Bunny suicides
Bunny suicides. Tiras cómicas de Andy Riley sobre conejos suicidas. Para partirse de risa. [Actualización: han desaparecido los comics]
Bunny suicides. Tiras cómicas de Andy Riley sobre conejos suicidas. Para partirse de risa. [Actualización: han desaparecido los comics]

A propósito de la ley prohibicionista y el comentario de Escohotado al que nos remite J., debería recordar que el mundo de los estupefacientes no sólo se compone de opiniones maduras, científicas o versadas en propias experiencias. También influyen en el ámbito de las relaciones sociales, la religión y la medicina. Es cierto que todo el mundo tiene derecho a opinar, pero ¿son todas las opiniones válidas? ¿Tiene alguien potestad sobre el juicio de cada cual? El conocimiento es un arma de doble filo.
Como nos recuerda Escohotado en su “Historia General de las Drogas”, éstas han sido utilizadas por todas las culturas de este nuestro mundo y en todas las épocas. No hay tradición que no las mencione y debemos saber que no todas son iguales, ni que toda la gente se ha acercado a ellas con los mismos propósitos. Como es imposible hacer un análisis de las mismas en unas pocas líneas, sólo mencionaré algunos autores que han influido en mi forma de pensar acerca de este tema y que contemplan otras visiones de la cuestión: “Confesiones de un inglés comedor de opio” de De Quincey, “Los paraísos artificiales” de Baudelaire, “Las enseñanzas de Don Juan” de Castaneda, “Las puertas de la percepción” de Huxley, “Acercamientos” de Jünger, “La mente Holotrópica” de Grof (guiño al difunto Ogara)… sin olvidar la cofradía de la aguja del tito Burroughs.
Así podríamos empezar a hablar, acometer las múltiples dimensiones de esta realidad, a la que yo me enfrento desde hace tiempo como médico inclinado a la instrucción durmiente de la morfina (“Morfina” de Búlgarov). Pero hoy, daré una opinión ofrecida en 1917 por Antonin Artaud a propósito de la Ley de Estupefacientes de Francia en un carta remitida al Legislador. Recordaré que Artaud (actor, poeta, pensador, acercado al surrealismo por Tzara y alejado del mismo por Breton y enfermo de los nervios por lo demás) era dependiente del opio y la heroína, necesitando el opio como el aire para respirar. Conoció la tradición del peyote en una serie de viajes a Méjico a la Sierra Madre y desde entonces fue ferviente defensor de este rito del país de los tarahumara. Atormentado por el amor, por su enfermedad, él conseguía opio farmacéutico para vivir y no para lucrar su espíritu, por eso ataca tan duramente a la administración política defendiendo su derecho de ser juez de sí mismo, de su dolor.
Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia, sois unos pedantes roñosos; hay una cosa que debería decir mejor: que el opio es esa imprescindible e imperiosa sustancia que devuelve a la vida de su alma a quienes tuvieron la desgracia de perderla.”
Fragmento de la carta al legislador de la ley de estupefacientes
Antonin Artaud
Domestik Alien, una página siempre recomendable, nos enseña (entre otras cosas muy interesantes) la que posiblemente será la portada del libro «Mi vida perra» de Almudena Montero, conocida en el ambiente bitacorero por sus diferentes blogs del género “a qué huelen las nubes”: amqs (que ahora está aquí), evabraun, aunque parece ser que está “ocupada o fuera de cobertura en este momento”.
No se qué fue primero, la escritora o la ‘bloguera’, pero me parece curioso y positivo que las editoriales busquen a sus nuevos escritores entre los que escriben bitácoras. Así que ya sabes Dr. J.
Empezaré por el final, por la mayor de sus inconfesables pasiones, por el único alivio de su alma… El Teatro. Sus otras obsesiones son mejor conocidas, su pasión por la numerología (542 azotes más 283… por el culo te la hinco), su pasión por la cera derretida sobre los pezones de una joven doncella, el trenecito sodomita con varios criados, la desfloración de muchachas virtuosas, el exceso de las marcas en la piel, dormir hasta reventar la cama… pero nada le producía más placer que el teatro.
Él se consideró siempre dramaturgo, actor en una tragicomedia que le había tocado vivir. Pero el pobre Donatien tuvo que convertirse en Marqués para desatar su furia contenida contra los estamentos decadentes que tan bien conocía, para descargar su fogosidades, desatar su apetito por perdurar en el exceso, cometer crímenes en nombre del deseo, fornicar conciencias, derribar las mojigatas costumbres religiosas para enaltecer el placer sobre todas las cosas… sobre la familia, sobre él, sobre el tiempo. Y esto no fue entendido ni perdonado por su sociedad (y la nuestra?), siendo condenado por todas y cada una de las clases dirigentes de su época. La corte absolutista lo tomó como cabeza de turco de la denostada nobleza por sus tropelías libidinosas y lo encerró por primera vez en la cárcel. Fue liberado en plena revolución francesa, libertad a los presos, viva el creador de Justine… hasta que sus excesos con la clase pobre y obrera, sobretodo sus orgías con cantárida (veneno afrodisíaco que relaja satisfactoriamente los esfínteres y provoca meteorismo impertinente), lo condujeron camino de la guillotina, de la que se libró gracias a un tumulto callejero. Y por último, el joven Napoleón, no fue menos que los hijos de Robespierre, y lo encerró en el psiquiátrico de Charenton.
Éste hombre que luchó en la guerra de los siete años, nunca ocultó sus nobles desenfrenos. Su suegra le sacó de todos sus problemas hasta donde pudo y su mujer lo detestó desde un principio. Le gustó disfrutar de la vida, y nunca se arrepintió de nada… tal vez de ser conocido como el autor de La filosofía del tocador más que como uno de los grandes dramaturgos de su tiempo. Y así, añorando sus años de juventud, sus travesuras por Italia con el cardenal de Bernis, terminó éste buen hombre entreteniendo a los dementes del sur de Francia con sus obras de teatro. La terapia de la locura. Murió en 1814, a caballo entre dos siglos. Quiero imaginarlo feliz.
Epitafio a D.A.F. de Sade,
arrestado bajo todos los regímenes.
Paseante,
arrodíllate para rezar
por el más desdichado de los hombres.”

En estos días mi corazón se cubre de nubes. El sol cae oblicuo y más despacio que de costumbre, como si no quisiera verme. En estos días las calles cotidianas gritan el nombre de sus fantasmas y los pasos se hacen más lentos por el frío. Lentos como las pensamientos, como las fases de la luna, como el dolor. En estos días las calles son heridas de luz. Porque quien tiene amor lo desperdicia, y quien no lo tiene lo añora. Y es en el devenir donde el corazón se libera y escapa como un pájaro de tus manos. Pero el desasosiego vuelve, te acecha, se agarra a tu cuello para hacerte difícil respirar. Así es el dolor del hombre. Y así es el libro del que quiero hablar. El libro del desasosiego de Bernardo Soares, escrito por el gran Pessoa, o más bien por todos ellos. Libro incompleto desde su concepción, de intervalos, de residuos, de discursos desamparados, de la agonía de estos tiempos. Aquí están todos los Pessoas y más. La tragedia del día a día se confunde con las cañerías de los cafés y los motores de una ciudad industrializada que añora sus raíces, donde no hay sitio para los taciturnos escritores, para los que buscan algo más, para los que vuelven del dulce abismo. A ellos, y a todos los que sufren la dictadura de sus sentimientos, está dedicado éste libro imprescindible.
Nubes… ¡Qué desasosiego si siento, qué desconsuelo si pienso, qué inutilidad si quiero!… Nubes… son como yo, un pasar desfigurado entre el cielo y la tierra, al sabor de un impulso invisible, lejos del ruido de la tierra y sin tener el silencio del cielo.”
“Libro del Desasosiego”, Fernando Pessoa
Esta es la última concesión a la melancolía. Se acerca la hora de la Filosofía del Marqués. Siempre vuestro, Dr. J.

Recientes acontecimientos han devuelto a mi ánimo a un todavía más profundo abismo. Y allí, sólo algunos vencidos han sabido sobrevivir con honestidad. Con la honestidad de la soledad. Con la honestidad del desencanto. Con la honestidad de un hombre desnudo. Entre ellos el viejo E. M. Cioran. Éste rumano es un filosofo sin filosofía, de esos que saben lo que vale la vida y una barra de pan, de esos que han pasado penurias, que han sufrido el exilio (tanto interior como exterior) de un París habitado por santos bebedores (un guiño a Roth), que conservan la lucidez del hambre. La lucidez del abismo, la lucidez de la soledad. Visionario del desengaño, su lucidez ahonda en lo que todos pretendemos olvidar, templa las fuerzas de su vida en la fragua de la desilusión y desnuda las emociones del hombre para enaltecerlo y subirlo a los altares mundanos e insomnes de las bajas pasiones. No estoy hablando de un premio nobel, ni de la belleza de la literatura, ni siquiera de quién utiliza su palabras en pro de un feminismo retrógrado o de quien defiende la algarabía política de un líder ridículo. Estoy hablando de la letra que llega al fondo, y desentraña la vacuidad. Antes de fallecer en 1995 se tradujo el libro que cito, éste Breviario de los vencidos (Ed. Tusquets), indispensable para poder terminar de hundirte y empezar a ver con nuevos ojos. Para no sucumbir a la desesperanza, sino aprovecharla. Amigos, disfrutad de la desesperación.
Con ansia y amargura, he intentado cosechar los frutos del cielo y no he podido. Se elevaban hacia no sé que otro cielo cuando les tendía mis manos golosas de su abundancia. No, no es la visión de los astros lo que me deslumbrará. Bastante luz he perdido mendigando a las alturas. Harto de toda laya de cielos, he dejado mi alma a merced de los ornamentos del mundo.”
Émile Michel Cioran
Siempre vuestro, se despide el Dr. J, agradecido a J. y al Talibán por sus nacimientos y su dicha, y por ser los amigos que sostienen la templanza de un cálido abrazo… así pasen otros treinta años. Un abrazo, camaradas.
[...] Por entonces releí la Odisea, que había leído por primera vez en bachillerato, y que recordaba como la historia de un regreso. Los griegos, que sabían que nadie puede bañarse dos veces en un mismo río, no creían en el regreso, por supuesto. La Odisea es la historia de un movimiento, con objetivo y sin él al mismo tiempo, provechoso e inútil. [...]
La casualidad pone en tus manos un librito-oruga de apenas 200 páginas que va creciendo y creciendo, hasta convertirse en una maravillosa novela.
Éste autor alemán, austero y elegante nos demuestra que, también en la técnica narrativa, menos es más. Libros que nos hablan de libros….. y de sentimientos.
El Dr. J., saliente de guardia, decide acordarse de los sueños (gracias por este desahogo, querido J):
Corría el año 1635, los impuestos dañaban el honor del españolito para mantener un famélico ejército en la fase francesa de la guerra de los Treinta Años, tras expulsar la mano de obra morisca nos quedamos con el barroquismo y la decadente hidalguía, Quijote en lucha fragante contra la realidad, y una Europa en crisis de valores asumía mal el racionalismo de Descartes (tres sueños eróticos seguidos le hacen preguntarse el misterio de la realidad, Porno-Internet??) mientras la realeza descubre impúdicamente el poder del Absolutismo. En estas estábamos cuando se escribe “La Vida es Sueño” y los sueños… Permitidme un leve pasaje de esta dramática obra de un Calderón estudioso y encaminado hacia la santidad (se ordenó sacerdote con el hábito Franciscano en 1652).
Segismundo (hijo del rey) está preso para que no se cumpla su maldita profecía, tiene un encuentro fortuito con la realidad y su cara más cruel, una bella mujer, Rosaura. A ella se dirige apasionado:
“Sólo por ver si puedo, harás que pierda a tu hermosura el miedo, que soy muy inclinado a vencer lo imposible. Hoy he arrojado de ese balcón a un hombre que decía que hacerse no podía; y así, por ver si puedo, cosa es llana que arrojé tu honor por la ventana”
Amigo Calderón, a lo mejor los españolitos no hemos despertado todavía, el albedrío está desatado y el honor desperdiciado. El sueño nos revelará la vida, y la vida se revelerá al despertar. Que la vida es sueño y los sueños…
De vez en cuando eso que llaman “panorama cultural”, mejor dicho páramo, por inhóspito y yermo, nos sorprende con propuestas interesantes. Cansados de tanto show-business, nos damos de bruces con Thomas Ostermeier y Elfriede Jelinek. Ella austriaca. El alemán. Ambos, abanderados de la vieja Europa que sigue sin reconocerse vanguardia.
Frau Jelinek, premio Nobel de Literatura 2004, debutaba en 1977 con la obra “Lo que ocurrió después de que Nora abandonase a su marido o pilares de la sociedad”. Curiosamente el tema es retomado éste año por Herr Ostermeier, dirigiendo en el Festival Internacional de Teatro Temporada Alta de Girona, “Concierto a la carta”. Otro epílogo del clásico de Henrik Ibsen “Casa de muñecas”.
Tanto Nora como Hedda Gabbler (polémico personaje de Ibsen), nos ayudan a interpretar parte de la obra literaria de Jelinek, descaradamente ninguneada por los críticos, antes y después de concedido el Nobel.
Nuestra sociedad, bienpensante, occidental e igualitaria, está llena de mujeres que son Nora y son Hedda; son la suicida Srtª Rash de “Concierto a la carta”.
Ibsen en el siglo XIX, Ostermeier ahora y Jelinek siempre, representan el compromiso con el único islote de libertad que nos queda: el teatro.
Quizá el suicidio sea el último atentado anarquista contra la más preciada propiedad del ser humano; su propia vida, pero según Ostermeier:
La cosa cambiaría si la presión que sufren los que realizan el peor acto de violencia contra ellos mismos se canalizara en aras de una revolución”
Puede que esa revolución pendiente sea la que tenga por protagonistas a todas las Noras.
Más información y bibliografía:
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