación de lo técnicamente perfecto. Funambulista de aire y sueño, no rompas el compás del sordo viento al regañar con la bala de cañón. Usa el humo blanco para pedir un segundo. Usa el humo blanco para renunciar al campo. Una puerta en el corral de las cuatro esquinas. La poesía desesperada vive de la nada y se pudre en el corazón de los desesperados. Cambia el paso y sigue, funambulista de agua y peces. Arranca el coche y una maceta de filo grueso. Arranca la espina de la rosa en los montes del café. El funambulista ve su mundo cuerdo y cordado, el mundo lo ve solo y loco, en su hilo seguro de silencio, en su alambre de destino rancio y pérfido. Un billete de avión. Siempre de Norte a Sur. Termina el Sur. Vela blanca. Sur. Otro paso y no ve la meta. No hay meta. Sólo un paso más. Al fondo, en una brisa, oye unas palabras… ¿qué haces aquí ni pollas?. Espero en tu nombre, señor.
“Lo vi leyendo un librito de Tablada, tal vez aquel en donde don José Juan dice: «Bajo el celeste pavor/ delira por la única estrella/ el cántico del ruiseñor.» que es como decir, muchachos, les dije, que veía los esfuerzos y los sueños, todos confundidos en un mismo fracaso, y que ese fracaso se llamaba alegría.”
Extraído de una confesión de Amadeo Salvatierra, perteneciente a “Los Detectives Salvajes”, escrito por Roberto Bolaño
Siempre vuestro, Dr J.
Firefox 3 Download Day 2008
Coincidiendo con la fecha oficial de la publicación de Firefox 3, el próximo martes día 17 de junio de 2008 (Download Day), se quiere establecer un récord Guinness mundial:
Todo lo que tienes que hacer es descargar Firefox 3 durante el Download Day para ayudar a establecer el récord del software con más descargas durante 24 horas – es así de fácil. No te estamos pidiendo que te tragues una espada o que mantengas en equilibrio 30 cucharas sobre tu cara, aunque eso también sería bastante impresionante.
Yo ya me he apuntado.
Imágenes del momento de la ovulación
Imágenes del momento exacto de la ovulación captadas por primera vez.
Big Buck Bunny
Big Buck Bunny es un corto de animación hecho por la “Fundación Blender (en inglés: Blender Foundation) es una organización sin ánimo de lucro que se encarga del desarrollo de Blender, un programa de código abierto para modelado 3D.” (Wikipedia)
El corto está bajo licencia Creative Commons Attribution 3.0 que dice que se puede “copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra y hacer obras derivadas”.
Antes también hicieron otro corto llamado Elephants Dream.
La melancolía del Dragón

Acorralado por el tiempo que se me escapa, atrapado en el sueño de la vencidos, amado por una soledad austera, echo de menos los tiempos del dragón. Cuando el dragón era culpable de los desastres, de los terremotos de Sian, de las ruinas que quedaban tras el paso inmisericorde de un huracán. Cuando había seres a los que poder culpar de los fenómenos que la ciencia y la conciencia no pueden explicar con teorías o palabras. Tiempos cercanos a la mitología arcana de mentes antiguas. Tiempos de dolor y nada. Echo de menos la cola del dragón y sus escamas, tempestades de arena levantadas bajo el vuelo pesado de sus alas. Siempre habrá culpables para que haya inocentes. Leyes y palabras solemnes para abrir la boca de una montaña. El perfil de un sol que desciende sin hacer ruido detrás de minas de silicio. Una ciudad que sobrevive sin aspavientos en los márgenes de un río seco y estancado. Somos de donde hay un río, somos de donde crece la vida a raudales. Somos un inmenso campo que abona semillas de inocencia perdida. Agua de aljibe, fuegos de castilla. El canto es un grito modelado por gargantas que saben hablar. No culpemos al hombre de su destino, culpemos al destino del hombre que ha escindido su origen de la tierra, de su meca mística. Amo lo pasado y desconfío de mi soledad.
Hoy me he levantado tarde, he regado las plantas mustias de mi terraza y he saboreado el calor insano de un cigarro. Mi boca se queja del humo y mis manos de su fuerza. He mirado el cielo y no he visto ningún dragón. Vuelvo al trabajo. Todo queda por hacer de nuevo. Todo continúa siempre. Una gota en una hoja. Añoro la cola del dragón para ir más lejos. Añoro una sonrisa para ir más lejos. El regreso es una meta. Cartago ha cerrado los caminos de África. El sol en sus llanuras es siempre más rojo.
La melancolía es una bandera rota bajo un manto de sauces. El polen vuela sobre las flores de este mayo, que una vez de derecho viene ya de soslayo. Aguanta el viento, la ropa se secará pronto y entonces no volveré a añorar el dragón que vi en tus ojos táctiles, en tus dos ojos castaños nacidos de la sangre. El dragón que vi aquella vez, el mito dormido en su sueño profundo.
El cielo está a los pies
El cielo está a los pies, corazón mío!
en soledad sonora sumergido
en cero gravedad, firme firmamento.
Amor divinamente eléctrico,
amor enciende amor por tientos
de puntillas y en silencio,
glorieta, cúpula, cópula.
Para sentirse libre de la náusea, el hombre necesita una tensión,
una pasión, una mística.
Frente a la sociedad encuadrada, la sociedad animada
Entre infrarrojos y ultravioletas, voz de sombra.
El mito contiene el sueño profundo.Fuente: José Val del Omar, Tientos de erótica celeste, selección y adaptación de Gonzalo Sáenz de Buruaga y María José Val del Omar (Granada: Diputación de Granada 1992), p. 32
El cielo de aquel octubre | Capítulo 4

Capítulo 4
María estuvo en estado de estupor hasta que fue el entierro de su hermana, a los dos días, el 4 de Octubre de 1937. La enterraron en un ataúd de madera barata y sin pintar, con ceremonia ortodoxa. Esa misma tarde sería el de J, pero J despertó. Tras haber desfallecido sólo recordó despertar con nauseas. J lo comprendió todo cuando sintió un dolor intenso en las manos, costado y piernas. Apenas pudo incorporarse. Iván y María le quitaron el sudario, Vasili estaba junto a la puerta, cerca del espectro de su mujer. J se levantó ante ellos desnudo, y con un terrible mal sabor de boca. La sed le consumía y una angustia contenida le oprimía el pecho dificultando su respiración. Tosió y el dolor le recorrió el cuerpo como un escalofrío. Se miraron en silencio, en pleno asombro, en pleno espanto. J se fue a abrazar a María, febril, fue a buscarla. Y allí estaba ella, sin comprender nada, en un sueño que duraba ya varios días, agotada, pero con los brazos abiertos para envolverlo. Calmó su frío y su fiebre tapándolo con su abrigo negro. Se acogieron como solían hacerlo y se lamieron las heridas con la boca abierta, muy despacio. Muy despacio, hasta encontrarse de nuevo juntos al despertar.
Hoy 30 de Octubre de 1937, hace semanas que es Otoño. María ha vuelto, como cada mañana a la metalúrgica. Mientras J se queda en casa como un Lázaro sordomudo con experiencias suicidas. Desde aquella tarde en la que despertó de su amargo letargo, supo porqué y por quién había regresado. Amarla era abrir agujeros en el cielo y ver qué hay más allá. J desde aquella tarde, no habla, pero su mal sabor de boca mejora día a día. María no sonríe mucho, sin embargo todo es sencillo. Se aman de igual a igual. Y aunque han encontrado su justificación, ya no quedan muchos amigos, sólo desconfianza. Rusia es un gigante con pies de barro, y su pueblo tiene desatado el instinto de muerte. Soldados rojos, planes quinquenales, negros ferrocarriles con deportados a Siberia, amplias avenidas, automóviles, herrumbre, gris acero y siluetas quebradas sobre el fondo de un cielo lúgubre. Aquella humedad en el cuarto y excrementos de ratón en las esquinas del piso. Tal vez sea hora de irse. El pueblo ruso tiene más fe en los mitos stalinistas, cree más en ellos, que en la vida que se les escapa. Era el momento de huir.
Así, al volver María del trabajo, en la noche del 30 de Octubre, J la esperaba con la mesa puesta. El piso iluminado por velas y para comer judías de final de mes y un par de salchichas. J miraba por la ventana. Llamó a María por su nombre exacto. Empezaba a echar de menos tu voz, creí que no volverías a hablar nunca, dijo María mientras se acomodaba a su lado. Desde que regresé llevo pensando en marchar de aquí. Desde aquella noche no somos los mismos. No me encuentro bien en esta casa. Tal vez sea mejor irnos, viajar a Minsk o a Barcelona, como el camarada Antonov. Sé que en España continúa la guerra y están reclutando soldados. Además los republicanos necesitan y buscan apoyo literario e intelectual en toda Europa. Puede ser una buena oportunidad para cambiar nuestra historia. Ya no tengo miedo a la muerte. Allí la escarcha es suave, muchos ya se han ido al amparo de una nueva poesía. Tal vez pueda publicar algunos de mis estudios.
Tras hablar J, estuvieron un rato en silencio. Contemplaron el tiritar de las estrellas, hasta que María intervino. Me siento tan pequeña cada vez que miro el cielo… como si estuviera de nuevo en los brazos de mi padre, escuchando las leyendas del Leshi, mientras me hacía cosquillas con su largo bigote. Tal vez tengas razón, hemos cambiado, ahora el cielo me pertenece. Pero para qué marchar… yo ya sé que el mal existe y no se puede huir de él. Leibniz creía que el mal era el bien sin desarrollar, pero quizá la huida nos haga libres, o simplemente seres humanos.
María lo sabía, tan sólo lo tenía a él y aquel frío que no la dejaba. J se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Ella encontró en su pecho el hueco exacto para su cabeza. Ambos quedaron mirando sin prisa un zepelín que invadió el cielo, su cielo.
Iván, harto de Moscú y de escupir negro carbón incrustado en sus pulmones cada vez que tosía, se exilió a Minsk. Fue con su hijo. Allí, en la Rusia blanca, a orillas del Svisloch, tenía una buena oportunidad para empezar de nuevo. La constitución aprobada y la paz con Alemania cerca, no sería difícil encontrar trabajo en las fundiciones, en la industria del papel o en las cervecerías.
Vasili no tardó en irse. Se lo llevó su esposa envuelto en una luz que bajó del cielo una noche de invierno. Dejó la zapatilla de felpa roja, tal vez para que cultivasen las nuevas generaciones que quisieran aprender a escapar.
Para J y María, aquel Octubre fue el último que pasaron en Moscú. Atadas las dos maletas con una cuerda, dejaron el piso abierto. Aquel piso sin calefacción donde les abrigó su boca, dónde se amaron desde el centro hasta los extremos. Se marcharon al amanecer del 1 de Noviembre de ese 1937, camino de Barcelona y con unos pocos rublos en el bolsillo. Tal vez por eso el cielo de aquel Octubre sobre Moscú les hizo bellos. Y la belleza los hizo pobres, más pobres. Lo último que recuerdo de aquel Octubre es que, cuando brillaba el último rayo de sol sobre las cúpulas del Kremlin, la ciudad lloró sobre los ferrocarriles y la Plaza Roja quedó desierta. Sólo cruzada por dos sombras que estrenaban inmortalidad.
FIN
El cielo de aquel octubre | Capítulo 3

Capítulo 3
María había salido a ayudar en el parto de Larissa. J se quedó en casa revisando sus estudios en alemán acerca del camino de la liberación que Marx había fomentado en sus últimos años. En sus manuscritos, Marx proponía como meta el comunismo. Estos manuscritos sobre los que trabajaba los consiguió en 1920, en Stuttgart, durante un viaje a la Alemania de sus abuelos. Tenía sus trabajos sobre la mesa de madera, que desde aquella noche no dejó de cojear y de sangrar. Además de sus papeles, había un poco de sopa recalentada, pan, algo de vino y un ejemplar desencuadernado de Pushkin. La tos que le acompañaba desde hace días, no se iba.
El viejo Vasili los vio entrar. Un largo abrigo negro y gorro de marta con la estrella roja en el centro, los delataba como de la MTS. La ametralladora bajo la manga. La pistola y la porra bajo el abrigo. J escuchó el estrépito de sus pasos militares subiendo la escalera.
Aporrearon la puerta del segundo piso, uno de ellos se presentó como el sargento K. Al abrir, los tres soldados que le acompañaban, pusieron a J de cara a la pared. Registraron el piso. Tras comprobar que no había nadie, le ataron a la silla con las manos cruzadas a la espalda. Comenzó la paliza. Fue terrible. Condenado ya en su improvisado tribunal, no hubo tiempo para pedir fuerzas. Derramaron el vino como sangre derramada en el Gólgota. El pan, la sopa y sus papeles se mezclaron en el suelo. Luego fue desatado y arrastrado a golpes por el piso, como un pan que se amasa contra la roca. Injuriado, con los labios y las manos rotas, tenía los ojos tan hinchados que no podía ver. El costado le fue abierto por una navaja premonitoria. Sus piernas quebradas no le sostenían. Sentía sed, mucha sed. Todo era amargo y doloroso. Su rostro recibía la descarga implacable de unos puños cerrados con la ira del pueblo. Un pueblo vencido, sumido en una creciente polución y miseria. Un pueblo enfermo, engañado. Golpeaban incansables. Ebrios, con los ojos inyectados en sangre, como el Mikolka de Dostoyesvky apaleando a su caballo. El último golpe hizo a su cuerpo herido y roto temblar por el aire, y el crujido arrancó un rechinar de dientes. El dolor fue extremo… hasta desfallecer. El sargento K, recogió unos cuantos papeles del suelo, a escasos metros del cuerpo tendido. Cuando el charco de sangre tocó sus botas, el sargento K, dio la vuelta y salió de casa seguido por sus hombres. Al irse se limpió la bota manchada en la barriga desnuda y casual de un gato pardo que se le cruzó por delante.
Hubiera sido más fácil un tiro en la nuca, a las afueras de Moscú, y dejar que su cuerpo fuera cubierto por un manto de hojas mojadas, de esas que manchan la tierra de amarillo y luego sepultado por la nieve. Pero a alguien no le debía caer bien. Su pasado trostkista, sus trabajos, sus propuestas y sus clases en la Universidad no eran bien acogidas por el Partido.
En esos momentos, en la parte Este de la ciudad, nacía el hijo de Larissa. Se llamó Ivan, como su padre. Larissa no aguantó. Murió tras el parto, desangrada. La placenta tardaba en salir, la patrona tiró del cordón para favorecer la expulsión mientras María apretaba el abdomen con el puño. Pero la matriz se desgarró. La placenta estaba incrustada en el útero. No hubo formar de detener la hemorragia.
Las manos y rodillas ensangrentadas de María no se lavaron con sus lágrimas, ni con las de Ivan, ni con la lluvia inesperada que mojó las calles, las fábricas, las cúpulas de las iglesias y el techo del transporte urbano.
Horas más tarde, Vasili recibió a María en la escalera y le contó lo ocurrido. El cuerpo de J estaba ahora en el piso de Vasili, envuelto en unas sábanas. El anciano estuvo de pie, al lado de ella, observando el rostro desolado de María. Su mirada azul perdida en la penumbra del portal. Su mente trasladada a la granja familiar en cenizas, el mismo rencor en el alma, el mismo nudo en el pecho, la misma impotencia. Mojada, pero sin lágrimas que derramar. Agotada. Había perdido en la misma noche a J y a su hermana. Con restos de sangre en su ropa, poco le quedaba ya. Vasili la invitó a entrar, le dio unos tragos de vodka y la arropó con la única manta que tenía. El cuerpo inerte de J estaba sobre la alfombra, en frente del sillón donde no pudo dormir ella. Vasili no dejó de hablar con su mujer.
