Archivos por Autor

29
Oct

El cuarto de los chicos rojos

rojo

Llegó el momento de pagar todo el vino que me había bebido. Había disturbios en la ciudad, y creo que yo me pasé de listo. La lluvia empezó a cubrirlo todo, a calmarlo todo. Los chicos fueron dejando más y más espacio a lo largo del día, hasta que se encerraron en su cuarto. Cada cual dijo adiós a su manera. Quedaba algo claro por fin, que las migraciones son necesarias. Fue cuando ya no llovía, cuando los charcos dejaron las aceras húmedas, cuando me trajeron aquí. Estaba todo cerrado, dijeron que tenía que ser yo, aunque yo nunca estuve. Entrégate. No te va a doler más que otras veces. Después de protestar y dar patadas, me quedé sentado… casi sin pulso. Me dejaron en el número diez. Al principio cabeceé contra las paredes acolchadas de la habitación. Poco a poco asumí la luz roja del techo inundando el cuarto. Conforme pasaba el tiempo los ojos se cerraban y yo trataba de dormir todo el tiempo. No es exactamente la vida que tenía pensado vivir. No valía la pena preguntar nada a nadie, sino a mí mismo. Las protestas y acusaciones eran torpes e inútiles. Acurrucado en el silencio, mis palabras se diluían sin prisa, se perdían tan despacio que sólo me di cuenta cuando no me quedaban más de cien. Mi boca se cerró y empecé a no comer. Sin palabras mi cabeza empezó a beber imágenes supervivientes del naufragio, con un traje azul marino. Calles de México cubiertas de bruma, a orillas del lago cielito. Camareros con bandejas de plata. Nieve en la sierra sepultando los últimos brotes de manzanilla. Tus labios, tus medias. Un hombre con sombrero de ala ancha y gabán. Un río que vela por los barcos de vapor que nunca pude ver, salvo uno que se quedó varado en una feria de atracciones, con espejos que deformaron mi imagen y tablas sueltas en el suelo. Un móvil apagado en la gasolinera. Viajes en coche, la escuela, el parque, la luz, mi mochila…

La oscuridad era roja. Mi cabeza dejó al tiempo también de ver. Ya no había palabras ni imágenes. Entonces empecé a tener miedo por si nunca salía de allí. Mis sentidos se fijaron en mi pelo largo, en mis dientes debilitados y sucios, mi aliento, mi escasa virtud para los días sin salida. Crecía todo menos mi esperanza de escapar. Sólo al tiempo dejé de masturbarme y renuncié a la existencia de mi falo para ahuyentar temores. El falo, ese vidente y artista, que conoce muy bien el futuro, ese palote de eternidad. Cuando se pasó el temor volví a estar tranquilo. La oscuridad seguía roja. Mi mente se vaciaba. Comía poco y con desgana, hasta el hecho de abrirme la puerta era una molesta intromisión de mi ausencia. Empecé a no preguntar ni siquiera a mi mismo. Una vez al día, sólo una, dejaba a mi mente acordarse de alguien que conocí en vida… incluso una vez me pregunté qué sería del drama de aquel pez pescado con el anzuelo en el ojo. Caminos rotos que terminan dando vueltas. Cuando ya no quedaba nadie de los que había conocido, cuando ya sólo quería desaparecer, dejaron de darme comida y me entregaron un diagrama con diez esferas. Cada una con un número, treinta y dos senderos y veintidós palabras. Empecé de nuevo a recordar las palabras, pero ya eran distintas, y empecé de nuevo a ver imágenes, pero también eran distintas. Ahora todo tenía su propio lugar. Los gnósticos lo llaman el árbol de la vida. Beth huele a perfume de almaciga.

La puerta se abrió como un disparo seco. Salí de nuevo a la ciudad. Llovía y me quedé calado enseguida. Volví a mi casa. Al tiempo volví a vestirme con mi vida. Pasó el tiempo y rara vez me acordaba de aquella habitación. La habitación de los chicos rojos. La casa sigue vacía. Habito mi tiempo. A la naturaleza le gusta esconderse.

«Tu visión devendrá más clara solamente cuando mires dentro de tu corazón. Aquel que mira afuera, sueña. Quien mira en su interior, despierta». Cita de C. Jung, muerto el 6 de junio de 1961, mientras leía un libro de Teillard de Chardin. Esa noche hubo tormenta.

Dr J.

  • Comentarios Recientes

  • Suscripción

  • 15
    Oct
    Escrito por Dr. J. » 11 Comentarios »

    La Princesa Carmesí (5/10/2007)

    La princesa carmesí SEM

    Sé que la vida se nos puede arrebatar en un instante, como un lloro que no llega a tiempo. Sé que la vida es frágil. Lo sé yo y lo saben los padres que estrenan el amor de un hijo. La vida recién estrenada es frágil, pero es todo lo que tenemos, y es todo lo que es. Hubo un día en que el rey carmesí, justo hombre de mirada azul y paso seguro, sintió temblores de tierra que doblaron sus rodillas. A esa altura pudo observar la corona de su hija exponiéndose a las primeras horas de una mañana de otoño, con la absoluta convicción de nacer. La reina carmesí paría una hermosa criatura de ojillos rasgados. El morado dejó paso al color rosado de unas mejillas sanas recién lavadas. Pulmones y corazón cambiaron de rumbo al instante y la sangre habitó todos los lugares de un cuerpo trémulo, hermoso y vital. Sus latidos comenzaron a marcar la música de una nueva época. En nueve meses había buceado por el amnios oceánico, con los puños preparados para la batalla. En la primera edad donde no se posee nada, sólo el deseo de vivir. Dependiente del medio que la rodeaba, desnuda y cara a cara de la vida que era su madre. Desposeída de pasado, con la mente limpia que comprende de forma sencilla el universo entero. Así se preparó para nacer en el seno de un reino que la esperaba con anhelo y que ella supo agradecer trayendo la segunda primavera de este año de lluvias.

    La mirada de los reyes la vistió de armiño, el cielo le brindó unas noches de raso y el pueblo la agasajó con parabienes y un mandala. Un iPod reproducía música ininterrumpidamente como señal de festejo en las almenas de todo el reino. La niña fue recibida con el amor antiguo que se hereda generación tras generación, que se regala multiplicado por lo que se ha recogido, que da sentido a una y mil vidas humanas y que permite al hombre ser hombre, traspasar su piel para habitar otros ojos, que se desentiende de su yo para cuidar el devenir de las estaciones en la mirada de una niña que bosteza entre los pechos de su madre. El amor es siempre más grande que el deseo, acorrala el egoísmo y convierte al hombre en rey, la mujer en reina. La rosa se proclama victoriosa. La luz es guía. Se abren los ojos para ver. La vida se convierte en un llanto entre dos pechos. Se acarician los besos en minúsculos abrevaderos táctiles que expanden las consciencias. La trascendencia es un cólico de lactante. Una mueca revela los misterios del cosmos… y los cuida… y los une… se intuyen en sus ojos lo infinito… y Dios sigue llorando con lágrimas de mujer. Una mujer sostiene en sus manos delicadas y perfectas el signo de la sabiduría. La sabiduría es una virtud y una potencia, por ella los reyes reinan en su trono carmesí.

    El reino del todavía está de enhorabuena. Felicidades a B y D por vuestra hija. Pretendía hacer un cuento, pero estas son las palabras emocionadas que mis torpes manos han escrito. Cuando crezca romperá jarrones y corazones, pero sólo el hecho de nacer ya ha hecho a este mundo un lugar mejor, más habitable.

    Permitidme que entone este himno antes de irme…

    “Oh potencia de la Sabiduría,
    que girando giraste abrazándolo todo
    en una sola órbita que tiene vida y que tiene tres alas,
    de las cuales una vuela en lo alto y la otra desde la tierra mana
    y la tercera vuela por doquier.
    Que haya alabanza para ti,
    como corresponde, oh Sabiduría!”

    Hildegard de Bingen“O virtus sapientiae”

    Se os quiere, Dr J.

    3
    Oct
    Escrito por Dr. J. » 5 Comentarios »

    Antenas

    antena de tv

    Mi generación no es inocente. Amo una ciudad llena de antenas, sospechosa de mutilar edades, con paredes en venta y árboles domesticados. Pequeños veranos, pequeños otoños que despliegan su tristeza. Metrónomos de cercanías. Ahuyentamos el bronce de dioses romanos para acercarnos a indómitos cerebros de silicio. Fuimos llamados a ser hombres, en un horizonte sin palabras. La nada se anuncia en los carteles de las paradas de un autobús atestado de estudiantes somnolientos. Cierro los ojos y descubro la oscuridad carmesí. Abro los ojos y encuentro un paisaje para este tiempo de mudanzas. La vega sobrevive con hojas de tabaco. El ladrillo engulle las puertas del campo. No basta la poesía para salvarnos. La humanidad seguirá caminando por esta antigua tierra antes de poder contestar todas las preguntas. Con torpeza intento conciliarme con mi paisaje de árboles tranquilos. La gasolina está viva, refleja el arco iris después de las primeras lluvias. Hay labios que anuncian cierto tipo de victorias más allá de las cotidianas tragedias. Muere el verano para que llegue este pequeño otoño crepuscular. Observo fotografías estancadas, como aguas de un lago verdoso, ejecuto un baile para atraer el equilibrio. Pago por el agua, pero no por la luz. Me sigo preguntando si fui llamado a ser hombre. Busco las huellas del éxtasis alejado de la festiva multitud. Busco poder santificar un día a tu lado. Busco con la poca fe que me queda una oración que te haga presente. Descubro una lista de la compra, huevos, café, manzanas y azúcar… extrañas notas de amor que me escribes. Busco mi paisaje y encuentro tu rostro ensartado en las antenas. Empiezo a tener dificultades para dormir tranquilo. Para domesticar la lluvia, para distinguir en el concierto de Chagall el azul de tu sonrisa. Un gallo rojo hace sonar un violín con sus alas que ya no sirven para volar. Demasiadas noches se me atraviesan en esta sala de espera de urgencias. Urge tu beso, un noble canto que calle a los tiranos, que embriague a los refugiados de esta generación que sigue huyendo de la inocencia. Rechazo la hípica y la épica. Rechazo la tregua. Las antenas han silenciado a los árboles. La ciudad nunca escucha y el campo nunca calla. Elevo mis poemas como globos sonda… espero un nacimiento que nos bendiga. Dejo la ventana abierta. Tenaz se difuminó la tarde, cada día más breve. Esta noche seguiré buscándote. Cuando el mundo esté a punto de dormirse, yo empezaré a recolectar sus sueños para ti. Sueños para velar la noche de un enfermo, para despertar de su quietud a las estatuas de la catedral, tenderé antenas para atraparlos a todos, para desechar los más terribles, para regalarte los de los días felices y poder ver como se acerca tranquila la alegría a tu casa.

    Un leve olor a sangre ajena me despierta. Mis manos apenas pueden expresar un minúscula parte del todo. Una libélula pequeña se perfila esta noche en mi paisaje, vela por la unidad del cosmos, pero eso tú y yo aún no lo sabemos.

    “Por la noche, arriba en los Alpes,
    las antenas no duermen,
    las antenas vigilan,
    dan vueltas con atención
    y murmuran:

    Mesías, ven finalmente”

    Las antenas vigilan, de Adam Zagajewski, poeta polaco nacido en 1945 y cuya obra está siendo editada por la editorial El Acantilado. Una delicia.

    Siempre vuestro, Dr J.

    Imagen original

    16
    Sep
    Escrito por Dr. J. » 9 Comentarios »

    Esperando a los Bárbaros

    caballos corriendo

    Aguardo en mi oasis la llegada de las estaciones. El tiempo circular que sólo aprecian los niños y los viejos de carnes descuidadas y blandas como yo. El imperio se extiende y teme la caída de sus fronteras. Llegaron soldados dispuestos a descubrir en los bárbaros el enemigo. Expediciones para traerlos a la ciudad, encadenados, en fila, con un aro que unía sus manos a las mejillas. La tortura consigue que el dolor sea la única verdad que uno recuerda.

    Las expediciones aumentaron en número, como los soldados. Mi puesto de magistrado ha sido suplantado por una espada y un fusil. Al irse el general de gafas oscuras, refugié en mi cama los pies rotos de una joven mujer bárbara. Mis baños de aceite sobre su cuerpo torturado, mis manos sobre sus muslos, sus deformados tobillos, sus ojos quemados sustituyeron a mi pene flácido en su vaina de carne y sangre. La cuidé y la amé, pero no como a las otras jóvenes de la ciudad, dispuestas siempre a mi servicio.

    Antes de la primavera, con las últimas ventiscas en camino, organicé una expedición con tres soldados y un guía para devolverla a su pueblo. Cuando volvíamos ya sólo recordaba mis manos untadas de aceites, pero su cara se deshizo como las huellas sobre la arena. Este inhóspito desierto se cobró un par de caballos, mi memoria y mi cargo. Al regresar fui acusado de traidor. Robaron los testigos de madera que yo rescaté al desierto con costosas excavaciones. Cuando la guerra creada por el miedo del imperio a desaparecer se alargó, la ciudad fue abandonada.

    El desierto tiene sus ritmos, y los bárbaros no tienen prisa. El agua es más salubre cada día y las cosechas se arruinan. Mi deseo ha vuelto en el momento más inoportuno. Yacer con una joven ya no me cura, ellas ya no me aman, ya no fingen su desprecio por mi olor. Cenizas enturbian miel. Sueño con una niña que juega en la nieve. El desierto avanza y el hombre se esconde. Queda elegir la forma de morir, salvaje, entre las cañas del pequeño lago, cazador de liebres, durmiendo en las ruinas de un templo que la arena sepultó, esperando que el sol tropiece con mi soledad. Lejos queda ya mi cama, mis amigos de ajedrez y mi bata. La noche llega y el sueño también. Soledad. El león muere cuando se hace vegetariano.

    “¿Por qué no podemos vivir en el tiempo como el pez en el agua, como el pájaro en el aire, como los niños? ¡Los imperios tienen la culpa! Los imperios han creado el tiempo de la historia. Los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones, sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe. Los imperios se condenan a vivir en la historia y a conspirar contra la historia. La inteligencia oculta de los imperios solo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era. De día persiguen a sus enemigos. Son taimados e implacables, envían a sus sabuesos por doquier. De noche se alimentan de imágenes del desastre: saqueo de ciudades, aniquilamiento de poblaciones, pirámides de huesos, hectáreas de desolación.”

    Esperando a los bárbarosJ. M. Coetzee, 1980.

    Coetzee. Premio Nobel de literatura en 2003. Sudafricano. Testigo del apartheid. Nos cuenta en forma de relato la crueldad de los imperios, la necesidad de tener alguien contra quién luchar, a quien culpar. La máquina que destroza al individuo. Y el amor, el sexo, la vida que se reivindica por sí misma en cada tarde de espera. Incluyo el final del poema de Kavafis (1904), alegórico y hermoso, a orillas del mediterráneo tan cerca del desierto.

    “Porque ya es de noche y los bárbaros no han llegado.
    Y algunos recién venidos de la frontera
    dicen que ya no existen bárbaros.

    ¿Y qué vamos a hacer sin bárbaros?
    Esa gente era una especie de solución.”

    C. P. Kavafis (1863-1933)

    PD.- Gracias al Sr Taliban por sus últimas recomendaciones.

    Siempre vuestro, Dr J.

    23
    Jul
    Escrito por Dr. J. » 3 Comentarios »

    La Trinchera

    trincheraEl enemigo duerme en la trinchera. El río se ha hecho más ancho por esta zona y nos ha separado un poco más. La noche me hace recopilar extraños remordimientos, me sumerjo en pesadillas de dimensiones bíblicas para aterrizar de nuevo en este barro. Siempre me ha costado mucho poder acabar cualquier cosa, y ahora con este fusil, puede terminar todo en un momento, por un rato. Mi destino nunca ha sido luchar en esta guerra, esperando una victoria tras otra, una victoria que no llega. Las cosas son más fáciles cuando dejas de esperar una victoria. Estar vivo en estos días es tener una pequeña racha de suerte. Vives como si todo fuera real, como cuando tus ojos reciben el color de la carne desnuda. Este traje no me gusta, no me gusta este uniforme. Es triste como este cielo, como la baraja con la que jugamos para pasar el tiempo, como el café de pucherote, como una rosa de tallo largo enterrada en el polvo. Ahora parece que lo veo moverse al otro lado, tal vez sabe que sólo somos él o yo. Echo un vistazo a una cruz que cuelga de mi cuello y pienso que el mundo se hace añicos. Hubo una mujer hermosa que me enseñó noches plateadas de un honor invisible, que me envistió de galardones antes de llegar la batalla, que me hizo la instrucción del amor más sucio y necesario, que me dejó broncearme bajo sus pechos hasta que un día de esos que llueven rumores, comenzó a bostezar. Pero hoy me han ordenado solitario centinela, vigía antes de la lucha, insomne cuando las tropas duermen… como él al otro lado. El campo ha sido abandonado esta mañana por los oficiales de mayor rango. Los jóvenes soldados se han despedido en largas cartas. La vergüenza confunde la escarlatina con el diamante, la fiebre con la orden de atacar. Ningún hombre retrocede. Tengo sed. Te besaría de nuevo. Veo el amanecer. Usaréis mi cuerpo para pasear por encima. Si pienso en ti me llamarán traidor. La muerte es otro camino más, sólo un camino más. El objetivo no es cumplir la misión, esta noche, este día, la misión será permanecer sin culpa en medio de esta guerra. No hablaré más. Enciendo el último cigarrillo. Todo parece de verdad. Las colinas del fondo se están abriendo con las primeras luces de la mañana. Hace frío. Dónde quedarían aquellas tablas de la alianza entre dios y los hombres, cuando la idea de dios es hoy tan lejana como la ausencia de los hijos que han caído. Cuál será tu voluntad. Cuál será mi inocencia. Después de esta guerra habrá otras. Las campanas tocarán de nuevo por los resquicios de la derrota. Quién gana es quién compra. Serán viudas más mujeres que gobiernos, porque siempre habrá más asesinos que leyes. Nadie te condena ahora. Es un juego. Esta mañana mi ofrenda será para ti, que me ensañaste a sumar todas las partes y a tensar la piel al tambor para poder iniciar la marcha. Mi corazón se envalentona y me levanto con la mano alzada. Los preparo para mi señal. No es una perla, sino una bala la que silba en el aire directa a mi cabeza.

    Algo quedará en alguna parte, todo estará bien por un rato. Un pájaro cantó. No vivas en lo que ya ha pasado o en lo que tenía que suceder. Vuelve a empezar. Desvanécete.

    Siempre vuestro, Dr. J.

    Imagen original

    15
    Jul
    Escrito por Dr. J. » Comentar »

    Lo que acontece

    quebrar en caso de emergencia - cristal roto

    Diez de la mañana de primeros de julio. Un joven yace en el asfalto del camino de ronda. Su moto está destrozada a unos metros. Ha roto en su larga caída varios espejos retrovisores y un par de faros. Parece que se mueve. Intenta incorporarse. Aturdido se vuelve a tumbar. Respira y reconoce el dolor de su pierna izquierda y su costado derecho. Se reincorpora y abraza su pierna dañada y torcida. Ha crujido. Está rota. Se retira el casco, porque a veces la desobediencia sana. Así ve mejor el cielo, respira más hondo, sabe que está aún vivo, siente más dolor en sus costillas, pero no grita, solo espera y abraza su pierna deformada por el impacto… se acercan personas, alguien grita, alguien se tapa la vista con la palma de la mano y alguien trata de despertar con su móvil el ruido de unas sirenas. Todo ha sido muy rápido, aceleró para no chocar con un coche que cruzaba, la velocidad y la ley de la gravedad hicieron el resto. Una mujer estremecida de mediana edad lo ha visto todo, se agarra al brazo de su acompañante. Quiere gritar y no puede. Quiere gritar, pero aprieta con fuerza el brazo que la sostiene. Cuando vemos lo que acontece, nuestra mente da un rodeo por el tamiz de la conciencia y lo aprendido, y lo visto es sólo lo reconocido. La mujer aprieta, ha reconocido un accidente. El hombre le da la mano, la tranquiliza, no lo sabe pero imagina que alguien llamará a la ambulancia. Pronto lo atenderán, cálmate. La angustia es engañada porque alguien le ha dicho que pronto todo estará controlado. El orden sosiega el delirio del cuerpo. Su cuerpo se relajó cuando vio al joven moverse. Pero aún seguía en ella esa impaciencia del corazón por huir del dolor de la carne ajena. Un jubilado deja el marca en el sobaco y se acerca a unos cinco metros prudenciales, donde poder ver el rastro de cristales rotos y sangre sin complicarse demasiado. Alza la vista y mira el reloj, con este tráfico el cero tardará un rato. Si es que van como locos… menos mal que llevaba el casco. Un joven se acerca al accidentado, lo intenta sosegar, le dice que no se quite el casco, que no se mueva, pero no siempre los consejos son bien escuchados. Tras unos minutos, donde los segundos son demonios enjaulados, llega la asistencia sanitaria. Nadie es inocente ante la realidad de lo que acontece. Lo real acontece más allá de los moldes de nuestro pensamiento, más allá de las ideas concebidas de la verdad. El instante es un campo abierto.

    Al llegar al hospital el personal ocupa su sitio y en unas horas está estabilizado en la UCI. El dolor a veces es infinito, pero la sedación permite observar con los ojos abiertos la reconstrucción de unos huesos rotos, el drenaje de unos pulmones encharcados y la sonrisa del que te dice que todo irá bien. Tras una semana sube a planta. Tiene barba de quince días y está más delgado. El balance ha sido de once costillas rotas con hemoneumotorax, fémur roto y fractura de pubis. Pero estable. Consciente de su dolor y de su suerte. Ahora reconoce el valor de los besos dados a M, el calor de toda su familia, la presencia de sus amigos, los conciertos de la alondra. Ahora se siente agradecido, más ligero de equipaje, sosteniendo entre sus manos lo que más importa… y un orinal de boca ancha. Creo que el dolor sufrido ha prolongado el infinito, y la mente atemporal se ha ceñido a su sólido cuerpo herido. Hoy le he visto emocionado y con una sonrisa sincera y satisfecha. No hay voluntad en los gestos, pero es real aquello que acontece.

    “Hay dos clases de piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad sólo es impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena. Y la otra es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá.”

    La impaciencia del corazón. Stefan Zweig (Viena, 1881- Petrópolis, 1942)

    P.D.- Dedicado a A., por su pronta recuperación.

    Siempre vuestro, Dr J. (11 julio 2007)

    Imagen original

    6
    Jul
    Escrito por Dr. J. » 5 Comentarios »

    Metanoia

    collar bdsm

    Salgo del corral cuando aún clarea el día. Demasiado calor para estas horas de la mañana. El sol promete un bochorno sofocante, anda amarillo como el lomo de un caballo polvoriento. Por mal camino se va cuando lo único que piensas en ese momento es en el número de cervezas que van a caer. El organismo se estremece como un sistema descompuesto, una red eléctrica que funciona con pocos voltios. El aroma erótico de una mujer inflama el ambiente. Sumido en el estudio de la geometría de sus pechos, de su geografía, de su exacta y estremecedora anatomía, uno se descubre viejo y lejano. Es el momento de tomar un carajillo, de comprar un libro de Murakami, de escuchar un poco de rock sucio, de fumar en las escaleras de la catedral donde una gitana evangelista exorciza demonios con ramitas de romero y come una jugosa sandía que chorrea por sus manos pringosas, por sus brazos hasta los codos, por su escote hasta el ombligo y por último hasta el mismo coño para refrescar insectos de alas mohosas… necesito un trago.

    Me distrae la hora. Debo descansar otro día para continuar otra noche. El ciclo comienza y no se cierra. Toda esta locura me está haciendo pensar en la verdad. La verdad no esconde, muestra y enseña lo que parece estar oculto. Una verdad que se busca en todo, en los amigos, el trabajo y en la cama. Se regocija en la sorpresa de regalar placer, de ofrecerlo a pesar de nuestro egoísmo y nuestra avidez, en ese ser generoso sin pensarlo, sin planearlo, en hacer de la cama un lugar salvaje. Un tórrido lecho de efluvios letales, bestias que despiertan al grito de la sangre y el deseo, animales que se enredan como lianas en los lagos exóticos de lo imprevisto. La verdad va más allá de los secretos de la vida, que consisten en reconocer los mismos abismos inconscientes en cada uno y en cada cual, dominar la estaciones y las mareas, reconocer el tiempo de cosecha en el momento justo en que madura la fruta, adiestrar al cuerpo a convivir con su animal, no gritar más allá de la consciencia y saber amar. El amor tiene mucho de cama recién hecha, de hogar, la eterna vuelta al hogar donde nacer y renacer, donde dormir sin miedo a los murciélagos, donde levantarse con olor a tostadas y café. Pero la verdad no sucumbe al amor, no se deja dominar… la verdad exige algo más que conocer… la verdad exige un cambio de actitud… un arrepentirse.

    Antes de desmemoriarme busco una taberna. La encuentro y tomo una cerveza… nunca es demasiado temprano para según qué cosas. No hablo mucho, hoy tampoco. Me voy tras pagar la tercera. Recorro las calles. El sol ya es indecente, luciendo con su ardor los cuerpos de jóvenes criaturas. Ando sin prisa, sin rumbo fijo doblo Recogidas. Parece que se ha movido un poco de aire, irreales como gigantes parecen los segundos en este intervalo de tiempo. El aire huele a mar, a mirra, a nardo. Una paloma alza el vuelo antes de ser atropellada. Todo parece ahora estar en su sitio, no sobra nada y en mí se forma la idea de tener lo suficiente. No quiero ni volver a respirar. El cielo ha cambiado. La luz ha cambiado. La paloma se ha quedado detenida a un palmo de la rueda, sin apenas emprender el vuelo. Las caras de la gente se han iluminado y se han paralizado. Sólo yo en medio del mundo. La gente de los escaparates no mira sino a otro vacío más. La gitana aún no ha secado el néctar chorreante de su cuerpo. Los bares están a medio abrir y a medio cerrar. Todo ha cambiado sin que se mueva nada. Miro atrás tras doblar la esquina y no hay nada. Nada queda de lo andado, nada queda atrás, nada hay. Nada, salvo la débil risa que a veces surge de las aguas enterradas.

    “Y aunque no estuviera sobrio ahora, ¿por qué artes fabulosas, sólo comparables, por cierto, con los caminos y las esferas de la sagrada Cábala, habría podido volver a encontrarse en ese estado al que antes había llegado brevemente esa misma mañana, ese estado fugaz y precioso, tan difícil de mantener, de ebriedad en que sólo él estaba sobrio?”

    Bajo el volcánMalcolm Lowry

    Siempre vuestro Dr J.

    PD: permitidme un consejo, protegeos de las insolaciones.

    Imagen original en Wikimedia Commons

    12
    Jun
    Escrito por Dr. J. » 13 Comentarios »

    Ponte a salvo

    Los Desatres de la Guerra de Goya

    Ponte a salvo, le grita el boxeador a su madre. Escupe el protector blanco de sus dientes sobre el suelo. Intenta abrir el ojo izquierdo, el más castigado. Examina sus costillas con detenimiento. Respira hondo. Le duele el estómago. Reconoce en su boca el sabor dulzón de la sangre. Le duelen los nudillos deformados por los golpes. Aprieta de nuevo los puños. Se levanta con determinación en virtud de la lucha. Se abalanza contra su adversario. Ponte a salvo le grita a su madre, a su entrenador, al hombre que se tambalea frente a él.

    Ponte a salvo, le susurra el viejo Leonard Cohen a una dulce mujer. Ponte a salvo. A salvo de mi pobreza, a salvo de mi lentitud y de mi vejez, de mi abandono, de mi deseo, de mi seducción, de mi erección, de mis salmos, de mis canciones, de mi soledad. Ponte a salvo de mi. La abraza y le susurra al oído, el amor es el único afrodisíaco que conozco, ponte a salvo. La abraza más fuerte y la besa en los labios.

    Ponte a salvo dice el pescador a su presa. El pez boquea inexpresivo entre sus manos. Le quita el anzuelo. Resbalan sus escamas grises. Ponte a salvo de mis cebos y de mi red. Ponte a salvo de mi hambre. Ponte a salvo de mi arte, de mi pesca, del mar. Ponte a salvo. El pez deja de moverse.

    Ponte a salvo, le dice el médico al paciente. Ponte a salvo de mi enfermedad, de mi ciencia, de mi saber, de mi indecisión, de mis libros y jeringas, de mis medicinas. Ponte a salvo de mi muerte. Ponte a salvo de tu salud. Ponte a salvo. El negro apagaba al azul. Ponte a salvo de las luces de la caleta. Ponte a salvo del sueño de la virtud. El paciente tose estremecido, ahogado y con fiebre.

    Hay hombres que son capaces de seguir siempre el camino correcto. Esa es la virtud, y sus frutos son conocidos desde antiguo, cuando aún se intentaba atrapar el cielo con las manos. Hombres que persiguen su meta en ciudades podridas por el deseo. No cazan, recolectan. Antes de dormir, esta mañana, he tomado un café con la temperatura exacta para no esperar mucho a dar el primer sorbo. He vaciado el sobre de azúcar, entero, y he removido el café con unas cuantas vueltas, primero en uno y luego en otro sentido. He sacado la cucharilla y me lo he tomado. Veía la gente pasar. He visto a un hombre con virtud, remando contracorriente, asumiendo cada una de sus sombras. Hubo un tiempo en que proteger la inocencia era una virtud, pero la inocencia en sí ya es inalcanzable. Ponte a salvo de mi virtud.

    Pero como Lot se tardaba, los ángeles lo tomaron de la mano, porque el Señor tuvo compasión de él. También tomaron a su esposa y a sus hijas, y los sacaron de la ciudad para ponerlos a salvo. Cuando ya estaban fuera de la ciudad, uno de los ángeles dijo: ¡Corre, ponte a salvo! No mires hacia atrás, ni te detengas para nada en el valle. Vete a las montañas, si quieres salvar tu vida.

    Del Libro del Génesis; 19, 16-17

    Siempre vuestro, Dr J.

    Imagen original: Los Desatres de la Guerra de Francisco Goya

    2
    Jun
    Escrito por Dr. J. » 11 Comentarios »

    Entonces Llega la Noche

    Rafael Cansinos Assens

    Entonces llega la noche. Las sombras habitan los pasillos de las escuelas, los pasillos de los hospitales, los cuartos de las casas vacías, las esquinas de las calles que dan a parar a la plaza. Las sombras desnudan a las almas y las dotan de una verdad incierta que tiembla como la luz de una antorcha. Aúllan los silencios, crujen las maderas de las iglesias, las vigas de los techos, las velas de los barcos que acaban de atracar. Y las tabernas acogen a los desheredados, a los noctámbulos e insomnes, a los que no tienen nada que perder ni que ganar. Los enfermos miran por las ventanas y pierden la vista con la luz amarilla de las farolas, viajan lejos y vuelven sólo interrumpidos por estruendos de sirenas. Los locos y dementes pulen en la noche piedras preciosas que sólo se pueden ver a esa hora, y que regalan en sueños a amores perdidos. La noche permite fumar en los balcones, besar en los portales, dormir en los bancos de una piedra de mármol. La noche acorrala la soledad y la invita a beber de su mano. La noche nos deja estudiar buscando en las letras los trazos de una ciencia profana, descansar tras otro día desgastando la vida, seguir trabajando de noche en la obra de la noche. La noche es una ciudad de estructuras horizontales. Paren las fértiles hembras sujetas a las mareas del mar y la luna. La noche acoge el llanto de una cría y el desvelo de sus padres. La noche se desviste en impúdicos abrazos cuando la sed es propicia. La noche aguanta el asedio de una atroz batalla en los muros de la fortaleza. La noche es virtud y es inocencia en los labios que buscan tu nombre. La noche aturde con su neblina esférica de opiáceos y planetas, se perfuma de olvido, una elegía amarga de un engañoso sueño es la noche. La noche es un burdel o un vergel según por donde se camina. La ciudad acoge en la noche cuerpos y almas. Se entonan apesadumbrados salmos en un lenguaje tan antiguo y extraño, que ya no se entiende, y así se va la hora de la víspera. Los árboles roncan con el hálito del viento y la humedad de la tierra comienza a trepar por sus troncos, buscando sus ramas, queriendo llegar al filo de sus hojas para danzar en salto mortal hacia su dispersión. Los gatos ronronean ajenos a la idea del tiempo, rozando sus lomos con los bajos de un coche mal aparcado, buscando entre susurros el pelaje hermoso de una gata que conquistar. Las aves escrutan la indeterminada región que queda a mitad de camino del suelo y las órbitas errantes de los astros. En el campo crecen la hierba y los gusanos, cantan los despistados gallos que ansían la llegada del sol, ladran como perros los salvajes y los asesinos. En la ciudad los camiones de la basura interrumpen una melodía de Miles. La noche disimula los cuchillos, las lágrimas y las despedidas.

    La noche no es perfecta porque no lo necesita, porque es en cada lugar única y precisa. Un candelabro de siete brazos alumbra a los que quedan despiertos y vestidos, buscan luces artificiales para ver. Muchos poetas dicen que con la noche se ven mejor las estrellas y la luna, persiguen la oscuridad para ver luz dentro de ella, encuentran contrastes en lo oscuro. Sin embargo hay quien piensa que la noche no necesita de luz, que la noche con la oscuridad se basta para ser entendida. El deseo humano envilece, y cuando uno posee a alguien, aunque tan sólo sea por amor, siempre tiene un sutil sentimiento de desprecio, como quien desprecia lo distinto, lo pasado, lo poseído. Por eso los que persiguen en la noche ver mejor las estrellas, desprecian al mismo tiempo luz y noche. Sin embargo, el que ama las sombras por lo que son, comienza a ver a través de la noche, comienza a entender los silencios de las almas descalzas que hablan con media voz. Así se desnuda una carne. Así la noche es un desierto o un jardín. Entonces llega la noche.

    “Como los que no tienen nada que esperar de la aurora, me he hundido para siempre en la noche y ya no cuento sino con temor las horas que tarda en cantar el gallo matutino; las horas que preceden a aquella en que la tierra cruje de nuevo con dolor bajo los rudos pies de la mañana. Y todos mis cantos son para la noche; para la noche, dulce y compasiva, hermana de todas las drogas que procuran el olvido, dulce aún para los que velan, y rica, aun para los que velan, en sueños prodigiosos.”

    (El alefato de la noche; perteneciente al libro de Rafael Cansinos Assens, El Candelabro de los Siete Brazos. Publicado en 1914, a sus treinta años, por este sevillano, educado en los escolapios, judío converso y traductor del Corán y las Mil y Una Noches. Maestro de Borges, poeta y vividor. Dedicado a los insomnes).

    Siempre vuestro, Dr J.

    Enlaces relacionados »

      [Rafael Cansinos Assens | Wikipedia]
      [Fundación-Archivo Rafael Cansinos Assens]
       
    14
    May
    Escrito por Dr. J. » 15 Comentarios »

    El Invernáculo

    invernaculo.jpgEntro con cautela en busca de un raro ejemplar. El clima es cálido, cercano a los 27 grados del trópico. Especies hay miles. Especies mezcladas como en los albores de los tiempos, como encontrar en los Urales troncos torcidos de palmera, como encontrar peces de escamas calcáreas entre las dunas de un desierto. Andar por entre su arbórea y variada vegetación, es como viajar por estaciones y espacios. Hay plantas como vestigios de una civilización. Hay plantas que traslucen sus secretos químicos, savia de una farmacopea entregada al consumo humano. Plantas que ennoblecen la vista, el gozo de una inteligencia sedienta de hermosura. Plantas para la meditación y el espíritu. Plantas para reconocer el cosmos, para explorar la naturaleza, para descubrir los enjambres de las últimas floraciones, para descubrir con lo observado la composición del mundo, para descubrir en el interior del hombre el reflejo de los paisajes celestes. Viajes. Dependencia mutua entre naturaleza y humanidad. Plantas cultivadas en otras épocas, ofrecen sus secretos con humilde cautela. Extender la mano y tocar para darte cuenta que cada perfil es único. Pronto se puede ver que este invernáculo es un ecuador, que en tan poca extensión no se puede albergar mayor variedad posible. Aquí un hombre puede considerarse un ciudadano del mundo. Cada hoja es un recreo para la imaginación. De un vistazo pasas de la uniformidad de las llanuras áridas, a la fecundidad de las tierras tórridas. Algas de las profundidades abisales, líquenes de las altas cordilleras, hongos de las zonas umbrías, parras soleadas de la campiña. Flores crecidas bajo las constelaciones del sur, bajo los nublados de Magallanes, en las orillas de Asia, en las costas del polo ártico. Agrupadas o dispersas, conviven en fantástica hermandad. Esconden las pesadumbres del hombre y sus remedios, los sentimientos y pensamientos de una humanidad joven que empieza a reconocerse bajo la luz del faro que alumbra el mundo. La ciencia crecida sobre la energía electromagnética y aprovechada para hacer crecer nuevas plantas en domésticos invernáculos.

    ¿Qué desea? Pues verá, mi mujer es una gran aficionada y desearía algo novedoso para regalarle. Su cara escruta entre las hojas, encuentra tras un paseo algo que pueda serle de su agrado. Se lo entrega. Es algo atrevido, comenta, pero creo que le gustará. El cliente sale y yo me acerco al guardián de invernáculo. Al reconocerme me saluda con gesto sobrio y cómplice. Advierte mi afeitado y me lo comenta. Le pregunto por esas plantas de la noche de San Petersburgo, sonríe, mira en la mercancía recién entregada y me responde con toda cordialidad que el envío está en camino. Charlamos, hoy está algo más triste, mascando fracasos ajenos que uno nunca puede solventar. Esta noche ha dormido poco, como casi siempre. Me mira. Es alto. Saca dos ejemplares tras el mostrador. De momento ten esto, ya lo iba a reciclar. Me acerca los dos tomos en edición facsímil del tratado de Humboldt, “Cosmos”. Lo acojo en mis manos y a la bolsa. Le invito a un café. Acepta. Abandona por un momento su hermoso invernáculo y salimos a una terraza soleada que hay en la plaza. Hoy ha pedido un zumo de naranja. Es mi librero.

    “La naturaleza es el reino de la libertad, y para pintar vivamente las concepciones y los gozos que de su profunda contemplación emanan, sería por lo tanto preciso que el pensamiento humano pudiese revestir, también libremente, las formas y la elevación del lenguaje dignas de la grandeza y majestad de la creación.”

    Cosmos, o ensayo de una descripción física del mundo. Alejandro de Humboldt, Berlín 1769-1859

    Siempre vuestro, Dr J.

    Página 3 de 912345...Última »