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1
Ago

Ausencia habla. Escuchad el rumor como un runrún

Mi amigo Peónidas Ausencia. El sociópata del desiertoEste es Peónidas. Mi amigo Peónidas Ausencia. El sociópata del desierto. Aquí le tenemos mirando el cielo con su chakra 7 abierto de par en par. Peónidas se retiró al desierto cuando comprobó la sed de mal que anidaba en sus tripas marrones. Habita, como digo, en el desierto, no importa ahora cuál. Vive toscamente aportando proteínas a su cuerpo mediante la ingesta de grillos y saltamontes y alguna que otra culebra torpe, sus necesidades de verdura se hallan cumplimentadas mediante la sustracción de tomates en invernaderos cercanos. Cubre su cuerpo con una tilma que teje con cactus desecados, una camiseta del carreful color cielo como se aprecia en la foto que acompaño y unos carsones levis del año 1989. No es eremita, sino sociópata consciente, y como tal se apartó de todos nosotros.

Me relata Peónidas cómo, a veces y hallándose presa de sufrimientos incontenibles, penetra las vulvaspulpas de las pencas y como éstas en ocasiones desgarran su miembro, fecundando la tierra con gruesas gotas de sangre. El suelo, amarillo y seco, se tiñe entonces y absorbe con voracidad el plasma hasta volver a su natural agostado. Este prodigio, lejos de admirarle, le sume en duelo y abatimiento, haciéndole prosternarse y orar, sabiéndose impuro. Es en esos momentos de quebranto del alma y Purificación cuando da en lo profundo de su jeta el Choque de los Protocolos del Ayuno Desperdigao. Estos son no otra cosa que una serie de expresiones o sentencias de maceración indeterminada y que vienen inoculadas en su toña por efecto directo del asentamiento de drogas varias consumidas en el pasado y psicodramas de época universitaria en el limo de su cerebro encharcado.

Los sintagmas, el verbo y la sustancia iluminan durante la oración como fogonazos el blanco de sus ojos, y su lengua, crujiente y seca por el Padre Sol, proclama entonces Los Protocolos del Ayuno Desperdigao.

Como sé de vuestra natural inquietud y confusión a estas alturas del relato por conocer los Protocolos os relaciono alguno a continuación, pero pocos, porque si no esto se acaba en el primer capítulo, que es éste. Ahí van:

  • “Llaves, fruta y merienda, tres divanes donde recostar la tranquilidad de un burgués.”
  • “Uvas con queso saben a beso, uvas con pan saben a beso de sacristán.”
  • “Vuestros corazones son como fotocopiadoras locas que no saben qué reflejar pero van escupiendo a toda velocidad.”

En fin, un pirado con toa la cuerda dá, como podéis comprobar.

Me pide que os comunique el siguiente Protocolo para Agosto que debiera presidir todos vuestros actos durante el citado mes, y lo hago con gusto y agrado porque si no, me va a estar dando la brasa todo el verano y necesito disfrutar de mis llaves, mi fruta y mi merienda en paz con aquellas personas a las que quiero, que están hechos unas fotocopiadoras locas comiendo uvas con pan a to meter.

Este es el Protocolo del Ayuno Desperdigao revelado para Agosto:

“Caga duro y pee fuerte, y ríete de la Muerte”

¡Buen verano, bruticos!

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  • 28
    Jul
    Escrito por You Meikmisic » 5 Comentarios »

    Señor, dame fuerzas para sostenerme

    cartel salvajemente amateur 2008

    Salvajemente Amateur 2008

    He visto amanecer en la subida al monte, he visto a dobles de Mick Jagger correr como locos entre las zarzas de las tres de la mañana, he comido carne caliente con menta, me he desollado los dedos con las cuerdas de una guitarra atronadora y sucia, he sonreído a la mujer de mi vida tocando una canción de Matilda, y he abrazado y besado a mis amigos con todas las ganas del mundo.

    Salud.

    Escrito originalmente en perdona de verte, me alegro que te moleste

    10
    Abr
    Escrito por You Meikmisic » 10 Comentarios »

    Un ser Megaborde

    (Cómo escribir un relato al modo John Fante)

    John Fante

    Nos proponemos, mediante el presente ensayo, ofrecer al lector la posibilidad de, a través de la combinación acertada de una serie de elementos, convertirse en un vigoroso trazador de pedazos de realidad estilo lumpen al modo del Sr. John Fante.

    A saber :

    1. El Galán:
      • Varón Maduro. 35 a 45 años. Bien dotado, según su parecer. Potencia sexual inhumana, (tiene un Ave Fénix en su pene) según su parecer. Abluciones escasas, tanto matutinas como vespertinas. Olor a macho. Chulería incontenida, exaltación del “yo” por encima de todo. Concepto rerumcéntrico del Universo (“Las cosas están a mi servicio y no yo al servicio de las cosas”) y en consecuencia, chulo por encima de todo. Aficionado a las peleas por causas nimias, como una mala mirada, un malentendido, etc. Alcohólico modesto, sazona su afición con algún desparrame ocasional. Desprecio por las autoridades y las mujeres, “esas cosas que huelen”. En definitiva, Un Ser Megaborde.
    2. La Chica:
      • Belleza porcina. Buenos cantos. Imprescindibles pechos de gran tamaño. (Mínimo 90). Desinhibición sexual a media copa. Parroquiana adicta a los garitos más repugnantes, donde halla a los machovaras capaces de satisfacer su insania sexual aún a costa de recibir alguna que otra pedrada de sus amantes más que ocasionales. Voracidad interpernorum: se le supone.
    3. Los Lugares:
      • Sean cuales sean, los lugares no deben estar muy limpios, la mugre resulta esencial. Convienen mostradores, mesas y sillas de railite, calendarios atrasados y vasos opacos. Sitios con capacidad de autogenerar borra o pelusa con la misma facilidad que el protagonista meteorismos.
    4. El Alcohol:
      • La generosidad en la utilización de éste sin par elemento no debe ser de ningún modo racionada o limitada bajo concepto alguno. Es susceptible de combinarse con algún tipo de drogas: psicotrópicos, compuestos anfetamínicos u otros por el estilo. Prohibida la cocaína, por su cierto aire burgués; ello repugna por partes iguales a autor y lector y desvirtúa grandemente la naturaleza del relato. Prohibido también el caballo, despista, y hace perder el aire moderno que le imprimen los elaborados químicos. Se permite, no obstante, el fumar chinos: aspirar humo de heroína siempre llama la atención.

    Introducción

    Se requiere un ambiente sórdido. Por ejemplo, una introducción comentando una monumental resaca puede ser buena. El comienzo debe ser crudo y de impacto, nada de mariconadas, el aterrizaje debe ser en la misma mierda en que vive el protagonista, aunque hay que aclarar que el muchacho no es de baja extracción social, sino que debe dar siempre la impresión de tener estudios y ser tan burgués como su lector, pero que por mor de diversas circunstancias, la vida aún no le ha pagado lo que le debía y él, por su parte, se desvive por hacer paté su hígado y provocar a la policía (municipal) sólo cuando está en condiciones de correr. En nuestro relato se ha pasado dos o tres pueblos y amanece tirado en la calle, aunque hemos de reseñar que ésta no es la tónica general de sus matinés de incorporación al mundo real. Y no nos llamemos a confusión: estamos hablando de un tipo leído, no de un mentecato, lo que le pasa es que vive en el lado salvaje. Ha de quedar claro en todo momento que no es un vulgar borracho que anda con la noción de las cosas totalmente perdida. Hecha esta glosa, empezamos:

    Me habían meado los perros. Obtuve tal evidencia cuando me despertó la bocina de un camionero hijoputa que tenía que pasar por aquella calle. Abrí los ojos y vi que estaba tirado en el suelo. Me habían meado los perros y no me encontraba precisamente bien. No podía ser de otro modo, aquella noche las botellas habían sido bastantes y no estaban llenas de agua bendita sino de la ginebra más correosa y con más poco enebro que se podía destilar.

    Me levanté sin mirar y como pude llevé la ceremonia de huesos de mi cuerpo hasta la pocilga infecta que era el apartamento donde vivía. Abrí la puerta mientras me estallaba la cabeza con ése amargor de bombo milenario, de gong sordo acompasado con cada latido de mi corazón y ese pedazo de carne hinchada de sangre que era mi lengua se hallaba pegada para siempre al paladar. El colchón me abrazó con el mismo cariño que otras tantas mañanas.

    Ya vemos con que tipo de sujeto nos estamos jugando los cuartos. El resto del relato promete ser de lo más jugoso: quizás un poquito de hostias y discusiones, otro poquito de copas, y lo más importante: ¡a ver si folla o no, este cabrón!

    Las seis de la tarde era una buena hora para que mis tripas recibieran otra dosis de alcohol, así que me despertaron y estuve un buen rato hurgando en los bolsillos de mi aséptico ropero en busca de un poquito de billetes que facilitaran el trueque comercial que me había propuesto realizar.

    Atención lector, porque los vecinos entran ahora en acción. Hay una variada gama, desde la familia con el padre en el desempleo y dos niños con algo de retraso mental que se pasan todo el santo día vociferando con la madre, pasando por el matrimonio que anda a golpes a cada momento, por el camello que ejerce su actividad en casa, o por la vieja que no se entera nunca de nada. Puestos a elegir, nos quedamos con ésta última.

    Nada. Pero quizá la vieja Gonsi pudiera concederme algún crédito. Gonsi no era otra que mi vecina del apartamento contiguo. Como siempre la puerta abierta, y como siempre el monitor de televisión a todo trapo. Fui a la cocina, tragué dos cucharadas de puchero sobrante y tomé, a cuenta de nada como siempre, un puñado de monedas de la botella del refrescante imperial que todos conocemos donde ella guardaba los restos de sus compras. Me tiré dos buenos pedos a la salud de la vieja por ver si me oía. No obtuve respuesta y me largué.

    El súper bar «Burros y Caracola» estaba abierto. Su puerta, como una boca que me hablaba, mostraba sus dientes, sus bazares repletos de deliciosas botellas de vino blanco brillando al fondo, transparente como orines, que salía como entraba y a su paso por las deshechas tuberías de mi cuerpo se destilaba en albaranes de felicidad y estrellitas de colores.

    Empecé la primera.

    Empecé la segunda.

    A las siete de la tarde podría decirse que ya estaba un poco borracho. A eso había venido, y no a rezar el rosario.

    Va siendo hora de poner en acción el dedo veinte y uno del chico, que es lo que está esperando el lector, un poco de metesaca estimula mucho y obliga a las piernas a cruzarse en el sillón.

    A las siete y cuarto entró una tía en el bar, parecía algo ajumada. Su cara tenía aspecto de haber vivido tiempos mejores. Tenía las piernas largas como una misa de cura viejo y las caderas contorneadas como una gran chicane, con unas curvas difíciles de seguir con la vista sin trastabillar; sus pechos bajo aquel traje de punto que se pegaba a su cuerpo, eran comos dos titanes, como dos mundos demoledores sin explorar, esperando a que un mamón como yo los cartografiase, midiera sus picos y sus desniveles con mis dientes y probase los frutos de sus riquísimas huertas salvajes. Mi polla comenzó a hincharse de sangre, así que me acerqué a ella y le espeté:

    ¿Quieres follar?

    Ella contestó:

    ¡Digo!

    Podemos optar ahora por terminar de forma escueta y cortante nuestro relato, masacrando los rijosos pensamientos del lector, con una frase que pretenda ser tan destroyer (perdón por el término) como la inicial (Recordemos: “Me habían meado los perros”). De tal modo, combinaremos los siguientes elementos:

    La palabra “follar” y sus conjugaciones + alcohol + emisión incontrolada de algún humor interno + Insultos a la chica + evaluación de daños.

    F I N

    Imagen original de Katarsis

    31
    Mar
    Escrito por You Meikmisic » 5 Comentarios »

    The Bombo Tour – Sefronia no sirven para banda sonora de tu vida

    Sefronia - The Bombo Tour

    “Un ángel cosió mis labios con hilos de tu piel.”

    Una montaña de gloria cubierta de bayas se alza en mitad del desierto.

    Saltarinos los acordes del anuncio T.V. van saliendo de tus labios silbados por la calle. Es graciosa, sí, es graciosa la melodía, y casi en pequeños saltitos te elevas recordándola. Luego en tu casa sin pasillos tus dedos encienden los leds y pones tu colección sonora: cortas la rúcola, deshaces los tomates, dadeas queso e inseminas el bol con vinagre de Módena, la lavadora se centrifuga llena de ropa bonita y calcetines sucios, entras el vino blanco frío en tus dientes que eructas con agrado y silencio, mirando el disco brillante que desde el cielo te sonríe paulatino. Ponte un diez. Diez sobre diez para éste sábado de sol y bueyes. Y la música suena, suena, y suena, haciendo de fondo tu vida mejor, tu banda sonora ideal para gente moderna. Dormir.

    No esta grabación válida para esto. No. Modo ninguno. Usted. Usted.

    Usted, respire profundamente con los ojos abiertos tres veces y cerrar. Expulsar el aire lentamente hasta ser un fuelle seco. Ahora suena The Bombo Tour, no sirve para banda sonora. No. No es propósito.

    Sefronia. Entra aquí, en este jardín del desierto sin límites, lleno de flores dolorosas y hermosísimas, desierto presidente de caminos que se abren distintos cada día de escucha. Tu cantimplora debe estar vacía pues todos los aceites y las aguas llegan hasta estas rocas quemadas por el sol y no debes sentir temor alguno, hermano.

    “Tres lenguas de fuego se posan en mi cabeza
    Con la espada defiende el Cimorro
    ¿La separas de mi fortaleza, es el ábside de mi iglesia?
    Señor a ti me debo, me bebes y digieres.”

    Enciclopedia absoluta de lo que nunca debe hacer una banda si quiere forrarse a costa de los necios de barrio y los listos del centro, The Bombo Tour es como entrar las cuatro de una tarde de verano en un cine, sabiendo que toda la parroquia está en la sala, y, en vez de entrar en la oscuridad, sales por la puerta de atrás, entreabierta, donde adivinas el frescor de la corriente en penumbra. Abres la jamba y te entregas. Las calles desiertas y solitarias son diferentes y los tránsitos hacen nueva la ciudad. Reconoces los trazados pero no recuerdas los destinos.

    Angelina Olea - SefroniaCada corte del disco va mostrándote cuan equivocado estabas antes, cuando creías que el mundo tenía límites, que ya lo tenías todo visto y aprendido en tus carnes viejas. La estrella de A. L. Guillén, deslumbra, atenaza, irrita, llena de paz, perturba y sarpulle, poniendo ternico al potro más bravo del Indie OK Corral. No está solo en su asalto, cuenta con la hipnotizadora profesional Angelina Olea: la voz, lo digo porque lo sé y vosotros también debéis de participar de este conocimiento, la voz, repito, más grandiosa que ha dado la música popular española; dura entre las piedras, hermosa y franca, retadora y dulce cuando anuncia: “buenas noches, somos Sefronia…”, deliciosa entre acordes mayores, inquietante entre los menores, misteriosa y deslizada en los difusos de la guitarra de A. L., plena de sabiduría y madura, voz de mujer, de la primera mujer, de todas las mujeres en una sola.

    De éste choque de potencias sagradas surge el manantial de Sefronia, apagando la sed del que busca y no encuentra.

    “Que sean tus manos las que me den de beber
    Que sea tu pelo el que me arrulle con su miel…”

    Ritual es también la participación de Javier Carmona, percusionista en absoluto estado de gracia, que reinterpreta varios de los temas del álbum con matices ricos, vibrantes y plenos de madera y cerbatana.

    Alma pura y prodigiosa tras Sefronia… hablo del cuarto miembro, el cuarto decálogo de virtudes sin senectud, Fernando Jaén, responsable de algunos de los textos, aprieta el ensamblado con mimbres de amor, poesía y desgarro, con sarmientos de humanidad y shocks de hiperventilación, macerando los cortes, agraviando los usos, torciendo las miradas y haciéndonos decir Sí.

    El álbum, grabado íntegramente en directo, cuenta con un sonido espectacular, y es fiel reflejo de lo que fue en sus días la gira e instantánea de forma prodigiosa el largo camino del desierto, de los estilitas, de los que al final ven la luz del mar.

    Vuela un pájaro ahora, sí, parece dormido batiendo las alas, mientras niego a veces tantas verdades, tantas verdades, que incluso los absolutistas han llegado a temerme.

    Descargar The Bombo Tour:

     

    12
    Oct
    Escrito por You Meikmisic » 12 Comentarios »

    Going Down the Road (Feeling Bad)

    por diosMe había pasado la tarde escuchando a los Dead y a Superchunk y la cosa no iba nada bien. Yo tenía talento, pero hacía algunos días ya que éste no decía ni mu. Dos semanas antes había estado escribiendo de forma desaforada: las imágenes, las metáforas, las maravillosas combinaciones de palabras me visitaban, me susurraban con dulzura; yo las atendía como merecían y mi cabeza parecía una gorda antena zumbadora recogiendo las vibraciones del exterior.

    Pero la cosa había cambiado. En un desconocido momento se había producido una inflexión dentro de mis sesos, y de ellos no salía la más mínima idea, verosímil o no, daba igual para éste oficio. Cuantas veces había iniciado relatos a partir de una pequeña frase como:

    “Te dí una vara de nardos, niña, para que me hicieras una canastilla con tu pelo…”

    Ahora me resultaba imposible hilar ningún sujeto con ningún verbo con ningún predicado. Bueno, sí se me ocurrió lo siguiente :

    “¡Uy, Comandas Salgari Animós!”

    Pero como no entendí que quería decir, opté por descartarlo temiendo que la historia discurriera por perlas del estilo de “Anejos Botango Monocaskim (hembra)” y así sucesivamente.

    Cero, cero y supercero. Mi Consolación a través de la Literatura, mi refugio para Ociosas Barrigas Llenas estaba completo. Completo de nada. Mis discursos autoyo se habían terminado. Había agotado las fosas mentales de inspiración. El hombre/muchacho solitario que paseaba por una tarde gris, fría y lluviosa, ensimismado en sus propias necedades, había hincado el pico, pero bien.

    No reflexiones. No suspiros. No gotas de lluvia amargas ni lunes tormentosos.

    El niño Cadáver entregado a la pena y complacencia de ser solitario, a la de ser una gota molecular pero esencial para la supervivencia de Occidente, estaba centelleando como una pantallita de videojuego: “Game Over. Game Over. Game Over”.

    Debía poner a trabajar a las palabras y resultaba que el sindicato del verbo me había dado la espalda. ¡Dios mío! Mi público, mis lectores, estaban ahí fuera, tan ociosas barrigas llenas como yo. Ninguno sabíamos lo que era trabajar durante doce o más horas al día, ninguno había sentido en sus tiernas manos la candente apretura de las herramientas durante horas ni sus burbujas calientes de agua entre los dedos. Desconocíamos, en suma, lo que era trabajar, trabajar y después trabajar para volver a trabajar, jornada tras jornada, año tras año.

    Los días se nos ofrecían llenos de minutos, minutos densos como gotas de mercurio y mierda, las tardes, soleadas y nubladas. Aunque no, no; todas más bien agridulcemente nubladas, para éso eramos artistas, para que siempre estuviera nublado.

    Bueno, bien podíamos así, si éste era nuestro estado, dedicarnos a ése maravilloso onanismo mental: yo escribo, tú lees, pero poco, porque sólo lees lo que tú a tu vez escribes y me dejas que yo lea, que no leo, por que yo no leo, sino que a mí me leen (o eso creo yo). Y además chaval, no te lo digo, pero a mí me parece un zurullo lo que escribes: ñoño, inútil, imbécil y huero.

    Dolido entonces por éstas soñolientas edificaciones, no advertí como por debajo de la puerta de mi apartamento alguien deslizaba un sobre con mi nombre, lo descubrí horas más tarde tras oficiar unos vasos de vino. Decía así:

    «Usted.
    Usted.
    Usted es un cuarto premio de concurso nacional de redacción de cocacola, pero frustrado. Es incapaz de escribir más de dos folios seguidos. Dios mío, no siempre está nublado, ¿sabe? He escuchado el viento y el mar, las nubes pasan deprisa y el sol estalla diez millones de veces por segundo. Vea, allá afuera hay algo más que su propio ombligo. Hay un árbol debajo de mi ventana, un pájaro canta a las cinco de la mañana y me despierta. Cada día. ¿No es misterioso? Usted anda todos los días de puto culo con los zapatos mojados y su grasiento pelo cayéndole sobre los ojos diciendo: “Mírame, ¿no te doy pena? Soy un burguesito relleno de jamón y queso, mis horas libres son muchas y tengo alma de artista, mis manos de madera escriben cuentos, cucamonas y diatribas; soy ingenioso y amable, a la par que sencillo y elegante. Escribo cuentos y relleno el tiempo, eso hago, pasan los días y creo que nadie me comprende. Soy un genio solitario. Mírame. Admírame.

    Jabón. Señorito. Jabón.

    Y usted lo necesita por dentro y por fuera, lagarto doliente y confuso; su lengua necesita una friega y su cabeza un arranque.

    ¿Le suena éste párrafo?:

    “Los días de otoño habían llegado aquel año como con un pequeño hervor de párpados adormecidos por la prístina dulzura de ésos momentos dolorosos en que todo va y viene, en que todo el mundo se agita convulso en un ir y venir sin razón, y a nosotros nos parece que el mundo va a descarrilar sin reparar en la tristeza y el desánimo que preside todos nuestros actos, ni en las gotas de lluvia sobre nuestras sienes y el voluntarioso vacío de nuestras manos.”

    Pertenece como bien reconocerá a su opúsculo intitulado “Días de cafés salados y tristeza infinita”. Pues bien, sepa que en mi vida he visto una sarta de necedades más completa. ¿Que coño le pasa a usted? No he entendido ni jota y no teniéndome por tonto, deduzco que tiene un problema y se resume en lo siguiente: no ha dado ni chapa en toda su vida y se le nota a la legua. ¿Qué es un “pequeño hervor de párpados adormecidos blablablá…”? Madre mía, ¿cuantas horas habrá pasado rascándose el boniato inútilmente para llegar a escribir esa mierda? Alegre ésa cara hombre y no sea tan refinado, vaya a ver una matanza, vea la vida saliéndose roja, latido a latido, manando a borbotones del cuello de un marrano y vaya a la aceituna (a recogerla, cabrón), deje de vivir con sus padres y salga al mundo, que tiene tela .Verá como le cambia la vida.»

    El precio de ser artista es que siempre hay alguna gente totalmente fulé que viene a incomodarte con su bruta concepción del mundo. No estoy acostumbrado a groserías de éste tipo, pero qué le vamos a hacer, la fama tiene su precio, de modo que en esta ocasión, me consagré unas olivitas, una tapita de jamón (y más vino por supuesto) y estuve pensando en lo que decía el anónimo. Quizás fuera a una matanza, a uno de ésos holocaustos de sangre y grasa, de chillidos y tripas, a una de esas populares representaciones del Teatro del Colesterol.

    Mezclarme con gente fulé es posible que abriera en mí horizontes (y cómo no) insospechados. ¡Hum!

    Pero ello no hizo que mi problema se resolviera: continuaba en el mismo punto muerto, en la misma calma chicha que unos días antes y esa idea me revolvía los sesos furiosamente.

    Sin embargo, un movimiento telúrico, un abrasador instante de luz y tensión se abrió paso en mi interior, el aplatanamiento finisecular se deshizo como unas presitas de arroz entre mis dientes y la hermosa voz de Jerry García me hablaba: “..yendo carretera abajo (sintiéndome mal)”.

    Cogí la pluma y empecé a escribir:

    “Me había pasado la tarde oyendo a los Dead y a Superchunk y la cosa no iba nada bien…”

    EFEIENE

    5
    Jun
    Escrito por You Meikmisic » 27 Comentarios »

    Malandanzas y Sinsabores de Gallipavo Domínguez II

    RELATADOS DE FORMA DESLAVAZADA, INCONEXA Y RUIN
    Reseña numero dos. Crisma, Ley y Sentimientos

    snake-liquor.jpg

    Del otro que me diera el ser, pero no el saber estar, mi padre, aunque bueno de por sí, tenía un pronto un poco avinagrado. Si por mor de mis capturas zoológicas o de las técnicas no muy depuradas de mi madre, como fuera que en llegando la hora de la comida y al presentar mi abuela la olla de fideos con agua caliente y ajos, que hacía las veces de alimento, encontrara mi padre dentro algún rabillo de lagartija o algún menesteroso manojillo de pelos, consideraba éste hecho bastante para apollinar inmediatamente su cólera y, atizándole un viaje de bastón, o bastonazo, a la olla, hacía que los fideos saltaran por los aires, y con tanta fuerza le daba y tan así era que se quedaban pegados al techo, colgando, de modo que los chiquillos, con la boca muy abierta, nos arracimábamos bajo aquellos frutos imprevistos de la escayola y la techumbre, por ver si alguno caía dentro de nuestras bocas de pajarillo.

    Producto de éstos experimentos nutricionistas fueron nuestros cuerpos famélicos, magullados por la bestia del hambre, condenados al asedio de los bocadillos ajenos a la hora del recreo al grito hostigador de «dame un cao o te meto un palo» y al asalto nocturno de las pocas cajas de galletas que en la casa entraban. Más hondo, en el cuarto oscuro de nuestras psiques, donde se alojan las bestias pantanosas de las intenciones y los propósitos, y no teniendo autoridad alguna superior que nos guiase hacia el respeto de la propiedad privada o los bienes ajenos, quedó bien plantada nuestra divisa vital: todo vale… habiendo nesecidá.

    De necios es, entiendo yo, pretender que la suerte pueda venir enfrascada o contenida en objetos o talismanes. Muévenme hoy a la risa los que adquieren la Cruz de Tomelloso, el Pago Santo de Caléndulas, la mano incorrupta del mago Crowley (en preciosa reproducción de circonitas engarzadas) y otras mojigangas propias de poyapanas crédulos, en la creencia de que su posesión, su frotamiento lascivo, o sus crucetas sobre el pecho y la cabeza, hagan huir a la jauría de espíritus que les acechan, zancadillean, mortifican, cargan de cadenas, y en suma, impiden que la vida les sonría, y que en vez de el jamón de sincojota que quisieran para sí y los suyos, les condena y obliga al papel de jamón de York que sacan por la puerta del supermercado, de peso cuarto y mitad.

    Ríanse conmigo ahora los adelantados de la Civilización, los que por ser fuente de mucha autoridad, conocen que no hay más fortuna que el trabajo propio, siendo aplicados, celosos y dedicados en el atesoramiento y custodia de sus frutos, y cuyo entendimiento colige perfectamente que encomendarse a colgantes, raíces, gárgolas o penitentes de tamaño gnómico es simple consuelo y acomodo para gente morigerada o, a lo más, patán.

    La edad de nueve años a mí me alcanzó a los nueve años. Y digo esto porque en los días presentes la mayoría de los niños de éste tiempo suelen ser unos gazmoños de primera categoría, que no alcanzan una edad mental de tres, siempre protegidos por sus mojigatos progenitores, memos que se pasan el día suspirando por las máquinas orientales designadas bajo los nombres de “plei”, “pleidós”, “pleitrés” y así sucesivamente.

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    27
    Feb
    Escrito por You Meikmisic » 10 Comentarios »

    Soy Mortífera

    matadero.jpg

    (La canción de Tubo de Carne)

    Caos en derredor mía. Los pensamientos se acercan en remolinos, aturden de forma abrasadora, alimentan esa insania. Son como dedos rascando espaldas por primera vez, como besos no pedidos, como pasar un éxtasis de peyote abrazados al Cactus del Dolor. Es ése vaso de agua fresca lleno de agujas que trago en ocasiones, asombrando a su paso a mis entrañas doloridas y ulceradas, que tiernísimas se preguntan cómo puedo nuevamente entregarme a estas actividades, adónde voy, y cómo, si sigo así, no voy a reventar.

    Voy andando por la calle y a lo lejos los veo, y ellos a mí. Hombres Trabajando. Albañiles Vagueando. Hoy llevo mis tacones más descerebrados y mi traje naranja parece que va avisando igual que el naranja de la piel de algunas ranas venenosas del África Tropical: “Soy mortífera, soy mortífera.”

    Me han visto y están preparando un pasillo para que tenga que atravesarlo necesariamente. Ya estoy llegando y sus sonrisas cómplices y sus lenguas relamidas van asomando. Aprieto el paso, hoy he comido unas alubias deliciosas. Me tiro un bravo pedo en sus caras, y alcanzo a oír a uno que dice: “No es más guarra porque no está más buena. La tía.”

    La Canción empieza ahora.

    Os contaré lo siguiente que ocurrió:

    El tendero de dos calles más abajo era un tesoro, sobre todo para su mujer, a la que voceaba sin límite, y más aún para sus hijos, que parecían un surtido de cardenales corriendo por la trastienda.

    Cuando aparecí por allí el primer día lo tuve muy claro: globos sudorosos y calientes como ése nunca debían haber salido de las entrañas de su madre. Me miró de arriba abajo, quitándome la ropa con sus ojos barrigones, y me dijo:

      —¿Que te pongo, preciosa?

    Y le respondí:

      —Escúcheme, cerdo: ¿cuando hemos comido usted y yo en el mismo plato para que me hable de tú?

    Se puso derecho y espetó un líquido “Disculpe, ¿qué le sirvo?”

      —No me sirve usted para nada, saco mierda.

    Y me marché.

    Volví premeditadamente a los pocos días y la verdad es que el desgraciado se deshacía en atenciones conmigo, señorita por aquí, señorita por allá. Sin embargo, pude observar que el hideputa me miraba a hurtadillas cuando yo no lo veía. Y así siguió en los días siguientes, cuando me veía pasar por la calle o en la tienda cuando entraba a comprar.

    Así que por fin ya tenía de quién ocuparme. Mi pequeña tajadita.

    Fui dándole pequeñas, pequeñas confianzas, y fui acortando centímetro a centímetro mis faldas, hasta que las sonrisas y las miradas que nos dedicábamos el gordo y yo duraban más décimas de segundo de lo que pudiera considerarse razonable.

    Hasta que una tarde de verano nos quedamos por fin solos en la tienda, atravesé el mostrador. Qué buen momento.

      —Mira… ¿Tienes chacina buena y gorda? -le dije levantándole el delantal lleno de lamparones de sangre seca y abriendo su bragueta.

    Una mosca se abrasó chisporroteando en la reja de luz malva.

    Apreté su pitraco sorprendido entre mis dedos, apoyó una mano en la tabla de cortar y entrecerró de gusto sus ojos de cordero.

    Empezó a decir algo parecido a “ya sabía yo que tú…” pero no pudo terminar la frase porque le clavé un cuchillo grande como un espejo en la palma abierta de la mano.

      —Aquí quieto, cabrón -le dije.

    Chilló como un marranico entonces, y también cuando le aticé con la maza.

    Eché la persiana. Yo era la cliente. Me paseé largo rato por la tienda cavilando la manera. Cavilando la manera.

    Cogí la tabla y el cuchillo y me lo llevé con la mano pegada hasta la cámara frigorífica. Le indiqué que se subiera en unas cajas que había junto a la pared llena de ganchos y marranos colgados. Dije:

      —Las previsiones macroecónomicas del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación aconsejan…
      —¿Qué? –dijo él.

    No era un interlocutor válido. No entendería nada, así que no proseguí.. Le arreé una patada a las cajas de tal suerte que el pollo se quedó colgado de un gancho por la mandíbula. La punta le salía por la boca y el chato no podía hablar.

    Ni falta que hacía. Le bajé los pantalones, me mojé el dedo en la sangre que le chorreaba de la cabeza y le escribí en el cachete izquierdo “UN” y en el derecho “DÍA”, porque estimo que los psicólogos de la Policía, si es que los hay, tienen que menear el bullarengue y calentarse un poco la cabeza.

    Fui hacia la puerta:

      —Refrésquese lo que, a fuer de tendero, tenga por provechoso, y no le quite ojo a esas gallinas blancas y frías, que son requeteputas.

    Cerré la cámara y me marché. Lo cierto es que nadie echó de menos a ése tierno cuando las paletadas de tierra cayeron.

    Imagen original

    12
    Ene
    Escrito por You Meikmisic » 16 Comentarios »

    Malandanzas y Sinsabores de Gallipavo Domínguez

    RELATADOS DE FORMA DESLAVAZADA, INCONEXA Y RUIN
    (Reseña numero uno. Nacencia y complexión primeras)

    osuna 11

    Yo, señores, nací en Osuna, con no poca dificultad, según eran ciertos los gritos que daba mi madre en tan crucial momento, y no gratuitos. No fueron blancas manos las que me prestaran acogimiento por primera vez, sino las recias de mi abuela, quien, siendo de profesión y afición remunerada, partera, y hallándose en la encrucijada de comprobar que no salía yo de las entrañas de mi madre en tiempo y forma, como el resto de los primates que en el orbe son, resolvió en meter y cogerme por la cabeza como pudo y tirar fuertemente, rasgando como a un cochino (con perdón) a la que me estaba dando el ser, hasta que asomé virtuosamente al mundo, primero la cabeza, como es menester en hombre de bien como yo, y luego todo me fue dado, y rápidamente, pues salió el resto de mi desmañado cuerpo como un balín escurridizo, con tan mala fortuna que mi abuela dejó que cayera, con verdadera mala praxis, como un cipotón de cabeza al no muy limpio suelo del dormitorio de mis padres. De ahí y de tan desmedido y furioso topetazo con la vida, vino que en adelante terceros maledicentes y enemigos míos imputaran las razones y causas de algunas de mis acciones, desdenes o simples añagazas a este besico inclemente, como quizás contaré más adelante.

    Nací en Osuna, como antes decía, pero no en aquella noble ciudad, cristiana y santa como pocas, sino en Osuna nº 11, un edificio de doce plantas, hermano por el norte de Osuna nº 10, Osuna nº 9, Osuna nº 8 y los restantes, plantaciones hermosas de ladrillos baratos, cuya cornisa era adornada por el apellido de Don Nicolás, promotor de la ciudad, seguido del número de su criatura, progenie con la que crió a la suya propia muy dignamente y que fue pergeño y rudimento de su fortuna particular. De lo que había al sur diré que se trataba de un erial manifiesto salpicado con diversas huertas y fondo de fechorías mías de juventud, que en otra ocasión, narraré, nada parecido al elegante bulevar, acostalado de bares de gordas tapas y terrazas dominicales, que hoy lo ocupa.

    Mi madre no era mala, en el sentido estricto del término, pero no estaba bien de la cabeza, ésta es la verdad. A ello no ayudaba precisamente el hecho de que fuéramos hermanos de número seis, ni tampoco que mi padre, de la construcción, pasara las más de las horas en bares de lustroso railite y tercamente ocupado en ver su vaso, ora siempre lleno, ora siempre vacío. El caso es que siendo yo el cuarto empezando por el principio, donde según informes de sabios dicen tiene su cría la semilla de la delincuencia, las atenciones que obtuve de ella fueron escasas, en ocasiones desabridas, y en otras, con apariencia y figura de pescozones. Pescozones también recibía, y a menudo, de los que me precedían, nombrados “hermanos” así en virtud de lo dispuesto por la Ley del Registro Civil, pero lejos su porte y actitud de lo habitualmente conocido por la clase media bajo tal denominación, porque, hermanos, entiendo yo, son aquellos que procediendo del mismo padre, o de la misma madre, o de ambos, comparten bajo el mismo techo alimento, retrete y ropa que, mientras y sucesivamente, va cubriendo los cuerpos y cubriéndose de bolillas, brillos y costras mantecosas, cuando no abiertamente de desgarros y agujeros, da calor y ahuyenta las vergüenzas, de mayor a menor. No fue el caso de mi casa, donde cada uno resultaba ser mostrenco en sus propias miserias, dueño de sus actos y de sus duros, y, en suma, unidad autónoma provista de dos patas y boca en continua búsqueda de sustento.

    Importábame poco que entre las reprimendas de mi madre, se encontrara la consistente en que, cuando por causa nimia, alterábamos su condición de levitante crepitar psíquico, sacándola de sus mismos quicios, nos cogiera fuertemente por la boca y, acercando la suya, nos escupiera dentro. Esto, que para muchos, podría resultar abominable, a mí no me causaba pena alguna, pues no era su sabor caliente y meloso dentro de mi boca, lo que me inquietaba, sino, y mucho, sus ojos, pues eran los ojos de un enemigo que medita.

    (Continuará)

    9
    Sep
    Escrito por You Meikmisic » 10 Comentarios »

    El Vino del Estío

    Ray BradburyVuelve a meter bajo tu piel el verano en el que descubriste que estabas vivo y que eras una persona. Descubre los días que huelen como si una huerta enorme hubiera crecido mas allá de las colinas, cubriendo el mundo con su cálida frescura. Escucha la caída del polen de las flores silvestres y el aire donde se fríen las abejas.

    Está amaneciendo. Aspira y sopla, ahora! Apaga las luces de las calles como velas en una torta negra, sí, las estrellas se desvanecen. Despierta la calle donde viven los viejos y ponte los zapatos pieslivianos, corre, corre, dispárate hacia los túneles de las aceras, ¿antílopes? ¿Gacelas? No! Zapatos pieslivianos.

    Oí que Leo Auffmann está inventando la máquina de la felicidad! ¿Querrás entrar a verla?

    El abuelo dice que un hombre llevando un saco de abono por el campo es como Atlas con el mundo al hombro. Hay que saber que los viejos fueron un día niños, por mucho que cueste imaginarlo un segundo siquiera.

    Sabed, vosotros también, que muchos días fuisteis niños, pero llegó uno en el que vuestro nombre frente al espejo se abrió triturando los cerrojos, que vuestros labios lo pronunciaron aplastando ignorancias, oscuridades y dogmas de mesa camilla. Entonces tuvisteis la certeza de que nada sería igual a partir de entonces.

    El Vino del EstioCon motivo de la pasada Feria del libro de Buenos Aires, en la que participó Ray Bradbury a través de la primera videoconferencia que ofrece la Feria tuvimos la oportunidad de conocer la próxima publicación de “Adiós Estío” en el mes de Octubre, segunda parte del “El vino del Estío” (1946), y otras dos novelas algo más adelante.

    Sin duda, se trata de una gran noticia, en especial porque “El vino del Estío” es quizás la única novela de Bradbury (junto con “La Muerte es un asunto solitario”) que se aparta de la temática habitual del conocido autor de ciencia ficción.

    “El vino del estío” narra el verano de un niño de doce años, Douglas Spaulding, en Green Town, un pueblo de Illinois (acaso el alter soli del Waukegan natal de Bradbury) en 1928. Bajo una descripción colorista, detallada y sensible de una pequeña comunidad norteamericana de finales de los años veinte, subyace en la obra la capacidad del autor de catalizar la infancia y las primeras colisiones con las entelequias y reglas de la vida de los adultos, haciéndolo de una forma universal, de modo que un lector de Tailandia y uno de España, pese a ser tan divergentes las costumbres y tan extraviados los usos, podrán encontrar, o más bien evocar con nitidez meridiana, a través de esas pequeñas burbujas de sensaciones literarias que Bradbury va destilando, sus propios recuerdos de la infancia, sintiéndose convocados todos por el autor a esos lugares comunes de la humanidad. En esto radica realmente la grandeza de la novela.

    Y ese día, asintió Douglas, olía como si una huerta enorme y anónima hubiera crecido más allá de las colinas, cubriendo el mundo con su cálida frescura. El aire olía a lluvia, pero no había nubes. De pronto un hombre cualquiera podía reír en los bosques, pero reinaba el silencio.”

    “Estoy realmente vivo, nunca lo supe y si lo supe no lo recuerdo”

    Pues bien, entra en la Casa de Hielo del Verano, el vino de flores de dientes de león está esperando que lo bebas. Empieza tú también el verano de 1928.

    Enlaces relacionados »

      [Ray Bradbury | Página oficial]
      [Ray Bradbury | Wikipedia en español]
      [Dandelion Wine | Wikipedia en inglés]
      [Bradbury deslumbra... | javiermarias.es]
      [Descarga "El Vino Del Estío" | Libros Gratis]
       
    4
    Jul
    Escrito por You Meikmisic » 3 Comentarios »

    Salvajemente Amateur 2006 (y II)

    Con el pregón tradicional de «Ya han bajaaaooooo los tomaaaaaaaatees» y el encendido de toda la ciudad de Granada a nuestro favor, se dio el trabucazo inclemente de inicio de Salvajemente Amateur 2006, edición la de éste año que ha superado en un mil por cien a la del año anterior.

    Apropiada a nuestros propósitos fue sin duda la intervención, ayuda y consejo profesional y aportación temporal de patrimonio propio de Damián Ibanco, cuyo equipo atronador de voces hizo que se salvaran sin dificultad las penurias vocales que se sufrieron en la edición anterior. Sin su participación la cosa hubiera sonado bastante deficiente.

    Y qué músicos, señores, este año. Cuatro baterías colosales, por orden de intervención: Celestino Picazo, Enrique García $Dom$énech, Pepe Verdú y Jose Zurita que desarrollaron su habilidad y maestría a partes iguales y abundantes.

    Guitarristas hubo que imprimieron un feeling hardfunk de gran intensidad. Nuestros ya grandes amigos Pepe Parra y Jose Blesa, a los que esperamos el año que viene, por su bonhomía y por ser unos musicazos de primera categoría.

    Y para qué hablar de nuestro Luismi Sánchez, ése hombre de tez pálida, capaz de atacar sin miedo lo que sea con su poderosa voz.

    Merecido reconocimiento también ha de hacerse a cuatro músicos que reseñaré a continuación:

    Carlos Pagola, que con el bajo demostró que es inútil hacerle equivocar o distraer: Él no se equivoca, este bass thing cohesionó de modo notabilísimo a los músicos, aportando el cemento armado necesario para estas ocasiones, no habiendo tema o estilo que se le resistiera. Destacable su interpretación de “Hey Joe” que cantó (ele sus cojones) sentado en el santo suelo. Torero como pocos.

    En segundo lugar, nuestro Cosmogonic Escrotolitum, que sin dejar atrás lo comentado por muza, hay que decir que desolló su theremin y la Les Paul de choque con gran amor y desapego por la vida, causando diversas ampollas y diversos dolemas al personal, que no tienen cura en este mundo burgués.

    En tercer lugar, Angelina Olea, que se despachó una extraordinaria versión de “la vida que mala es” con una intensidad que para sí quisiera J. A. García.

    En cuarto lugar, el artista revelación del año. Sí, señores: Maikel Curtich. En una palabra: s-e-n-s-a-c-i-o-n-a-l. Una gran afinación, un dominio absoluto del escenario y una gran elección de los temas, alternando en su voz una agresividad totémica con un funk sincopado y desbocado, digno de la mejor herencia de los 70. Grandes cosas nos esperan de este mamporrero del rock, crooner destrozón sin concesiones del siglo XXI, para la próxima Edición.

    Mención especial debo hacer de Doña Demonia, (a.k.a. Mª Luz Terrés) a la que tuve el honor de acompañar a la guitarra, y que interpretó una versión estremecedora de Buffalo Tom, y también, de regalo, una estrofa del Romance del Conde Don Boixo ‘a pelo’ que silenció al personal en un micro segundo.

    No debiera quedar en el olvido la sesión desenchufada que Carlos Pagola y Pepe Parra ofrecieron en la cocina de la casa y ante un público abundantemente femenino (por qué sería?) que aplaudió a rabiar sus interpretaciones.

    Reconocimiento merecido a nuestro Amo de las Cazuelas, Coque García Campos, que pegando la barriga al fuego con bravura torera, nos alimentó a todos como si de nuestro propio padre se tratase.

    Concluyendo, un éxito enorme, enorme, nada pintiparado, que nos hace temer para el año que viene una afluencia masiva por el boca a boca que va a provocar.

    Felicidades a todos. Gracias a vosotros pudo ser así.

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